Este libro no comenzó como libro. No hubo contrato, ni título, ni índice. Comenzó como empiezan las confesiones verdaderas: en madrugadas de insomnio, cuando el silencio se vuelve cómplice y el cerebro, apolillado pero terco, desempolva recuerdos que huelen a guardao, a café recalentado, a arepa de madrugada.
Escribí notas sueltas. Pedacitos de memoria. Fragmentos de país. Cosas que me ocurrían y cosas que nos ocurren a todos, aunque no lo digamos. Cosas tangibles, como el sonido de una licuadora a las seis de la mañana, o el ritual de ponerle nombre a los aguacates según su tamaño y carácter. Cosas que están en mi memoria y en las de millones de venezolanos que coleccionan refranes, supersticiones, y recetas para sobrevivir con dignidad y humor.
Y entonces ocurrió lo insólito. Las notas comenzaron a viajar. Rebotaban por WhatsApp como estampitas milagrosas. Se colaban en grupos familiares, en chats de vecinos, en cadenas que nadie quería romper. En redes, los comentarios crecían como a mata de lechosa en patio de abuela: espontáneos, dulces, a veces picantes. Lectores, por miles, empezaron a leer, compartir, llorar, reír, responder con sus propias historias.
Así fue como esas notas, que no eran libro, y que algunas fueron publicadas y otras no, se convirtieron en libro. No por decisión mía, sino por insistencia colectiva. Este libro es un mosaico de voces, un álbum de costumbres, un testimonio de que la memoria venezolana no se rinde.
Ya está disponible en versión ebook Kindle en Amazon. Y también en tapa blanda.

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