LO QUE NOS UNE: "Las cosas que nos unen"

LO QUE NOS UNE: "Las cosas que nos unen"
LO QUE NOS UNE es una creación de Soledad Morillo Belloso

miércoles, 24 de junio de 2026

 Carabobo
Soledad Morillo Belloso


Hay montones de crónicas sobre la Batalla de Carabobo, sí. Y todas huelen a tinta de libro grueso: a papel que ya cumplió su turno, a tinta que envejeció con prestancia pero ignorada. No voy a escribir otra. Sería como ponerle colorete a una estatua. Prefiero decir lo que esa batalla debería significar hoy, cuando Venezuela anda con la piel curtida y el alma en modo supervivencia.


Carabobo, visto desde aquí, no es épica: es un reclamo. Un dedo acusador. Un “mírense, mírense  bien”. Porque esa gente que peleó allí no estaba pensando en bronces ni en himnos; estaba pensando en dejar de vivir con la bota en el cuello. Y  tendríamos que preguntarnos —aunque duela— si hoy no hemos aprendido a convivir con la bota propia, con la bota doméstica, con la bota que ya ni sentimos porque se volvió paisaje.


Carabobo debería ser un espejo incómodo. Un espejo que no perdona. Un espejo que nos  pregunta qué hacemos cada uno de nosotras s, hoy, con la libertad que otros sudaron, sangraron y enterraron. Y no hablo de heroísmos de película; hablo de cosas más difíciles: decir la verdad cuando conviene callarse, no aplaudir lo que sabemos que está mal, no acostumbrarnos a lo inaceptable, no convertir la resignación en rutina. Eso sí es pelear. Eso sí es independencia. Lo demás es pose.


La independencia no es un episodio cerrado; es un músculo. Y nosotros, por flojera o por cansancio, lo hemos dejado atrofiarse. Nos hemos vuelto expertos en sobrevivir, pero pésimos en exigir. Y ahí es donde Carabobo se vuelve punzante: porque nos recuerda que un país no se libera una vez y ya. Un país se libera todos los días, o se pierde sin ruido, sin batalla, sin parte militar.


Lo que pasó en ese campo no fue una postal heroica. Fue una decisión colectiva de no seguir tragando humillación. Y esa decisión, hoy, está pendiente. No la hemos tomado. O la tomamos a medias, o la posponemos, o la maquillamos con discursos. Pero Carabobo no admite maquillaje. Carabobo nos mira y nos dice: “¿Vamos a seguir viviendo así?”


La mayor traición no sería olvidar la fecha. La mayor traición sería aceptar vivir sin República, sin instituciones, sin dignidad. Sería convertir la libertad en un recuerdo bonito, no en una práctica diaria. Sería dejar que la historia se quede quieta mientras nosotros nos encogemos de hombros.


Por eso no escribo otra crónica. No hace falta. Lo que hace falta es preguntarnos qué significa Carabobo hoy. Y si tenemos el coraje de asumirlo.


Carabobo: una página escrita con tinta de obituario. No acepta delete. No perdona el pulso tembloroso ni el intento de maquillar lo que duele. Está ahí, clavada como una lápida que no se mueve ni un milímetro aunque uno quiera barrerla bajo la alfombra de las efemérides.


Carabobo no es un recuerdo: es un reclamo. Una frase escrita por los muertos para los vivos. Una factura pendiente. Y cada tanto, cuando el país se hace el distraído, esa tinta vuelve a brillar como si dijera: “No te hagas, esto también es contigo.”


Lo más incómodo es que seguimos actuando como si la historia tuviera tecla de borrar. Como si pudiéramos eliminar lo que nos compromete, lo que nos exige, lo que nos desnuda. Pero Carabobo no se borra. Carabobo te mira fijo y te pregunta si vas a seguir viviendo en modo súbdito o si te atreves a recuperar la postura de ciudadano. Esa pregunta no se archiva; se te queda respirando en la nuca.


Porque un país no se pierde de golpe: se pierde por abandono, por cansancio, por costumbre. Y la costumbre, cuando se instala, es más corrosiva que cualquier ejército. Por eso Carabobo duele: porque no es pasado, es deuda. Y la deuda no prescribe.


Carabobo es la página que no acepta delete porque todavía no hemos tenido el coraje de escribir la siguiente.


Soledadmorillobelloso@gmail.com

martes, 23 de junio de 2026

 


Las reinas de la baraja
Soledad Morillo Belloso


María Corina, Delcy, Delsa, Dinorah: Cuatro mujeres, cuatro pulsos, cuatro brújulas.



Yo no soy feminista. Lo digo sin pestañear, para que nadie me cuelgue banderas que no ondeo ni me meta en procesiones ajenas. Pero sí soy —y lo admito— profundamente antimachista. Porque si algo ha demostrado este país es que el machismo político, ese que se disfraza de liderazgo, de autoridad, de voz grave y golpe de mesa, terminó siendo un espejismo. Un espejismo caro, además: un espejismo que nos costó instituciones, futuro, vidas. Y sería una torpeza monumental no ver lo que está ocurriendo frente a mí: hoy la política venezolana está, de manera inédita, en manos de mujeres.


