LO QUE NOS UNE: "Las cosas que nos unen"

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LO QUE NOS UNE es una creación de Soledad Morillo Belloso

sábado, 27 de diciembre de 2025

 


El Programa de Becas Mariscal de Ayacucho



Esta es la historia, impacto y paradojas de un éxito venezolano.


El Programa de Becas Gran Mariscal de Ayacucho nació en 1974 como un acto de audacia nacional. En un país que se preparaba para la nacionalización petrolera y que vivía la ilusión de la modernización acelerada, el Estado entendió que ningún proyecto de desarrollo podía sostenerse sin una masa crítica de profesionales capaces de dialogar con el mundo. Así, en un gesto que combinó visión estratégica y confianza en el talento local, se creó un programa destinado a formar especialistas de alto nivel en las mejores universidades y centros de estudios superiores del planeta.


El nombre elegido no fue casual. Llamarlo “Gran Mariscal de Ayacucho” fue un homenaje justo y profundamente coherente a Antonio José de Sucre, quizá el venezolano que mejor encarna la unión entre excelencia técnica, ética pública y visión continental. Sucre fue un estratega brillante, un estudioso riguroso, un gobernante sin ambición personal y un hombre que entendió el poder como responsabilidad. Nombrar el programa en su honor era, en esencia, proponer un modelo: formar venezolanos capaces de actuar con la misma mezcla de competencia, integridad y sentido de proyecto colectivo que definió al Mariscal. Era enlazar pasado y futuro, tomar la antorcha de uno de los nuestros para iluminar el camino de los que venían.


El 13 de septiembre de ese mismo año, mil jóvenes venezolanos abordaron aviones rumbo a Europa, Estados Unidos y América Latina. Aquella imagen —maletas, nervios, pasaportes recién estrenados— se convirtió en símbolo de un país que apostaba por el conocimiento como motor de futuro. No era un gesto aislado: era una política de Estado rigurosa, planificada, vinculada a necesidades concretas del país. Ingeniería petrolera, siderurgia, ciencias básicas, tecnología: Venezuela quería formar profesionales capaces de sostener su propio desarrollo.


Durante las décadas de los setenta, ochenta y noventa, el programa vivió su época dorada. Miles de estudiantes cursaron maestrías y doctorados en instituciones de élite, y al regresar se integraron a PDVSA, Sidor, Edelca, universidades públicas, centros de investigación y organismos del Estado. La modernización venezolana —esa que se expresó en infraestructura, industria, ciencia y administración pública— tiene en su base silenciosa a los becarios del Mariscal de Ayacucho. El programa democratizó oportunidades, abrió puertas a jóvenes de orígenes diversos y permitió que el talento no quedara atrapado en las limitaciones del entorno.


Pero el impacto no se limitó al sector público. La empresa privada venezolana —robusta, dinámica y en expansión durante buena parte del siglo XX— también se benefició profundamente del programa. En la práctica, el Mariscal de Ayacucho funcionó como un subsidio indirecto de talento: el Estado asumía el costo de formar profesionales de alto nivel, y luego muchas empresas privadas los contrataban sin haber invertido en su formación. Bancos, aseguradoras, firmas de ingeniería, consultoras, empresas de telecomunicaciones, industrias químicas y transnacionales instaladas en el país incorporaron a cientos de becarios que elevaron estándares, profesionalizaron la gestión, introdujeron innovación y conectaron a Venezuela con redes globales de conocimiento. La modernización empresarial venezolana también tiene ADN del Mariscal.


El retorno exigido por el programa nunca fue estrictamente estatal: los becarios debían volver al país, no necesariamente al sector público. Esa flexibilidad permitió que el talento irrigara todo el ecosistema productivo. Y aunque esto generó tensiones —el Estado formaba para sí, pero el mercado absorbía—, el resultado fue un país más sofisticado, más técnico, más conectado con el mundo.


Con el cambio político de 1999, la fundación experimentó transformaciones profundas. Se modificó su estructura, se condonaron deudas, se orientó hacia sectores históricamente excluidos y se diversificaron las modalidades de apoyo. Aunque el volumen de becas internacionales disminuyó, se mantuvo la idea central: la formación como herramienta de inclusión. El programa cambió, pero su espíritu —la convicción de que el conocimiento es un bien público— siguió latiendo.


Sin embargo, aquí aparece la paradoja más dolorosa. El Mariscal de Ayacucho fue concebido para un país que crecía, se expandía y se modernizaba. Pero a partir de los años 2000, Venezuela entró en un ciclo de desinstitucionalización y desinversión. Muchos de los profesionales formados para fortalecer al Estado terminaron migrando o reorientando sus carreras. La diáspora altamente calificada es, en parte, hija del Mariscal: formó talento capaz de insertarse en cualquier economía del mundo, justo cuando la suya comenzó a colapsar. El éxito del programa produjo profesionales globales en un país que dejó de ofrecerles un proyecto de futuro.


Aun así, el legado del Mariscal de Ayacucho permanece. Está en la diáspora que sigue vinculada al país. Está en las redes académicas que continúan produciendo frutos. Está en la memoria colectiva, donde el programa ocupa un lugar especial: el de una política pública que creyó en la excelencia, que apostó por la juventud y que entendió que el desarrollo no se improvisa. Es un recordatorio de lo que Venezuela puede lograr cuando piensa a largo plazo.


El Mariscal de Ayacucho no fue solo un programa de becas. Fue una visión de país. Una apuesta por la inteligencia, la disciplina y la movilidad social. Una demostración de que la educación puede ser política de Estado y no consigna pasajera. Un proyecto que cambió vidas, instituciones y sectores enteros. Un éxito complejo, lleno de matices, con luces intensas y sombras inevitables, pero éxito al fin.


Y, sobre todo, un espejo que hoy sigue preguntando: ¿qué país queremos ser y qué talento estamos dispuestos a formar para construirlo?


Soledadmorillobelloso@gmail.com







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