miércoles, 16 de septiembre de 2026

 


Un asunto macabro


Durante el Tercer Reich —un régimen que convirtió la crueldad en método y la pseudociencia en herramienta política— se llevó a cabo un experimento particularmente ponzoñoso. En una instalación con características de centro de crianza, se separó a un grupo de infantes en dos cohortes sometidas a condiciones alimentarias radicalmente distintas. El primer grupo recibía una dieta nutricionalmente balanceada: proteínas, grasas esenciales, vitaminas y minerales. El segundo grupo, en cambio, era alimentado con comida abundante en volumen pero vacía en nutrientes; llenaba el estómago, pero no sostenía el desarrollo.


Al cabo de un año, los resultados eran tan claros como perturbadores. Los niños del primer grupo mostraban cuerpos fuertes, ojos despiertos, curiosidad activa y capacidad de aprendizaje diaria. Los del segundo grupo, aunque lucían “gorditos”, habían desarrollado mucho menos sus capacidades físicas e intelectuales. La apariencia engañosa de plenitud ocultaba una devastación silenciosa: la desnutrición oculta.


Este episodio histórico, además de su horror intrínseco, revela una verdad que la ciencia moderna ha confirmado una y otra vez: un niño sometido a precariedades alimenticias y estructurales se desarrolla menos que un niño bien comido y bien atendido. La infancia es una ventana biológica que no se vuelve a abrir. El cuerpo puede esperar; el cerebro no.


La evidencia científica es contundente. El cerebro infantil consume hasta el 50% de la energía diaria. Sin micronutrientes esenciales, las conexiones neuronales se forman menos y peor. La estimulación temprana —interacción, juego, lenguaje— moldea la arquitectura cerebral. La ausencia de estos estímulos reduce la capacidad cognitiva futura. El estrés tóxico, producto de ambientes inseguros o caóticos, altera la memoria, la regulación emocional y la atención.


Hay procesos biológicos que exigen condiciones óptimas en momentos específicos:


Mielinización — La formación de la capa que permite la transmisión rápida de señales neuronales ocurre mayormente en los primeros años. Si se interrumpe, la velocidad cognitiva queda limitada.


Desarrollo del lenguaje — La ventana crítica se cierra alrededor de los cinco años. Sin estímulo adecuado, el potencial lingüístico nunca se alcanza plenamente.


Crecimiento del hipocampo — Fundamental para la memoria y el aprendizaje. La desnutrición y el estrés lo reducen de tamaño.


Sistema inmunológico — Se consolida en la infancia. La mala nutrición deja secuelas permanentes en la capacidad de respuesta ante enfermedades.


Estos procesos, si fallan, no se recuperan plenamente. No existe terapia, suplemento ni intervención tardía capaz de reconstruir por completo lo que no se desarrolló en el momento biológicamente previsto.


Un niño bien alimentado y bien atendido no solo crece más: piensa mejor, aprende más rápido, se relaciona con mayor seguridad y construye una vida más plena. La precariedad infantil no es solo una injusticia moral; es una condena biológica. Y cada sociedad que la tolera está hipotecando su futuro.


La historia, la ciencia y la ética coinciden en un punto: la infancia es el territorio donde se define la posibilidad humana. Lo que allí se pierde, se pierde para siempre.


Alex Saab y sus socios del régimen cargan con la responsabilidad moral y política de una atrocidad que marcará generaciones: la infame “solución alimentaria” que condenó a miles de niños venezolanos a la desnutrición encubierta, al retraso cognitivo y al daño biológico irreversible. Lo que hicieron no fue un error administrativo ni una mala política pública: fue un crimen contra la infancia. Un crimen que se ejecutó con premeditación, con cinismo y con la frialdad de quienes saben que jamás pagarán las consecuencias.


Esos carricitos —nuestros niños— nunca tuvieron opción. No pudieron defenderse, no pudieron elegir, no pudieron escapar. Fueron víctimas  de un sistema que los usó, los manipuló y los dejó indefensos ante una maquinaria que convirtió la comida en arma y la necesidad en negocio. A veces pienso que, además de un negocio putrefacto, estaban fabricando futuros votantes mansos a quienes poder manipular a su antojo.


soledadmorillobelloso@gmail.com


sábado, 12 de septiembre de 2026

Te estás equivocando, Dinorah


Las declaraciones de Dinorah no son brújula: son un temblor. Habla con solemnidad, como si el país estuviera esperando una voz que ordenara el caos, pero lo que entrega es un espejismo. Repite que el chavismo entregaría el poder si pierde, como quien sostiene una cuerda que no sabe si está amarrada a algo. Esa frase, tan celebrada por algunos, es en realidad una confesión involuntaria: si un régimen promete entregar el poder “si pierde”, es porque el poder sigue sintiendo que tiene el poder, que no está sometido a reglas, sino a capricho. Y repetirlo sin desmontarlo es aceptar que la arbitrariedad puede disfrazarse de compromiso democrático.


Dinorah intenta instalar la idea de que estamos ante un “inicio”, una apertura, un movimiento. Nada más alejado de la realidad. Esto no empezó en agosto. El calendario marca que estamos en septiembre y a la señora interina la instalaron, sin consulta al soberano, en enero. 


Lo que se ve —lo que se siente— en las declaraciones de Dinorah es una oposición negociando desde la periferia, mientras el centro del poder permanece intacto, blindado, impasible. Sus palabras sostienen la narrativa de que esta vez sí, que ahora sí, que por fin se abre una puerta. Pero las puertas no se abren con discursos: se abren con fuerza política, y esa fuerza, hoy, no ha cambiado de manos. Y al tutor parece no interesarle que las cosas cambien.


Cuando Dinorah asegura que la negociación no desplaza a María Corina, lo que hace es administrar fracturas internas, como quien intenta que un edificio cuarteado parezca sólido si se ilumina desde el ángulo correcto. La oposición venezolana pasó años atrapada en un juego de supervivencia simbólica, donde cada actor defendía su parcela discursiva mientras el poder real observaba, concedía frases, retiraba otras, y seguía avanzando sin prisa porque no tenía urgencia.


El terremoto, convertido en argumento político, revela la fragilidad del relato. La tragedia se vuelve combustible narrativo, excusa para reacomodar agendas, para justificar pausas inaceptables, para vestir de necesidad lo que ya estaba previsto: volver a sentarse, volver a conversar, volver a prometer. En Venezuela, el dolor  termina absorbido por la maquinaria política, y cuando Dinorah dice que la emergencia reconfigura la agenda, lo que realmente está diciendo es que la política vuelve a hacer lo que mejor sabe: usar la catástrofe como telón de fondo para repetir la misma obra.