Y no de cualquier tipo de mujeres. No son estampitas de altar ni caricaturas de machos con falda. Son mujeres que hacen política en tacones, sí, pero desde un lugar distinto, con otro pulso, otra respiración, otra manera de leer el poder. Estas mujeres no son machas con pintura de labios. No están imitando al macho criollo; lo están sustituyendo con una lógica que no excluye a los hombres, pero que sí les recuerda —sin gritar— que el liderazgo no es propiedad privada de un género. Que el poder no es un tótem masculino, sino un espacio que se habita con cabeza, con temple, con memoria.


Veo a María Corina —esa espada que corta— avanzar como si caminara sobre un filo que ella misma afila. No es líder de un partido, ni de una élite, ni de un club. Es líder de la ciudadanía, de la calle, de esa respiración colectiva que empuja cuando ya no queda nada más que empujar. La calle la lanzó al frente porque los hombres que debían conducir se extraviaron en sus propios laberintos. Ella se volvió brújula en un país sin norte, aguja imantada por la desesperación y la esperanza.


Veo a Delcy —la operadora fría— moviendo fichas en un tablero geopolítico que ya ni se molesta en disimular. No es líder popular ni pretende serlo. Es engranaje indispensable para un Washington que juega a la geometría variable y para un Miraflores que necesita a alguien que sostenga el andamiaje sin que se le caiga encima. Su poder no es visible como un reflector: es subterráneo, tectónico, de esos que mueven placas sin que uno se dé cuenta hasta que la tierra tiembla.


Veo a Delsa —la memoria viva— cargando expedientes como quien carga huesos. En un país donde la justicia es un chiste cruel, ella se volvió archivo, testigo, aguijón. Su brillo no es decorativo: es bisturí. Es la que abre, la que incide, la que recuerda que detrás de cada número hay un nombre, y detrás de cada nombre, una vida. Su presencia incomoda porque la verdad siempre incomoda.


Y veo a Dinorah —la que regresa al tablero— volviendo a Caracas como quien vuelve a una casa saqueada: reconociendo los muebles rotos, el polvo acumulado, las paredes que ya no son las mismas. Se sienta a “negociar” una transición que nadie termina de definir, con un gobierno encargado que no gobierna y una Casa Blanca que mueve piezas sin explicar el tablero. Su sola presencia es símbolo: la institucionalidad que parecía muerta todavía respira.


Cilia queda fuera, out por regla. No porque no tenga poder, sino porque su poder es de otra naturaleza: no es liderazgo, es engranaje en el submundo. No es reina: es líder del aparato clandestino.


Y aquí estoy yo, para nada feminista, diciendo lo obvio: esto no se trata de feminismo, aunque sí de antimachismo. Va de que llevamos desde 1999 soportando presidentes machistas. No viriles, machos machistas, sin un pelo de caballeros. Se trata de que estas mujeres —cada una desde su esquina, desde su estilo, desde su historia— le deben ofrecer al país una visión distinta. Un modo diferente de hacer política. No dejando por fuera a los hombres, pero sí mostrando que el liderazgo puede ser otra cosa: más cerebral, más estratégico, más consciente de la complejidad.


Porque el cerebro femenino —y esto no lo digo yo, lo dicen los científicos— no es mejor ni peor: es diferente. Y esa diferencia, en un país agotado de repetir los mismos errores, puede ser la grieta por donde entre la luz. La hendija mínima que anuncia que el aire puede cambiar.


No soy feminista. Pero tampoco soy sorda ni ciega. Y lo que estoy viendo y escuchando  —con una mezcla de asombro, ironía y cierta esperanza que me da pudor admitir— es que, por primera vez en mucho tiempo, las reinas no están adornando la baraja: la están mandando.


Material para estudio en las escuelas de Ciencias Políticas.


Soledadmorillobelloso@gmail.com




domingo, 29 de marzo de 2026

 



Aún es de noche en Caracas




No me resulta fácil escribir sobre un film que narra una historia en la que, como cualquier venezolano decente que ama a su país, me siento tocada en lo más íntimo. Esa dificultad no es un obstáculo: es el punto de partida. Porque “Aún es de noche en Caracas” no se mira desde la distancia; se vive desde la herida, desde la memoria, desde ese rincón del pecho donde guardamos lo que no termina de cicatrizar.


Me dolió verla. Pero verla también fue un acto de respeto al sufrimiento ajeno y propio. Hay películas que uno no ve por entretenimiento, sino por responsabilidad. Porque mirar de frente lo que ocurrió —y lo que sigue ocurriendo— es una forma de honrar a quienes no pudieron contarlo, y también de reconocerse a uno mismo en la fragilidad, en la rabia, en la dignidad que persiste incluso en la oscuridad.


Caracas es un protagonista. Y también es la casa de los horrores que sucedieron. La película lo entiende con una lucidez incómoda: no basta con mostrar la ciudad, hay que escucharla. Caracas, la irrespetada y ensuciada, no es un telón de fondo; es un personaje que respira, vigila, amenaza, protege y, a veces, traiciona. Es una presencia que condiciona cada gesto de los personajes, cada silencio, cada decisión que parece pequeña pero que en realidad es cuestión de supervivencia.


La cinta no se limita a retratar la violencia o el deterioro. Lo que hace es más complejo: muestra cómo la ciudad se incrusta en la vida emocional de quienes la habitan. Caracas es la calle oscura donde algo puede pasar —y pasa—, pero también es la ventana desde la que se mira con nostalgia lo que ya no está. Es el ruido que no deja dormir y, al mismo tiempo, la única música que muchos reconocen como propia. Es un espejo roto donde cada fragmento refleja una parte de nosotros: la rabia, la ternura, el miedo, la resistencia.


Los personajes, en cambio, son difíciles de comprender. Tanto los buenos como los villanos. Y esa opacidad no es un fallo narrativo, sino un gesto de honestidad. En Venezuela, las categorías morales no son tan nítidas como quisiéramos. La película lo sabe y lo respeta. Nadie es completamente inocente, nadie es completamente culpable. Todos están atrapados en una red de circunstancias que los supera, que los condiciona, que los obliga a actuar desde zonas grises.


Pero hay un personaje que se muestra sin medias tintas: la violencia.


La violencia no necesita presentación. No tiene matices, no tiene dudas, no tiene contradicciones. En la película aparece como una fuerza que atraviesa todo: los cuerpos, las calles, las decisiones, los silencios. No es un acto puntual, sino un clima. Un estado del alma colectiva. Una presencia que se siente incluso cuando no se ve. Es el único personaje que no pretende justificarse. No pide comprensión. No ofrece explicaciones. Simplemente está. Y su sola existencia condiciona a todos los demás, les roba la posibilidad de ser plenamente ellos mismos.


La película, con admirable sobriedad, evita convertir esa violencia en espectáculo. No hay morbo, no hay pornografía del sufrimiento. Lo que hay es una mirada que reconoce la brutalidad sin explotarla. Una mirada que entiende que lo más perturbador no es lo que se muestra, sino lo que se insinúa. Lo que se sabe. Lo que se recuerda.


“Aún es de noche en Caracas” no es una película cómoda. Ni fácil. No lo pretende. Pero tampoco es un ejercicio de desesperanza. Hay belleza, incluso en lo roto. Hay humanidad, incluso en lo oscuro. Y hay una especie de esperanza silenciosa, no la ingenua del “todo va a estar bien”, sino la más adulta: la de quienes siguen caminando aunque no haya amanecido.


Y sin embargo, lo más devastador de “Aún es de noche en Caracas”  no es lo que muestra, sino lo que confirma: que hay dolores que no se superan, sólo se aprenden a cargar. Que hay noches que no terminan con el amanecer, sino con la memoria. Que mirar esta historia de frente es aceptar que el país que amamos también nos quebró, y que seguimos aquí, de pie, no porque seamos fuertes, sino porque no tenemos alternativa.


La película duele porque nos recuerda que sobrevivir no siempre es una victoria. A veces es apenas la prueba de que seguimos contando los ausentes, los silencios, los miedos que se quedaron viviendo dentro de nosotros. Y verla —mirarla con coraje y sin parpadear— es reconocer que la oscuridad no se fue, que sigue allí, respirando bajito, esperando para mostrar sus garras.


Quizá por eso, al terminar, uno no siente alivio. Siente un peso. Un peso antiguo, conocido, íntimo. Un peso que no se nombra, pero que todos los venezolanos decentes entendemos sin necesidad de explicarlo.


Porque sí: aún es de noche en Caracas. Y lo más duro es saber que esa noche también nos habita.


Véanla, por ética, por moral. 


Soledadmorillobelloso@gmail.com


 


La mujer que caminaba con dos sombras



Dicen que en un pueblo junto al mar vivía una mujer que siempre caminaba acompañada. No por gente —que para eso era bastante selectiva— sino por dos sombras que no se parecían en nada. Una era compacta, firme, casi geométrica. La otra era inquieta, ondulante, como si estuviera hecha de humo.


La primera se llamaba Certeza. La segunda, Duda.


Certeza caminaba a su derecha, con paso seguro, como quien conoce el camino incluso antes de que exista. Era la que le decía: “Por aquí”, “Esto es así”, “No te detengas”. Tenía la voz de las cosas que una ha aprendido a fuerza de vivir: el olor del café que anuncia la mañana, la intuición que avisa peligro, la memoria de lo que ya funcionó una vez.