El énfasis en el respaldo de Estados Unidos tampoco es inocente. Es la muleta que sostiene un proceso que, por sí solo, no camina. La transición se presenta como posible porque un actor externo la impulsa, no porque exista una fuerza interna capaz de sostenerla. Y eso, en sí mismo, es una confesión: la oposición que está en la mesa sigue dependiendo de la validación internacional para compensar su debilidad. Quizás eso sea válido para Primero Justicia y Voluntad Popular —los que están sentados en la mesa—, pero no para la enorme, sí, enorme amalgama de ciudadanos que sostienen la lucha democrática sin siglas ni cuotas.


Y preocupa, porque tiene que preocupar, que las declaraciones de Dinorah no anuncian un cambio: anuncian un deseo. No describen una ruta: describen una aspiración. No revelan fuerza: revelan necesidad.


Son palabras grandes intentando contener una realidad que no se mueve al ritmo de esas palabras. Y en esa distancia —entre lo que se dice y lo que realmente ocurre— es donde se siente la verdadera corrosión.


Con todo respeto, Dinorah, te estás equivocando. Y este no es un momento para titubeos ni para gestos ceremoniales. Necesitamos que no te equivoques. Este país ya pagó un precio demasiado alto por los errores ajenos y por las ilusiones mal calculadas.


Saca las uñas —sí, las tuyas— porque para eso están. No para la foto, no para la frase diplomática, no para sostener una mesa que se tambalea sola, sino para defender con ferocidad lo único que importa: al pueblo venezolano. A él es a quien representas en esa mesa. A él y a nadie más.


Soledadmorillobelloso@gmail.com




martes, 8 de septiembre de 2026

 


De la realpolitik al realismo mágico


Esa es, quizá, la ruta torcida que algunos poderosos han decidido recorrer, como si caminaran por un puente colgante hecho de humo. Pero ni ellos ni nosotros, los que hoy habitamos este planeta fatigado, inventamos ninguna de las dos cosas. 


La realpolitik nació de la crudeza inaugural de los Estados; el realismo mágico, de la necesidad latinoamericana de nombrar lo imposible para sobrevivirlo. Aun así, ciertos gobernantes de aquí y de allá —legales o ilegales, qué más da— están convencidos de que fueron ellos quienes las parieron, como si la historia fuera una incubadora privada. Creen que la realpolitik brotó de su astucia y que el realismo mágico emergió de su habilidad para torcer la realidad hasta que parezca un cuento contado por un ventrílocuo ebrio.


Lo que hacen, en verdad, es más simple y más peligroso: confunden el poder con el relato, la gestión con la manipulación, la responsabilidad con el espectáculo. Creen que gobernar es producir espejismos, convertir la tragedia en entretenimiento, transformar la precariedad en una épica inventada. Y así, sin rubor, mezclan la frialdad estratégica con la fantasía delirante, como si Maquiavelo y García Márquez compartieran escritorio en un despacho donde la tinta es humo y las decisiones son caprichos.


La realpolitik, en su sentido más duro, exige cálculo, rigor, comprensión del tablero global. Pero algunos poderosos —maníacos del poder, más bien— la han reducido a un manual de supervivencia personal, una guía de bolsillo para mantenerse aferrados al sillón. Y al realismo mágico, que nació para revelar lo profundo de nuestra condición latinoamericana, lo han convertido en coartada: “si todo es absurdo, nada es culpa nuestra”. Ese tránsito —del pragmatismo al encantamiento, del análisis a la fábula— no es inocente. Es un método. Un modo de gobernar desde la niebla, donde la mentira se disfraza de metáfora y la arbitrariedad se presenta como destino inevitable.


Y aquí estamos nosotros, ciudadanos sin utilería, obligados a vivir en esta mezcla tóxica: una política que se justifica con cinismo y se narra con fantasía; una política que se cree autora de teorías que no entiende y de mitologías que no respeta; una política que pretende convencernos de que la realidad es negociable y la historia un borrador perpetuo que ellos pueden corregir con lápiz rojo cada madrugada. 


Pero no. La realpolitik no es suya. El realismo mágico tampoco. Lo único que han inventado —y eso hay que reconocérselos— es esta patética tragicomedia contemporánea en la que el poder actúa como si viviera dentro de una novela y el país como si fuera su escenario de utilería.


En esta lógica descabellada, la relación entre Estados Unidos y Venezuela se ha convertido en un laboratorio perfecto para observar cómo la geopolítica puede degenerar en fábula. Ambos actores, cada uno desde su orilla, se comportan como si hubieran descubierto un nuevo género literario: la diplomacia fantástica, donde los cables diplomáticos se escriben con plumas de pavo real y las decisiones se toman mirando espejos deformantes.


Washington, que suele operar desde la frialdad del interés nacional, ha dejado que su política hacia Venezuela se contamine con impulsos erráticos, presiones internas, intereses de nuevos ricos  y ciclos electorales que convierten cualquier decisión en espectáculo doméstico. 


Caracas, la Caracas de un Miraflores sin legitimidad, ha reducido la realpolitik a un manual de supervivencia: resistir, sonreír, besuquear, acomodarse cuando es rentable para los bolsillos de unos pocos oportunistas. No hay estrategia de Estado; hay estrategia de permanencia como garrapata. No hay tablero global; hay tablero de control, una mesa chueca donde las fichas siempre caen del mismo lado.


Así, la relación bilateral se narra como si la lógica estuviera suspendida y la narrativa mandara. En Venezuela, la crisis se presenta como discurso de medio pelo, la precariedad como victoria moral, la negociación como triunfo épico, la dependencia de limosnas como soberanía absoluta. En Estados Unidos, la política hacia Venezuela se envuelve en promesas de presión “definitiva” que nunca es definitiva, aperturas “condicionadas” que jamás terminan de aclarar sus condiciones, y declaraciones de prioridad hemisférica que solo importan cuando conviene al calendario electoral.


Lo que debería ser una relación estratégica —energía, migración, seguridad regional, democracia— se ha transformado en un reality show donde cada gesto se calcula para la cámara, no para la historia. Washington anuncia alivios, advertencias disfrazadas de sonetos mal escritos y “últimas oportunidades” como si fueran episodios de temporada. Caracas responde con declaraciones arrodilladas y promesas de apertura que se evaporan con el sol. La política exterior se vuelve espectáculo; la tragedia se vuelve guion; la ciudadanía queda como audiencia cautiva, obligada a ver una serie que nunca termina y que nunca mejora.


Ese tránsito del pragmatismo al encantamiento no es casual: es un método compartido. Confusión como herramienta. Ambigüedad como estrategia. Relato como arma. Ambos gobiernos han descubierto que la niebla les es útil: permite justificar lo injustificable, ocultar lo evidente y postergar lo impostergable. 


Así las cosas, la relación Estados Unidos–Venezuela termina convertida en una payasada diplomática: un país que se narra a sí mismo como protagonista heroico, otro que se narra como árbitro moral del hemisferio, ambos actuando como si vivieran en una novela donde la realidad es negociable y la historia puede reescribirse cada semana.