Duda, en cambio, caminaba a su izquierda, descalza, dejando huellas que el viento borraba enseguida. Era la que preguntaba: “¿Y si no?”, “¿Y si hay otro modo?”, “¿Y si lo que crees no es lo que es?”. Tenía la voz de la brisa que entra sin pedir permiso y mueve los papeles que una creía ordenados.


La mujer no siempre las entendía. A veces Certeza se volvía pesada, como una piedra en el bolsillo que no dejaba correr. A veces Duda se volvía marejada, y la mujer sentía que el suelo se le movía bajo los pies. Pero había aprendido algo: cuando una de las dos desaparecía, la vida se volvía torpe.


Un día, cansada de tanto vaivén, la mujer decidió caminar sola. “Hoy no quiero sombras”, dijo. Y salió sin ellas. El camino, al principio, fue ligero. Pero pronto se dio cuenta de que no sabía hacia dónde iba. Sin Certeza, todo era posible, sí, pero también todo era incierto. Y sin Duda, cualquier cosa parecía definitiva, incluso lo que no debía serlo.


Al caer la tarde, se sentó frente al mar. Y allí, en el borde exacto donde la ola besa la arena, vio que ambas sombras llegaban. Certeza se sentó a su lado como un perro fiel. Duda se acostó a sus pies como un gato que no piensa explicar por qué volvió.


La mujer sonrió. Entendió al fin que no se trataba de elegir. Certeza era el suelo donde podía apoyar el pie.

Duda era el viento que le enseñaba a no dormirse. Y ella —ella era la caminante. La que avanzaba gracias a las dos.


La certeza es un refugio. Un techo bajo el cual una puede sentarse tranquila, tomar aire y decir: “Aquí estoy, esto lo entiendo, esto lo sostengo.” La certeza ordena el mundo, le pone bordes a lo que de otro modo sería un mar sin orillas. Nos permite avanzar, decidir, actuar. Sin alguna certeza, aunque sea mínima, la vida sería un tembladeral.


Pero la certeza, si se queda quieta demasiado tiempo, se vuelve sospechosa. Se endurece. Se convierte en dogma, en caparazón, en esa voz que dice “así es porque siempre ha sido así” y que, sin darnos cuenta, nos deja sin aire. La certeza absoluta es cómoda, sí, pero también peligrosa: anestesia la curiosidad, apaga la imaginación, nos vuelve obedientes a nuestras propias conclusiones.


Por eso la duda es necesaria. No como tormento, sino como gimnasia. La duda afloja las bisagras del pensamiento, permite que entre brisa, que se muevan los muebles, que la casa interna no se vuelva museo. Dudar no es debilidad; es una forma de respeto por la complejidad del mundo y por la propia inteligencia. Es decirse: “Puedo estar equivocada, y eso no me quita dignidad; al contrario, me la da.”


La duda nos salva de la soberbia. La certeza nos salva del caos. Entre ambas se teje la vida pensada: un vaivén, un ritmo, una conversación interna donde ninguna de las dos tiene la última palabra. La certeza nos da suelo; la duda, horizonte.


Y quizá la madurez —la verdadera, la que no tiene nada que ver con la edad— consiste justamente en eso: en saber cuándo afirmar con firmeza y cuándo aflojar con elegancia. En sostener lo que somos sin convertirlo en cárcel. En permitirnos cambiar sin sentir que traicionamos nada.


La certeza nos permite caminar. La  duda nos deja seguir creciendo. Sé muchas cosas, pero son muchas más las que no sé.


Soledadmorillobelloso@gmail.com


domingo, 28 de diciembre de 2025

 Lo que no se ha dicho de Brigitte Bardot



Brigitte Bardot fue, durante un tiempo, el sol que enceguecía a Francia. Una luz tan intensa que nadie se atrevía a mirar lo que quedaba detrás: la penumbra, la grieta, la mujer que se deshacía mientras el mito crecía. Lo que no se ha dicho —o lo que se ha preferido no mirar— es que Bardot no fue sólo un ícono, sino una herida abierta en la cultura occidental.


Se la recuerda como la encarnación de la libertad, pero esa libertad fue una jaula de oro. Bardot caminaba por el mundo como si la vida le quedara grande, como si la fama fuera un vestido prestado que le rozaba la piel hasta irritarla. Mientras todos celebraban su insolencia luminosa, ella se iba encogiendo por dentro, agotada de ser mirada, agotada de ser deseo, agotada de ser símbolo. A los 39 años, cuando aún era la mujer más fotografiada del planeta, decidió retirarse. No fue un gesto teatral: fue un acto de supervivencia.


Tampoco se dice que la maternidad fue su territorio más inhóspito. Francia, que la había convertido en Marianne, no supo perdonarle que rechazara el papel de madre devota. Bardot habló de su embarazo con una crudeza que escandalizó a todos, pero esa crudeza era la confesión de una mujer que nunca tuvo espacio para sí misma. El país que la adoraba como diosa pagana no toleró que fuera humana.