En medio de todo este despiporre, la Asamblea Nacional fantoche —esa comparsa de utilería que finge solemnidad— se pone su mejor traje de poliéster brillante para debatir, con voz engolada y gesto de prócer de opereta, una ley sobre los grandes felinos. Allí están, muy serios, muy circunspectos, hablando de jaguares y pumas como si el país no fuera un incendio y como si ellos no fueran los bomberos sin agua que llegaron con gasolina. “Así están las cosas”, diría Óscar Yanes, con ese tono resignado que mezcla ironía, cansancio y la certeza de que, en esta tierra, la realidad siempre supera al absurdo.


Soledadmorillobelloso@gmail.com



lunes, 7 de septiembre de 2026

“Yo nací en esta ribera del Arauca vibrador…”


Lo que hay que hacer hoy para que la historia de la próxima generación no sea un fracaso no es un listado de buenas intenciones: es una faena dura, que exige manos firmes, ojos despiertos y una voluntad que no se deje doblegar. La historia futura no será un milagro ni una casualidad; será el resultado directo de cómo luchemos y cómo defendamos con coraje lo nuestro.


Hoy más que nunca hay que vivir con una ética que no negocie con la miseria moral. No se trata de heroísmos cinematográficos, sino de gestos constantes: no aplaudir lo torcido, no justificar lo mediocre, no acostumbrarse a lo inaceptable. La historia que los de la próxima generación leerán será la suma de nuestras pequeñas y grandes decisiones. Si hoy cedemos ante la corrupción, la estupidez, la indiferencia o la cobardía, mañana ellos heredarán un país que ya no sabrá distinguir entre lo correcto y lo conveniente.


Hoy hay que enseñar a los niños a pensar con la cabeza despierta y el corazón alerta. A desconfiar de lo que brilla demasiado. A leer el mundo con la misma atención con la que se lee un poema. A entender que la libertad no es un regalo sino una tarea ardua y constante. Si ellos crecen sin criterio, serán presa de cualquier relato ajeno. Y un país sin criterio es un país condenado a repetir sus errores como una mala obra de teatro.


Hoy hay que cuidar la memoria como se cuida una llama en medio del viento. No permitir que la reescriban los que necesitan justificar su poder. No permitir que la deformen los que prefieren un país amnésico. La memoria es el único mapa que evita que la próxima generación camine hacia el mismo abismo. Si la perdemos, ellos caminarán a ciegas.


Hoy hay que pelear contra la resignación, que es el veneno más eficaz. La resignación mata sin ruido. Se instala en la piel, en la voz, en la mirada. Y cuando se instala, ya no hay historia que valga la pena. Por eso hay que combatirla como se combate una enfermedad: con disciplina, con terquedad, con rabia sana. Porque si nos resignamos hoy, la próxima generación heredará un país sin pulso.


Y sí, hoy hay que sostener la alegría, que también es una forma de resistencia. No la alegría ingenua, sino la que nace de la convicción de que hay mucho que salvar. La alegría que se planta como un árbol en medio del incendio. La alegría que dice: “No nos han vencido y no nos vencerán”. Esa  será la luz que ellos encuentren cuando abran el libro de su propio tiempo.


Hoy hay que escribir. Escribir bien. Con precisión, con hondura, con la verdad desnuda. Escribir para que mañana no tengan que reconstruir lo que nosotros dejamos incompleto. Escribir para que sepan que hubo quienes pelearon con palabras inteligentes. Escribir para que entiendan que incluso en la noche más larga hubo quienes se negaron a apagar la luz.


Lo que hay que hacer hoy es simple y brutal: no fallarles. Porque si fallamos, la historia que ellos lean será una triste elegía. Pero si hacemos lo que corresponde, será una epopeya.


No, no padezco de ese optimismo bobo que se infla con aire prestado. Dios sabe que lo mío es un realismo sin cosméticos, sin filtros, sin la cursilería del autoengaño. Pero justamente ese realismo —crudo, directo, sin anestesia— es lo que me sostiene y me impide caer en el expediente más triste de todos: el conformismo, esa renuncia idiota que convierte a un país en un fracaso anunciado.


No me opongo a nuevos modelos de negocio; sería una estupidez pretender que el país avance con la cabeza enterrada en el siglo pasado. Lo que sí rechazo —sin matices, sin diplomacia, sin tibieza mediocre— es a quienes solo conciben a Venezuela como un burdel barato donde todo se vende y nada se respeta. Esa visión de cuarticos de lenocinio aplicados a la industria energética, a los suelos y a los subsuelos es más que inmoral e ilegal: es una idiotez colosal, una traición vende patria vestida de emprendimiento. 


No quiero que la próxima generación tenga que escribir en su partida de nacimiento “nací en un lupanar del norte de Suramérica”, un territorio profanado por bucaneros con colmillos afilados. Quiero que esos venezolanos de la generación por venir canten, en el ritmo que quieran o el que esté de moda: “Yo nací en esta ribera del Arauca vibrador…”. Y que lo hagan con una voz orgullosa y espléndida. 


Soledadmorillobelloso@gmail.com




viernes, 4 de septiembre de 2026

 

Servilismo


Venezuela tuvo —y la tuvo con orgullo, con esa altivez silenciosa de quien sabe que hace las cosas bien— una élite petrolera forjada con rigor, con ciencia, con años de estudio y sudor. Gente que no improvisaba, que no jugaba a ser técnico, que no confundía una válvula con una consigna ni un cálculo con un aplauso. La industria invirtió fortunas en ellos porque entendía que su poder no estaba en los discursos sino en el conocimiento, en la disciplina, en la ética. Esa gente sostuvo al país en bonanza y en crisis, en expansión y en tormenta. Eran la columna vertebral de una nación que vivía —aunque no siempre lo supo— de su capacidad para hacer bien las cosas.


Y entonces llegó la demolición. Primero Chávez, luego Maduro, ahora la interina. Un trío que comprendió que para controlar el poder había que dinamitar en “la industria”  a quienes sabían ejercerlo con profesionalismo. No fue accidente. No fue torpeza. Fue diseño. Botaron a patadas a miles de profesionales que conocían la industria como se conoce una casa vivida: cada ruido, cada sombra, cada riesgo. Y en su lugar metieron una fauna de depredadores que llegó sin saber, sin querer aprender y sin intención alguna de trabajar. Gente sin ética, sin moral, sin principios, sin valores. Gente que veía la industria como botín, no como responsabilidad; como trofeo, no como misión.


Servilismo, sí. Sin disimulo. Sin pudor. Sin siquiera el esfuerzo mínimo de fingir decencia. Lo metieron en PDVSA como se mete moho en una casa abandonada: primero la mancha, luego el olor, después el derrumbe. Y cuando tú, venezolano, quisiste darte cuenta, ya no quedaba estructura, solo la costra pegajosa de la obediencia ciega. Ese servilismo fue la herramienta perfecta: un ejército de personas que no cuestionan, que no entienden, que no deciden, que solo acatan. Llegaron a ocupar puestos, no a ejercerlos. A cobrar, no a producir. A obedecer, no a pensar. La industria dejó de ser industria y pasó a ser un corral donde la consigna manda y la ignorancia gobierna.


La Venezuela de hoy es el negativo perfecto de aquella que construyó “la industria”. Lo que antes fue meritocracia rigurosa se transformó en un ecosistema de mediocridad organizada. La empresa que alguna vez fue modelo terminó convertida en un potrero donde la lealtad política vale más que la competencia, donde el cálculo fue sustituido por la consigna, donde la ignorancia se volvió requisito. Esa degradación moral —esa obediencia que no piensa, que no duda, que no sabe— explica por qué el país siente que está atrapado en un presente sin brújula y un futuro hipotecado.


Y ese servilismo sin disimulo —esa obediencia que no piensa, que no duda, que no sabe— es exactamente lo que queda expuesto en las rúbricas de esos acuerdos donde las sonrisas no son gestos diplomáticos sino acatamientos de órdenes. Son sonrisas que no celebran nada, que no anuncian nada, que no representan nada. Son sonrisas que obedecen. Son la mueca del subordinado que firma porque le dijeron que firme, que asiente porque le ordenaron asentir, que sonríe porque la foto lo exige. En esa obediencia se revela la magnitud de la degradación: un país reducido a firmar lo que otros dictan, con representantes que ya no representan, con funcionarios que ya no deciden, con una industria magreada, saqueada, desfondada. Todo lo que alguna vez fue mérito, rigor y dignidad terminó sustituido por esa mueca servil que hoy se estampa en documentos que hipotecan el futuro de todos nosotros, incluso de los que aún no han nacido. País tasajeado. 


Es de esperar que pronto anunciarán que el himno nacional y la bandera, como hacen con la soberanía, también han sido suspendidos. 


Soledadmorillobelloso@gmail.com




jueves, 3 de septiembre de 2026

Les importa un pito


Al magnate sin escrúpulos devenido en presidente de Estados Unidos (por segunda vez) —ese hombre que convirtió la política estadounidense y planetaria en un espectáculo de utilidades, aplausos y egolatría— le importa un pito si Venezuela recupera la democracia. La democracia venezolana no es para él y su séquito una causa ni una urgencia: es un ruido molesto, un tema que estorba, que aburre, que no encaja en su libreto de grandiosidad personal. La tragedia venezolana, con su diáspora, sus presos políticos, sus escuelas hechas escombros, su sistema de salud convertido en antesala de la muerte y su país hecho añicos, no le produce rédito, no le mueve la aguja electoral, no le sirve para nada, salvo para convertir la tragedia en “oportunidades de negocio”.


El hombre (y sus repetidores de parlamentos) usa la estrategia del chisme, del bulo, del rumor. No gobierna con principios, sino con susurros. No construye política, sino intriga de albañal. Le basta un comentario lanzado en un pasillo, una filtración interesada, un rumor sembrado en la prensa amiga para mover piezas, distraer audiencias, manipular percepciones. La democracia —esa palabra que debería ser brújula moral— se vuelve para él un accesorio retórico, algo que se menciona cuando conviene y se archiva cuando estorba.


Por eso, lo que sea que haya costado la operación para llevarse a Maduro y a su mujer aquella madrugada de enero —esa operación que ocurrió entre sombras, helicópteros, explosiones, tiroteos y silencios— ya fue facturado y cobrado, con sobregiro. Sin épica, sin heroísmo, sin romanticismos. Fue una transacción, un servicio prestado, un encargo negociado y cumplido. “Alguien” pagó, “alguien” cobró, “alguien” archivó la carpeta bajo “asunto resuelto” con el sello “top secret”. La política reducida a logística; la madrugada convertida en comprobante de pago.


Y ahora, en la agenda, toca el capítulo “acuerdos”. Léase: puro negocio. Nada de principios, nada de convicciones, nada de brújulas morales. Solo cálculo, solo intereses, solo la frialdad de quien negocia como quien remata propiedades: sin mirar el paisaje, sin pensar en las vidas que se juegan, sin importar el país que queda detrás.


Y aquí entra Arthur Miller —a quien el señor seguramente no sabe quién fue y confunde su nombre con algún dueño de tugurio de mala muerte en los barrios bajos de algún puerto— para decir lo que él jamás entendería: «El carácter de una persona lo determinan los problemas que no puede eludir y el remordimiento que le provocan los que ha eludido».


Ese remordimiento no existe en él. No hay conciencia, no hay peso moral, no hay sombra que lo alcance. Solo negocio. Solo cálculo. Solo la comodidad de quien elude todo y jamás mira atrás.


Ya pueden las mentes venezolanas más lúcidas y expertas gastarse horas y días en tratar de explicar las complejidades de los negociados en proceso. Pueden desmenuzar cláusulas, interpretar silencios, descifrar gestos, reconstruir cronologías, especular sobre intereses cruzados, proyectar escenarios, advertir riesgos, señalar trampas. Pueden escribir columnas, dar entrevistas, participar en foros, elaborar análisis que intenten poner orden en el caos y sentido en la opacidad. Pueden, incluso, intentar encontrar lógica donde solo hay conveniencia, ética donde solo hay cálculo, estrategia donde solo hay improvisación.


Pero todo ese esfuerzo intelectual —valioso, necesario, admirable— choca contra una pared que no se mueve: el negocio ya está en marcha y quienes lo operan no sienten obligación alguna de explicarlo. No les interesa la transparencia, ni la institucionalidad, ni la democracia, ni la historia. Les interesa el rendimiento personal. Les interesa la factura. Les interesa el acuerdo que les conviene hoy, no el país que se desangra desde hace años. Y mientras los analistas venezolanos se desgastan tratando de iluminar la penumbra, ellos avanzan sin mirar atrás, sin remordimiento, sin responsabilidad, sin siquiera la cortesía de fingir que les importa.


Por eso, este capítulo llamado “acuerdos” no es un proceso político: es un inventario. No es una negociación: es una liquidación. No es un camino hacia la democracia: es una transacción más en la larga cadena de transacciones que han reducido a Venezuela a mercancía. Y mientras las mentes más lúcidas intentan comprender, ellos ya pasaron la página, ya hicieron caja, ya cerraron el trato, ya están pensando en el próximo negocio.


Soledadmorillobelloso@gmail.com




miércoles, 2 de septiembre de 2026

 


Ilustrando al señor Rubio


Usted es un presumido, señor Rubio. Lo es, con método, con esa suficiencia de quien cree que la altanería sustituye a los argumentos. Pero eso, francamente, es lo de menos. Su pedantería ni me moja ni me empapa. Tampoco me importa su zalamería, ese lenguaje edulcorado con el que pretende disimular lo ácido y amargo de sus declaraciones. 


Lo que importa es lo que usted intenta esquivar con la arrogancia del funcionario que cree que puede dictar la realidad desde un micrófono. Porque mientras usted se pavonea, hay muertos. Y los muertos no entienden de presunciones: no votan, no opinan, no se defienden. Son prueba. Y esa prueba apunta directo y sin escalas, a Alejandro Betancourt.