Y mientras el mundo la reclamaba, ella se fue retirando hacia los animales, hacia ese reino donde no se exige nada salvo presencia. Su activismo no fue sólo una causa: fue un refugio. Rodeada de perros, gatos, caballos, cabras, encontró una forma de existir sin ser devorada. Eligió la compañía de criaturas que no la juzgaban, que no le pedían belleza ni juventud ni coherencia. Allí, en ese santuario doméstico, Bardot dejó de ser mito y volvió a ser cuerpo, respiración, hueso.


Lo que tampoco se dice —o se dice sin entender— es que su deriva política no fue un capricho tardío, sino el síntoma de una mujer que nunca logró reconciliarse con el mundo humano. Bardot, que había sido la encarnación de la modernidad, terminó aferrada a una Francia imaginaria, una Francia que quizá nunca existió. Su nostalgia era también una forma de duelo: duelo por sí misma, por la juventud perdida, por un país que cambió sin pedirle permiso.


Y, sin embargo, detrás de todo eso, queda la verdad más simple y más feroz: Bardot fue una mujer que nunca pudo escapar de su propio rostro. La belleza que la hizo eterna fue también la que la condenó. Cada foto era una jaula. Cada mirada ajena, un recordatorio de que el mundo la quería fija, inmóvil, congelada en un tiempo que no perdona.


Y aun así, pese a las sombras, pese a los errores, pese a las heridas que nunca supieron cicatrizar, Brigitte Bardot merece un aplauso: no por el mito que otros fabricaron, sino por la mujer que se atrevió a romperlo. Porque tuvo el coraje de retirarse cuando el mundo la quería eterna, de decir verdades que nadie quería oír, de defender a los seres sin voz cuando ya no tenía fuerzas para defenderse a sí misma. Bardot, con todas sus contradicciones, encarna esa rara dignidad de quienes no piden permiso para ser, y en ese gesto —tan humano, tan frágil, tan feroz— reside su verdadera grandeza.


Soledadmorillobelloso@gmail.com




sábado, 27 de diciembre de 2025

 


El Programa de Becas Mariscal de Ayacucho



Esta es la historia, impacto y paradojas de un éxito venezolano.


El Programa de Becas Gran Mariscal de Ayacucho nació en 1974 como un acto de audacia nacional. En un país que se preparaba para la nacionalización petrolera y que vivía la ilusión de la modernización acelerada, el Estado entendió que ningún proyecto de desarrollo podía sostenerse sin una masa crítica de profesionales capaces de dialogar con el mundo. Así, en un gesto que combinó visión estratégica y confianza en el talento local, se creó un programa destinado a formar especialistas de alto nivel en las mejores universidades y centros de estudios superiores del planeta.


El nombre elegido no fue casual. Llamarlo “Gran Mariscal de Ayacucho” fue un homenaje justo y profundamente coherente a Antonio José de Sucre, quizá el venezolano que mejor encarna la unión entre excelencia técnica, ética pública y visión continental. Sucre fue un estratega brillante, un estudioso riguroso, un gobernante sin ambición personal y un hombre que entendió el poder como responsabilidad. Nombrar el programa en su honor era, en esencia, proponer un modelo: formar venezolanos capaces de actuar con la misma mezcla de competencia, integridad y sentido de proyecto colectivo que definió al Mariscal. Era enlazar pasado y futuro, tomar la antorcha de uno de los nuestros para iluminar el camino de los que venían.


El 13 de septiembre de ese mismo año, mil jóvenes venezolanos abordaron aviones rumbo a Europa, Estados Unidos y América Latina. Aquella imagen —maletas, nervios, pasaportes recién estrenados— se convirtió en símbolo de un país que apostaba por el conocimiento como motor de futuro. No era un gesto aislado: era una política de Estado rigurosa, planificada, vinculada a necesidades concretas del país. Ingeniería petrolera, siderurgia, ciencias básicas, tecnología: Venezuela quería formar profesionales capaces de sostener su propio desarrollo.


Durante las décadas de los setenta, ochenta y noventa, el programa vivió su época dorada. Miles de estudiantes cursaron maestrías y doctorados en instituciones de élite, y al regresar se integraron a PDVSA, Sidor, Edelca, universidades públicas, centros de investigación y organismos del Estado. La modernización venezolana —esa que se expresó en infraestructura, industria, ciencia y administración pública— tiene en su base silenciosa a los becarios del Mariscal de Ayacucho. El programa democratizó oportunidades, abrió puertas a jóvenes de orígenes diversos y permitió que el talento no quedara atrapado en las limitaciones del entorno.