Permítame ilustrarlo. Vayamos al grano, a lo que usted evita mirar: Alejandro Betancourt, ese delincuente trasnacional que ustedes quieren mostrar como excelente empresario new age,  carga muertos sobre los hombros. No es metáfora. Son muertos reales, venezolanos y no venezolanos, personas que murieron (y mueren) porque la energía eléctrica colapsó bajo la estafa que él ayudó a montar. La ausencia de luz no es un problema técnico; es una sentencia. Cuando un hospital queda a oscuras, el respirador se apaga. Y cuando el respirador se apaga, el enfermo muere. Así de directo. Así de brutal.


Betancourt, the new crook on the block, participó (y se magnatizó) en un esquema que destruyó infraestructura crítica, dejó hospitales a oscuras, convirtió quirófanos en cavernas y obligó a médicos a ventilar manualmente a pacientes mientras la vida se les escapaba entre los dedos. ¿Cuántos murieron y siguen muriendo? No hay cifra exacta: en Venezuela la muerte se volvió estadística clandestina. Pero murieron y mueren. Y él es responsable.


Usted puede inflar el pecho, repetir que “no hay delitos en suelo estadounidense”, envolverlo en tecnicismos que harían que hombres como John Quincy Adams cayeran en soponcio. Pero su presunción no cambia los hechos. No resucita a nadie. No borra la responsabilidad. No convierte en inocente a quien sembró la oscuridad que mató y mata.


Si su soberbia pretende ser escudo, le advierto: no sirve. Cualquiera con un mínimo de conocimiento sobre la historia de la humanidad sabe que la memoria es terca, más terca que usted. La muerte, más elocuente. La verdad, más paciente.


Le añado, señor Rubio, la frase que me soltó —con cinismo de oficina y sonrisa de reptil— un funcionario de su estructura. Me guardo el nombre para evitarle retaliaciones: “Para nosotros lo único que importa es el business. Venezuela tendrá democracia el día que el business dé ganancias. Y para eso falta mucho”.


Estados Unidos ha tenido presidentes buenos, regulares y deplorables. Pero como a usted parecen importarle sólo los republicanos, le obsequio una frase de uno de ellos, James A. Garfield, que entendía la conciencia del poder: “La verdad te hará libre, pero primero te hará miserable.” 


Y aquí estamos, señor Rubio: en la parte miserable de esta película con guión de telenovela barata. La libertad vendrá después, cuando la verdad termine de iluminar lo que usted insiste en mantener a oscuras.


Y ya que hablamos de verdad, permítame ilustrarlo con el pensamiento de un hombre que entendía la luz como destino moral. José Martí (¿le suena?) escribió: “La luz es como el agua: todo lo limpia.”


Pues bien, señor Rubio: aquí tiene la luz. Lo que haga usted con la limpieza, ya es asunto suyo.


Y le advierto: yo no soy anti yanqui ni nada parecido. He trabajado en y para varias compañías transnacionales serias de bandera estadounidense, y ello fue un gusto y un honor para esta mujer profesional que soy y que ya pinta muchas canas. Nunca en toda mi carrera vi a ninguna de ellas mostrarse complaciente ante la vileza, la infamia y la perversidad. No eran covachas como NABEP. 


Quizás cuando pase el tiempo (inexorable) y usted tenga el cabello cenizo y tenga el rostro surcado, si reflexiona y corrige su paso (está a tiempo), pueda cantar como yo: “For what is a man (woman), what has he (she) got? If not himself (herself) then he (she) has naught.  To say the things he (she) truly feels. And not the words of one who kneels. The record shows I took the blows. And did it my way”.


Soledadmorillobelloso@gmail.com





La marca del destrozo 


Ceder. Inclinar la cerviz. Capitular.


Tres verbos que saben a cuero viejo y a soga húmeda, a ese polvo que se levanta cuando un país es obligado a arrodillarse mientras otros discuten el precio de la  humillación.


Hace ya más de doscientos años, miles murieron por la libertad y por algo todavía más profundo: el derecho a decidir, a ser dueños de su destino en un territorio donde todo se dictaba desde afuera o desde arriba. Hombres, mujeres, niños, ancianos: una multitud sin estatuas, hecha de miedo, hambre y terquedad, que caminó hacia la muerte convencida de que romper el yugo valía la vida.


Esa multitud sostuvo la idea más peligrosa y luminosa del momento: un país puede nacer del acto de decir “basta”, “no más”. La libertad no es abstracción; es apuesta feroz que se paga con sangre. Y lo que quedó luego de aquella guerra fue un territorio exhausto, pero con una certeza: el derecho a decidir no se mendiga.


Murió un tercio del país. Antes de la guerra, Venezuela tenía entre 700.000 y 800.000 habitantes. Al final, según José Manuel Restrepo, de los 400.000 muertos de la Gran Colombia, unos 250 000 fueron venezolanos. No solo cayeron en combate: murieron por epidemias, hambre, miseria y masacres. La muerte se volvió paisaje.


Esa libertad conquistada —y la soberanía que la sostiene— fue algo que los gobiernos posteriores a la independencia, con todos sus errores y defectos, nunca se atrevieron a entregar. Podían fallar en la administración, en la economía, en la política interna y exterior, pero no en ese principio. Sabían que traicionarlo equivalía a traicionar la memoria de quienes dieron la vida para que Venezuela pudiera decidir por sí misma. Para algunos es poca cosa. Para los adoradores del pragmatismo, la dignidad es una palabra que solo sirve para novelitas rosa. 


Si hoy se entrega con ligereza la soberanía, no es por debilidad sino por conveniente amnesia selectiva. Un país que vio morir a un tercio de su gente para conquistar el derecho a decidir no puede permitir que otros lo negocien como mercancía de ocasión. La claudicación de unos pocos no representa al país lúcido: es apenas la sombra de la  pequeñez de gobernantes de turno. La república, en cambio, sabe que  tiene que honrar la hidalguía de sus muertos. 


Ciertamente, un país puede negociar sus recursos, pero un país  no es un negocio: no se tasa, no se pesa, no se remata. Un país es historia, sangre, memoria, futuro; no mercancía en una mesa de trueques, con peste a lupanar. Negociar es legítimo, siempre y cuando quienes negocien tengan legitimidad de origen y desempeño. Convertir la nación en objeto de transacción, pues no, jamás. 


Hay muchísimas cosas de las que poco o nada sé. Al fin y al cabo, “todos somos ignorantes, mas no en las mismas cosas” (William Rogers). Pero una cosa sí sé. Nada de esta vagabundería estaría pasando si el día que se llevaron a Maduro en el mismo súper helicóptero que parece sacado de la imaginación de George Lucas, hubieran traído a Edmundo González Urrutia, presidente constitucional de la república, por elección soberana del pueblo. Sólo hay algo peor que no hacer lo que hay que hacer: hacerlo a medias. La torta se les apelmazó, como en Vietnam, Afganistán, Irak, Libia, Siria, Irán y dele, que son pasteles. 