Pero el impacto no se limitó al sector público. La empresa privada venezolana —robusta, dinámica y en expansión durante buena parte del siglo XX— también se benefició profundamente del programa. En la práctica, el Mariscal de Ayacucho funcionó como un subsidio indirecto de talento: el Estado asumía el costo de formar profesionales de alto nivel, y luego muchas empresas privadas los contrataban sin haber invertido en su formación. Bancos, aseguradoras, firmas de ingeniería, consultoras, empresas de telecomunicaciones, industrias químicas y transnacionales instaladas en el país incorporaron a cientos de becarios que elevaron estándares, profesionalizaron la gestión, introdujeron innovación y conectaron a Venezuela con redes globales de conocimiento. La modernización empresarial venezolana también tiene ADN del Mariscal.


El retorno exigido por el programa nunca fue estrictamente estatal: los becarios debían volver al país, no necesariamente al sector público. Esa flexibilidad permitió que el talento irrigara todo el ecosistema productivo. Y aunque esto generó tensiones —el Estado formaba para sí, pero el mercado absorbía—, el resultado fue un país más sofisticado, más técnico, más conectado con el mundo.


Con el cambio político de 1999, la fundación experimentó transformaciones profundas. Se modificó su estructura, se condonaron deudas, se orientó hacia sectores históricamente excluidos y se diversificaron las modalidades de apoyo. Aunque el volumen de becas internacionales disminuyó, se mantuvo la idea central: la formación como herramienta de inclusión. El programa cambió, pero su espíritu —la convicción de que el conocimiento es un bien público— siguió latiendo.


Sin embargo, aquí aparece la paradoja más dolorosa. El Mariscal de Ayacucho fue concebido para un país que crecía, se expandía y se modernizaba. Pero a partir de los años 2000, Venezuela entró en un ciclo de desinstitucionalización y desinversión. Muchos de los profesionales formados para fortalecer al Estado terminaron migrando o reorientando sus carreras. La diáspora altamente calificada es, en parte, hija del Mariscal: formó talento capaz de insertarse en cualquier economía del mundo, justo cuando la suya comenzó a colapsar. El éxito del programa produjo profesionales globales en un país que dejó de ofrecerles un proyecto de futuro.


Aun así, el legado del Mariscal de Ayacucho permanece. Está en la diáspora que sigue vinculada al país. Está en las redes académicas que continúan produciendo frutos. Está en la memoria colectiva, donde el programa ocupa un lugar especial: el de una política pública que creyó en la excelencia, que apostó por la juventud y que entendió que el desarrollo no se improvisa. Es un recordatorio de lo que Venezuela puede lograr cuando piensa a largo plazo.


El Mariscal de Ayacucho no fue solo un programa de becas. Fue una visión de país. Una apuesta por la inteligencia, la disciplina y la movilidad social. Una demostración de que la educación puede ser política de Estado y no consigna pasajera. Un proyecto que cambió vidas, instituciones y sectores enteros. Un éxito complejo, lleno de matices, con luces intensas y sombras inevitables, pero éxito al fin.


Y, sobre todo, un espejo que hoy sigue preguntando: ¿qué país queremos ser y qué talento estamos dispuestos a formar para construirlo?


Soledadmorillobelloso@gmail.com







 



Día de los Inocentes 



Aquí el Día de los Inocentes es como anunciar “hoy sí funciona el portón eléctrico” en el chat del condominio: nadie te cree, pero igual te mandan un emoji de risa por educación. Un vecino se asoma al balcón del piso 7, lanza el saludo de rigor —“¡Feliz Día de los Inocentes!”— y desde la planta baja hasta el penthouse llega la misma respuesta: “Ay, mi vida, pero si aquí los inocentes se acabaron cuando dejaron de hacerle mantenimiento al ascensor”.


Porque en estos conjuntos residenciales —con portones que fallan más que promesa electoral, juntas de condominio que parecen parlamentos medievales y vecinos que vigilan desde el balcón como agentes encubiertos— la inocencia no es tradición: es un fósil. El ecosistema cambió: del bullicio callejero al eco de los pasillos con cerámica beige, del pregón de la esquina al murmullo del grupo de WhatsApp.


En otros países hacen bromitas sanas: esconder un zapato, poner una araña de plástico. Aquí no. Aquí, país donde la mamadera de gallo es deporte institucionalizado,   la broma es que el agua “viene en la madrugada”, que el internet “está lento pero están mejorando la plataforma”, o que el condominio “bajó la cuota”. ¡Esa sí es una inocentada! De esas que te dejan viendo pa’ la piscina vacía del conjunto, misma que lleva tres años “en remodelación”.


Y como todo en estos edificios, el Día de los Inocentes se vive entre chismes, guasa y olor a sofrito que sube por las escaleras. La vecina del 4-B, con voz de pregonera, grita desde el pasillo:

—¡No caigan por inocentes!

Y el del 3-A, en chancletas y con la toalla al hombro, esperando que pongan el agua, le responde sin pensarlo:

—¡Comadre, yo caí cuando me dijeron que iban a pintar las áreas comunes!