Quizás al señor Rubio -hoy canciller y aspirante a la presidencia y cuyos orígenes de sangre llevan la impronta de un linaje que no puede pasar por alto- le haría bien aprender historia antigua y reciente, porque la construcción del futuro así lo exige, tanto como demanda ética, moral y dignidad. La grandeza no está en el tamaño; está en la densidad. 


Cayetana Álvarez de Toledo lo resume en una frase: “lo moral es lo eficaz”.  Y esta negociación que se basa en maniobras hechas en la trastienda, de madrugada y con poca luz, con gente de sucia reputación, no es ética, no es moral y por tanto, carecerá al final de eficacia.


El actual presidente de Estados Unidos dejará de serlo, porque su fecha de caducidad está marcada en el calendario. Pero su falta de visión, su oportunismo, su carencia de dotes de estadista, dejará la marca del destrozo. Y tocará a Marco Rubio, si llega a presidente (en español, “si”, sin tilde, como conjunción condicional), levantar los vidrios.


Soledadmorillobelloso@gmail.com


 Güercom, mister Wright


Al llegar, Chris Wright, flamante secretario de Energía de Estados Unidos, habló como lo hacen los emisarios cuando pisan tierra ajena: con esa sonrisa de aeropuerto, ese tono de vendedor de seguros que promete prosperidad mientras mira de reojo dónde está la salida de emergencia. 


“Secretario de Energía” es el título formal, la placa dorada en la puerta de su oficina. En la práctica, tal como lo presentan y lo reciben, y por cómo lo cita Trump (“está dirigiendo Venezuela”), Wright opera como algo más que un burócrata técnico glorificado. Es el emisario, el interventor elegante, el hombre que llega con sonrisa de piano de bar y contratos bajo el brazo, el que aterriza en Maiquetía como si viniera a revisar una franquicia que no está cumpliendo estándares.


Dijo, palabras más palabras menos, lo esperado: que venía a traer inversiones, oportunidades, prosperidad hemisférica, casi como si hubiese aterrizado en un país esperando un milagro y él fuese el santo con la estampita. Habló de duplicar la producción petrolera, así, sin despeinarse, como quien promete que mañana mismo brotarán los pozos y los taladros se encenderán solos, por arte de birlibirloque, agradecidos.


Lo interesante no es lo que dijo, sino lo que evitó decir. Ni mención rasante a la ruina de PDVSA, ni a la corrosión institucional, ni al hecho de que cualquier inversión en esta Venezuela de transición que no arranca es un acto de fe digno de un mártir medieval. 


No habló de transparencia, ni de garantías, ni de cómo se supone que va a brotar prosperidad en un país donde hasta los tornillos se pierden en la cadena operativa. Prefirió ceñirse al libreto que le entregaron con la etiqueta “stick to the plan, no matter what”: “tiempos buenos”, “empleos”, “presión salarial”, como si estuviera describiendo un país tipo resort all included que existe en un folleto, no en la realidad.


Y claro, detrás del discurso está la verdadera intención: asegurar suministro, abrir candados para empresas estadounidenses (de las buenas y las majunches), mover fichas en un tablero donde el petróleo sigue siendo la única carta que Venezuela, extraviada en el marasmo, cree que puede poner sobre la mesa. 


Por su parte, el gobierno de la interina (ahora elevada a “electa”, Mr. Trump dixit, y quizás próximamente versión venezolana de María Magdalena), recibe la visita como una bendición: cámaras, declaraciones optimistas, un enviado que sonríe y dice que vienen cosas grandes. Material perfecto para propaganda interna, para aluvión de posts en las redes, para fingir que el aislamiento “forever and ever” se rompió y que el país está entrando en una nueva era de esplendor. Serie Sci-fi con estreno a anunciarse próximamente. 


Promesa inflada, globo de feria. Hablar de duplicar producción sin mencionar cómo, cuándo, con qué infraestructura, con qué personal, con qué garantías, es casi un acto de magia. Ni David Copperfield, pues. Una ilusión. Una frase diseñada para titulares, no para realidades.


Wright, nacido en Colorado, ese estado de montañas, fracking y épica petrolera que parece hecho a la medida de su biografía, con su cara de “me acabo de comer en el avión un perro caliente NY style, no vaya a ser que alguien se le ocurra que me tengo que comer una empanada de cazón”, llegó diciendo lo que tenía que decir: que vienen inversiones, que habrá prosperidad, que el futuro es luminoso y wonderful. Pero el entrelíneas es otro: él Estados Unidos de Me. Trump  mueve sus piezas, Venezuela se aferra a cualquier gesto que parezca reconocimiento, y el petróleo vuelve a ser la moneda de cambio en un país donde todo lo demás está roto.


Güercom, mister Wright. 


Soledadmorillobelloso@gmail.com




 La reina y el pirata


Isabel de Inglaterra fue reina desde el 17 de noviembre de 1558 hasta el 24 de marzo de 1603. Sucedió en el trono a su media hermana, María, hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón, que pasó a la historia como “Bloody Mary”. 


Isabel entendió antes que nadie que el mar era una trampa y una oportunidad. Inglaterra no tenía músculo para enfrentarse de frente al imperio español, pero sí tenía hambre, astucia y, con Isabel, una reina que sabía usar la sombra como herramienta. 


Mientras la Europa de esos tiempos  la miraba como la hija incómoda de un rey sanguinario y de una reina decapitada, Isabel tejía un poder que no se anunciaba en los salones sino en las rutas marítimas. 


La patente de corso fue su jugada maestra: un papel que convertía al ladrón en instrumento del Estado, al pirata en funcionario clandestino. Inglaterra no tenía flota suficiente, pero sí hombres dispuestos a robar por ella. Isabel, con su mirada de hielo, sabía exactamente cuánto botín necesitaba para sostener un reino que todavía no era imperio pero ya se comportaba como tal.


Los piratas del Caribe —los reales, no los de Hollywood— eran hijos del desorden, criaturas de la sal y la desesperación. Pero cuando Inglaterra les extendió la mano, se volvieron algo más peligroso: corsarios. Drake, Hawkins, Raleigh… nombres que hoy suenan a aventura, pero que en su época eran la pesadilla de España. Atacaban puertos, incendiaban barcos, saqueaban cargamentos de plata y oro que venían de América. Y cada tonelada robada era una transfusión directa al tesoro inglés. La reina no tenía que gastar en barcos ni soldados; solo tenía que firmar un permiso y esperar que el mar hiciera el resto. Era guerra sin declaración, violencia sin responsabilidad, riqueza sin contabilidad pública.


Inglaterra ganó tiempo, rutas,  información y mucho dinero. Los corsarios trazaron mapas, descubrieron escondites, abrieron caminos que luego serían colonias. Jamaica, Barbados, las Antillas: territorios que primero fueron guaridas de piratas y luego bases del imperio. España, mientras tanto, se desangraba defendiendo un Caribe que se le escapaba entre los dedos. Cada ataque corsario era una grieta en la fachada del imperio más poderoso del mundo. Isabel no necesitaba derrotarlo en batalla; bastaba con erosionarlo, con convertir el mar en una zona donde la ley española era un chiste y la inglesa una sospecha.


La ganancia inglesa no fue solo económica. Fue política, simbólica y estratégica. Inglaterra aprendió a mandar sin admitir que mandaba, a golpear sin firmar el golpe, a construir poder desde la irregularidad. Los piratas fueron su ejército paralelo, su diplomacia clandestina, su manera de hacer lo que la corona no podía decir en voz alta. La patente de corso fue el documento que inauguró una forma de gobernar que luego se repetiría en todos los imperios: tercerizar la violencia, legalizar la ilegalidad, convertir al bandido en herramienta del Estado.


Isabel no inventó la piratería, pero sí la convirtió en política de Estado. Y ahí la clave: Inglaterra se hizo imperio gracias a una reina que entendió que el mar no se domina con ceremonias sino con osadía. Los piratas del Caribe no fueron un accidente histórico; fueron el motor oculto de una nación que ascendió robando mientras sonreía. Inglaterra ganó porque supo usar a los hombres que vivían fuera de la ley para construir una ley propia. Y el Caribe, ese territorio donde la sal se mezcla con la sangre, fue el escenario donde una reina escribió su verdadero manifiesto de poder.


Isabel no tuvo amoríos con ningún pirata, pero el único nombre que quedó pegado a ella —como brea en la madera de un galeón— fue Francis Drake. No por romance. Por poder.


Drake hacía por ella lo que ningún lord inglés se atrevía: incendiar puertos españoles, robar oro, humillar al imperio más grande del siglo. Ella lo protegía, lo financiaba, lo celebraba. Él le devolvía botines, victorias y un aura de reina indomable. Esa cercanía, esa confianza casi íntima, fue suficiente para que la Europa católica inventara el bulo: “la reina virgen tiene un pirata escondido en su alcoba”. Mentira útil, pero mentira al fin.


Los otros nombres —John Hawkins, Walter Raleigh, Grace O’Malley— orbitaban alrededor de ella, pero solo Drake tuvo el privilegio de ser su sombra en el mar.


Drake murió lejos de Inglaterra, sin gloria y sin ceremonia, en 1596, frente a las costas de Portobelo. Había salido a una expedición que terminó en desastre: derrotas consecutivas, barcos enfermos, una tripulación agotada y él mismo consumido por la disentería, ese mal que no perdona en el trópico. Cuando entendió que no volvería a levantarse, pidió ser enterrado como vivió: en el mar. Lo metieron en un ataúd de plomo y lo dejaron caer al agua, hundiéndose rápido, como si el océano lo reclamara. Su muerte fue silenciosa, sin épica, pero con una imagen que parece escrita para él: un pirata desapareciendo en la profundidad que lo hizo leyenda.


Isabel murió lentamente, como se apaga una vela que ya no tiene para dónde arder. Se fue consumiendo en Richmond, rodeada de cortesanos que la miraban con ese terror reverencial que solo inspira un monarca que ya no es monarca sino reliquia. No dormía. No comía. No hablaba. Se quedaba horas de pie, apoyada en cojines, como si acostarse fuese admitir la derrota. El cuerpo se le volvió una jaula: el maquillaje de cerusa —plomo puro, veneno lento— le había ido carcomiendo la piel, la sangre, los órganos. La melancolía hizo el resto. La muerte de sus íntimos, el fantasma de María Estuardo (su prima a la que condenó a muerte), la certeza de que el tiempo ya no obedecía.


Cuando por fin se dejó caer en los almohadones, ya no quedaba reina, solo una mujer exhausta. El anillo de coronación, incrustado en la carne después de casi medio siglo sin quitárselo, fue arrancado. Una semana después, el cuerpo cedió. No hubo diagnóstico claro: ella prohibió autopsias. Pero todo apunta a lo mismo: intoxicación crónica por plomo, infección, desnutrición, tristeza. Una mezcla que mata sin prisa, sin espectáculo, sin redención. Y cuando la embalsamaron, el cuerpo se hinchó, se deformó, como si incluso en la muerte se negara a ser dócil.


Y si uno mira a Venezuela hoy, el parangón es inevitable. Aquí también se ha perfeccionado una forma de poder que opera desde la sombra, una especie de patente de corso contemporánea donde grupos irregulares, redes opacas y operadores sin rostro hacen el trabajo que el Estado no admite públicamente. Igual que Inglaterra en el siglo XVI, el poder venezolano aprendió a tercerizar la violencia, a delegar funciones en manos que no figuran en ningún organigrama, a construir poder desde la irregularidad. Pero a diferencia de Isabel, que usó a los corsarios para levantar un país, en Venezuela la sombra no fortalece al Estado: lo devora. La piratería moderna no enriquece al Estado, lo vacía; no abre rutas, las clausura; no expande el territorio, lo fragmenta. Es el mismo mecanismo, pero invertido: donde Inglaterra encontró ascenso, Venezuela encuentra desgaste. Y el mar de petróleo sobre el que estamos se ha vuelto espejo de un país que navega sin brújula mientras otros, desde la penumbra, deciden el rumbo.


Al final, lo que deja esta historia —la del Caribe del siglo XVI y la de la Venezuela de hoy— es una advertencia que corta como  machete afilado: el poder que se ejerce desde la sombra siempre termina pudriendo todo a su alrededor. Isabel jugó con la oscuridad para construir un país que luego dominaría medio mundo; aquí, en cambio, la oscuridad se ha vuelto un agujero que traga instituciones, territorio, riqueza y futuro. Cuando el Estado renuncia a ser Estado y delega su fuerza en manos sucias, pierde algo más que control: pierde sentido, rumbo, alma. Y así como los corsarios ingleses abrieron rutas que hicieron imperio, nuestros piratas contemporáneos convierten el país en un archipiélago de feudos.


Y sí, en esta historia nuestra hay un “pirata” y una “reina”. Solo que el pirata se pavonea en la corte (cosa que no hacía Drake) y la reina parece tener todos los defectos y mañas de Isabel y ninguna de sus virtudes. 


Soledadmorillobelloso@gmail.com




miércoles, 26 de agosto de 2026

 


Tiempo muermo


En Venezuela, el tiempo se deshace alrededor de lo que no empieza. Se vuelve mugre pegada en las esquinas, esa que nadie limpia porque los que mandan andan ocupados diciendo que ya casi la van a limpiar. Antes de cualquier acción aparece la misma tranca de siempre: una pega babosa, una fricción que no mueve nada pero raspa como papel de lija. Esa fricción se come la atención, la energía, la paciencia; es como esas colas eternas donde nadie avanza, pero todos sudan y se resignan porque, bueno, “¿qué más?”.