Risas, cotorreo y un perol de caraotas a punto de quemarse completan la escena.


Los vigilantes del portón —cronistas oficiales del condominio— sueltan su sentencia con la calma de quien lo ha visto todo:

—Aquí no hay inocentes, mi corazón. Aquí lo que hay es gente con fe… y fe con recibo de condominio atrasado.


Y uno asiente, porque es cierto: la inocencia murió, pero la fe sigue por ahí, flaquita, esmirriada, pero caminando con zapatos chinos comprados en oferta.


Los niños preguntan qué es un inocente, con qué se come eso.  Y  los adultos, que ya han sobrevivido más apagones que asambleas de condominio, responden con sabiduría de abuela:

—Inocente es el que cree.

—¿Y aquí hay de esos?

—Sí, mi amor… todavía hay, pero están guardados. Como la paciencia.


En la bodeguita del edificio, las promociones del día parecen sketches de comedia:

“Hoy sí hay vuelto… inocente tú si lo crees”.

“Llévate dos y paga tres: ¡especial del día!”.

“Se fía sólo a mayores de 90 años acompañados de sus padres”.


Y uno igual se ríe, porque el humor es la única mercancía que nunca falta ni se acapara.


En el estacionamiento, un vecino anuncia con solemnidad:

—¡Hoy el ascensor sí sirve!

Y la carcajada colectiva retumba, porque si algo sabe el venezolano es detectar una mentira desde el piso 12.


Pero entre tanta guachafita queda una inocencia mínima, casi clandestina, como esas matas de sábila que la gente pone en la ventana para espantar la mala vibra: la señora que sigue diciendo “Dios proveerá”, el chamo que estudia como si el país fuera a enderezarse, el vecino que presta una taza de arroz sin pedir partida de nacimiento.


Por eso, en este país sin inocentes, el Día de los Inocentes es un espejo torcido: una tradición que nos recuerda que, aunque nos vacilen a diario, todavía sabemos reírnos. Y esa risa —esa terquedad luminosa— es lo único que no han podido racionar ni decomisar.


Soledadmorillobelloso@gmail.com







 Otro año nuevo


El Año Nuevo es básicamente el gran botón de “reiniciar” que la humanidad inventó porque, seamos honestos, nadie aguanta un año completo sin la ilusión de que el próximo viene mejor.

Es el día en que todos decidimos, colectivamente, que: “Vamos a empezar dieta” (pero después de las hallacas que sobraron), “vamos a hacer ejercicio” (pero el 2 de enero, porque el 1 es feriado), “vamos a ser mejores personas” (pero sin exagerar).

Y todo eso ocurre mientras abrazamos gente, comemos uvas a velocidad olímpica y vemos fuegos artificiales que parecen decir: “¡Sorpresa! Sobreviviste otro año”.

El Año Nuevo llega como llega la gente a una rumba en El Maní es Así: tarde, haciendo bulla y con un tumbao que dice “háganme espacio, que soy el papá de ños helados”. Entra sin tocar la puerta, como vecino confianzudo que se cree familia, y se instala en la sala con la frescura de quien se sienta en la silla plástica del abasto mientras espera que llegue el pan. Empuja al Año Viejo con un “quítate, vale”, y el pobre queda ahí, tirado, con la dignidad arrugada, como quien sobrevivió a doce meses de apagones, colas, lluvias, tráfico, cadenas, inflación, devaluación  y un par de sustos que ni contados se creen.

A las doce, se entra en modo Sábado Sensacional. La gente se traga las doce uvas como si fueran metras, con esa velocidad que sólo se ve cuando anuncian que llegó el camión del gas. Otros salen con maletas vacías a dar la vuelta a la cuadra, convencidos de que el universo entiende ese gesto turístico. Siempre hay una tía que grita “¡pide un deseo!” mientras uno intenta no atragantarse con la tercera uva que sabe a nevera. Y los fuegos artificiales suenan como si el cielo estuviera celebrando un gol de la Vinotinto que nunca llegó.

El Año Nuevo, desde su trono improvisado —que puede ser un mueble forrado con sábana o una silla de hierro con cojín prestado— nos mira con una ceja levantada, como diciendo: “Ajá, ¿y ustedes creen que yo soy mago?” Pero igual se hace el importante. Se cree brujo de Catia, coach motivacional de Instagram y animador de Miss Venezuela. “Este año sí vas a rebajar”, dice. “Este año sí vas a ahorrar”. “Este año sí vas a dejar de escribirle al tóxico”. Y uno, con el corazón blandito y el trago haciendo efecto, le cree. Le cree todo. Le cree más que a los pronósticos del INAMEH.