Lo que no se inicia se vuelve bulto. Estorbo. Trapo viejo tirado en medio del pasillo. La postergación es oficio de quienes deciden: se chupa las horas, se bebe los días, pero no produce ni medio resultado. Es un intervalo que se estira como chicle barato, un tiempo que se gasta sin que la rueda llegue a girar.


El comienzo siempre cobra caro. Allí se siente la resistencia, la flojera, la dispersión. Por eso las tareas no iniciadas devoran más tiempo que las que ya deberían estar en marcha; son como esos trámites que se vuelven eternos antes de que uno siquiera llegue a la taquilla. El país vive en esa antesala perpetua, como esperando turno en una oficina donde nunca llaman a nadie.


El tiempo invertido en lo no iniciado no es vacío: es muermo. Tiempo drenado por la anticipación, por la preparación que nunca se concreta, por la tensión entre lo que se dice y lo que jamás se hace. Por eso lo que no empieza ya está cobrando factura, incluso antes de existir como acto.


La política venezolana funciona igualito. Produce palabras como fábrica de panfletos mal impresos: declaraciones, comunicados, entrevistas, ruedas de prensa, promesas recicladas. La mesa de negociación habla como si hablar fuera acción. Se multiplican los anuncios, las intenciones, los “estamos trabajando en eso”, como si el país fuera un eterno borrador que nunca se pasa en limpio.


Pero la realidad no se mueve. La distancia entre lo dicho y lo hecho es estructural. La visibilidad sustituye a la eficacia: ruido disfrazado de avance, exposición disfrazada de resultado. La mesa habla, pero no actúa. El régimen logra su objetivo: ganar tiempo. Se fabrican expectativas sin sustancia, se anuncian procesos que no arrancan, se proyectan acuerdos que nacen muertos. El tiempo se consume en la retórica, en la promesa, en la pose, mientras la ejecución sigue en coma.


El país queda atrapado en un limbo, un estado de animación suspendida donde el palabrerío ocupa el lugar de la gestión. La narrativa reemplaza a la acción. El paisaje es un páramo de transformaciones: ruido que no mueve nada, inicio que nunca llega. Nada pasa.


Y ya nadie sabe si esto ocurre por pereza —pecado capital practicado con devoción— o por el afán de ganar tiempo, de empujar el olvido, de correr la arruga. Todo queda para después, para “cuando se den las condiciones”. Mientras tanto, los que deciden están cómodos, instalados en sillas mullidas, sin prisa por mover un dedo. ¿Será que no quieren que nada cambie porque el estancamiento les sirve: tibio, manejable, silencioso? Todo sigue vago, sin fecha fija, sin peso específico, sin forma. Gatopardismo puro.


Hablan de noviembre y diciembre como si fueran comodines. Maduro adelantó las navidades; la mesa, en cambio, parece querer empujarlas para el año que viene… o para cuando “se pueda”. Calendario en pausa, sin cronograma, esperando un “aviso” que nunca llega. Parece que no saben contar los días que ya van.


El país quiere aplaudir a la mesa, pero necesita acciones, no solo comunicaciones.


Soledadmorillobelloso@gmail.com




lunes, 24 de agosto de 2026

Los muertos no hablan


El duelo que dura años es una llaga que aprende buenos modales. No sangra escandalosamente como al principio, pero tampoco cicatriza: se vuelve un animal doméstico que respira en la casa, que uno alimenta sin querer, que se acuesta a los pies de la cama y a veces muerde. Los psicólogos y psiquiatras, con toda su ciencia, suelen equivocarse justo ahí: en creer que el duelo es un proceso higiénico, ordenado, como si la tristeza obedeciera protocolos.


Se equivocan cuando pretenden medir el dolor con escalas, en matrices, cuando intentan encajonar la ausencia en un diagnóstico que tranquiliza más al terapista que al doliente. Se equivocan cuando confunden hablar con sanar, cuando creen que el duelo es un archivo que se revisa y no un fantasma que se sienta en la mesa. Se equivocan porque olvidan que el duelo es un territorio sin mapas: cada quien camina como puede, a veces arrastrándose, a veces con una dignidad que parece prestada.


También fallan cuando ignoran el cuerpo. El duelo no vive solo en la cabeza: se instala en la espalda, en el estómago, en la mandíbula apretada. Mi duelo es una fatiga que no se explica, una punzada en el pecho que ningún examen detecta. Muchos siguen creyendo que todo se resuelve con palabras, o con píldoras, como si el cuerpo no fuera el archivo más fiel del dolor.


Y fallan, sobre todo, cuando intentan desvalorizar. Cuando dicen “hay que soltar”, “hay que cerrar ciclos”, “hay que avanzar”. Como si el duelo fuera una puerta que se empuja y no un clima hosco que se aprende a soportar. El duelo largo no se supera: se habita. Se vuelve parte del carácter, del modo de mirar el mundo, del tono con el que despierta cada día.


El duelo que lleva años es una forma de amor que se niega a extinguirse. Una fidelidad silenciosa. Una conversación interrumpida que uno sigue teniendo en la cabeza. Y ahí, en esa persistencia, es donde los profesionales suelen equivocarse: en no entender que lo que duele no es solo la pérdida, sino la continuidad del vínculo. Lo que se fue sigue estando. ¿Es eso patología? No, es amor qué no tiene a dónde ir.


Yo hablo poco de mi marido. Lo gente pone cara de aburrimiento o de lástima cuando lo hago. Cuanto mucho, cuento alguna anécdota divertida. Mi marido es mío y de nadie más. No puede ser propiedad de nadie que solo lo recuerde de vez en cuando. 


Un duelo que se arrastra durante años termina revelando algo que ningún manual clínico alcanza a nombrar: que la vida sigue, sí, pero nunca como antes. Uno aprende a caminar con una sombra que ya no pesa igual, pero que no  desaparece. Y en esa convivencia —a veces áspera, a veces casi tierna— se descubre una verdad incómoda: el dolor no es un enemigo a derrotar, sino una forma de memoria que se niega a extinguirse. Al final, lo único que queda es la certeza de que lo perdido sigue moldeando lo que somos, y que esa persistencia es la prueba más íntima de que el amor verdadero, incluso en su versión más silenciosa, no sabe morir.


Trabajo mucho. No solo por la necesidad de pagar las cuentas, sino para intentar darle sentido y propósito a mi existencia. Dicen que la muerte no pide permiso. Pero la que no pide permiso es la vida. Continúa todos los días. Entra y circula, aunque uno no quiera abrirle la puerta. 


Cada vez que voy a Caracas, visito las cenizas de mi marido. Les pongo unas flores. Pero no me hablan. Los muertos no hablan. Los muertos nos dejan solos.


Soledadmorillobelloso@gmail.com




  Un asunto macabro Durante el Tercer Reich —un régimen que convirtió la crueldad en método y la pseudociencia en herramienta política— se l...