Pero el Año Nuevo es un vivo. Un criollo de esos que saben caer bien mientras te venden una empanada sin relleno. A la tercera semana ya se le ve la costura. Empieza a preguntar por las metas con la misma malicia con la que un fiscal de tránsito pregunta “¿y los papeles?”. Y uno ahí, comiéndose un pan dulce a media mañana, diciendo: “Estoy organizándome”. El Año Nuevo se ríe. Se ríe como se ríe el pana que te ganó en dominó con doble blanco escondido. Se ríe como villano de telenovela que baja las escaleras con vestido imposible y ventilador imaginario. Se ríe porque sabe que nos tiene agarrados por la nostalgia.

Y sin embargo, lo queremos. Lo queremos como se quiere al pana irresponsable pero encantador, al que llega tarde, promete mucho, cumple poco, pero igual uno le guarda puesto en la mesa. Porque trae ese olor a cuaderno nuevo, a chance fresco, a “vamos a ver qué se inventa uno”. Porque nos recuerda que seguimos aquí, tercos, vivos, echándole pichón, inventándonos esperanzas aunque estén vencidas. El Año Nuevo es un desastre con brillo, un embustero con carisma, un chiste cósmico que nos salva del cinismo. Y por eso, cuando llega, uno le abre la puerta, le sirve un trago y le dice:
“Pasa, mi amorcito. Total, aquí estamos curados de espanto.”

miércoles, 26 de noviembre de 2025

 La escritura: restauración de lo imperfecto


La escritura no es un espejo pulido ni un mármol sin grietas. Es más bien un cuenco de barro que conserva las huellas de las manos que lo moldearon, las marcas de la presión, los rastros de la humedad. En ella, lo imperfecto no se oculta: se vuelve textura, resonancia, memoria.


Cada palabra nace de un temblor: del recuerdo que se deshace como polvo en la boca, de la emoción que se resiste a ser nombrada, de la ausencia que se instala como un hueco en el pecho. Escribir es tocar esas fisuras con la yema de los dedos, reconocer que allí late la verdad más honda.


Restaurar lo imperfecto no es corregirlo, es acariciarlo. Es como pasar la mano por una cicatriz y sentir que la piel guarda la historia de la herida. La escritura hace visible lo que estaba oculto, ilumina la grieta, le da un lugar en el mundo. Como el kintsugi, que rellena con oro las fracturas de la cerámica, la palabra convierte la rotura en belleza, la falta en canto.


No busca la perfección. Eso sería arrogante, porque la perfección clausura, calla, petrifica. El buen escritor sabe que cada frase es apenas un intento, un gesto que se aproxima, nunca una totalidad. Prefiere la grieta, porque allí se filtra la vida: el olor de la lluvia en la tierra, el sabor del maíz recién tostado, la música que se escapa de una ventana entreabierta.


La escritura es un río que cambió el curso de la humanidad. Antes de ella, las palabras eran apenas viento: se deshacían en el aire, dependían de la memoria frágil de los cuerpos y de la repetición ritual de los relatos. Con la escritura, el tiempo se volvió materia, y la memoria dejó de ser un azar para convertirse en registro.


La escritura permitió que las leyes no fueran sólo promesas, que las historias no se extinguieran con la voz del narrador, que las ciudades pudieran organizarse más allá del instante. Fue el puente entre generaciones, la posibilidad de que un pensamiento nacido en una esquina de Mesopotamia pudiera viajar hasta otra orilla del mundo.


Pero más allá de su utilidad práctica, la escritura es también un gesto filosófico: fijar la palabra es desafiar al olvido, es decirle al silencio que no tendrá la última palabra. Cada signo trazado sobre arcilla, papiro, papel o pantalla es una afirmación de pertenencia, un modo de decir “estuve aquí, pensé esto, sentí esto”.


Podría pensarse que la escritura es un coro infinito: voces que se suman, se entrelazan, se contradicen y se acompañan. No hay escritura solitaria, porque incluso la más íntima carta dialoga con un lector futuro. Es la invención que nos permitió ser múltiples, que nos dio la posibilidad de reconocernos en lo que otros dejaron escrito, y de dejar nuestra propia huella en el mosaico de la humanidad.


Escribir es abrir espacio para lo que duele, para lo que falta, para lo que se contradice. Es un canto donde las voces múltiples se entrelazan, donde lo íntimo se vuelve social y lo personal se convierte en memoria compartida. La escritura acompaña, transforma, guarda.


En su hondura, escribir es restaurar lo imperfecto con ritmo y cadencia, con afecto y crudeza. Es reconocer que lo mínimo —una caricia, un sabor, una mirada— puede ser archivo de vida. La palabra no perfecciona: cura, hospeda, devuelve dignidad. Y en esa restauración, lo roto se vuelve luz.


Soledadmorillobelloso@gmail.com

@solmorillob


 Carabobo Soledad Morillo Belloso Hay montones de crónicas sobre la Batalla de Carabobo, sí. Y todas huelen a tinta de libro grueso: a papel...