Otro año nuevo
El Año Nuevo es básicamente el gran botón de “reiniciar” que la humanidad inventó porque, seamos honestos, nadie aguanta un año completo sin la ilusión de que el próximo viene mejor.
Es el día en que todos decidimos, colectivamente, que: “Vamos a empezar dieta” (pero después de las hallacas que sobraron), “vamos a hacer ejercicio” (pero el 2 de enero, porque el 1 es feriado), “vamos a ser mejores personas” (pero sin exagerar).
Y todo eso ocurre mientras abrazamos gente, comemos uvas a velocidad olímpica y vemos fuegos artificiales que parecen decir: “¡Sorpresa! Sobreviviste otro año”.
El Año Nuevo llega como llega la gente a una rumba en El Maní es Así: tarde, haciendo bulla y con un tumbao que dice “háganme espacio, que soy el papá de ños helados”. Entra sin tocar la puerta, como vecino confianzudo que se cree familia, y se instala en la sala con la frescura de quien se sienta en la silla plástica del abasto mientras espera que llegue el pan. Empuja al Año Viejo con un “quítate, vale”, y el pobre queda ahí, tirado, con la dignidad arrugada, como quien sobrevivió a doce meses de apagones, colas, lluvias, tráfico, cadenas, inflación, devaluación y un par de sustos que ni contados se creen.
A las doce, se entra en modo Sábado Sensacional. La gente se traga las doce uvas como si fueran metras, con esa velocidad que sólo se ve cuando anuncian que llegó el camión del gas. Otros salen con maletas vacías a dar la vuelta a la cuadra, convencidos de que el universo entiende ese gesto turístico. Siempre hay una tía que grita “¡pide un deseo!” mientras uno intenta no atragantarse con la tercera uva que sabe a nevera. Y los fuegos artificiales suenan como si el cielo estuviera celebrando un gol de la Vinotinto que nunca llegó.
El Año Nuevo, desde su trono improvisado —que puede ser un mueble forrado con sábana o una silla de hierro con cojín prestado— nos mira con una ceja levantada, como diciendo: “Ajá, ¿y ustedes creen que yo soy mago?” Pero igual se hace el importante. Se cree brujo de Catia, coach motivacional de Instagram y animador de Miss Venezuela. “Este año sí vas a rebajar”, dice. “Este año sí vas a ahorrar”. “Este año sí vas a dejar de escribirle al tóxico”. Y uno, con el corazón blandito y el trago haciendo efecto, le cree. Le cree todo. Le cree más que a los pronósticos del INAMEH.
Pero el Año Nuevo es un vivo. Un criollo de esos que saben caer bien mientras te venden una empanada sin relleno. A la tercera semana ya se le ve la costura. Empieza a preguntar por las metas con la misma malicia con la que un fiscal de tránsito pregunta “¿y los papeles?”. Y uno ahí, comiéndose un pan dulce a media mañana, diciendo: “Estoy organizándome”. El Año Nuevo se ríe. Se ríe como se ríe el pana que te ganó en dominó con doble blanco escondido. Se ríe como villano de telenovela que baja las escaleras con vestido imposible y ventilador imaginario. Se ríe porque sabe que nos tiene agarrados por la nostalgia.
Y sin embargo, lo queremos. Lo queremos como se quiere al pana irresponsable pero encantador, al que llega tarde, promete mucho, cumple poco, pero igual uno le guarda puesto en la mesa. Porque trae ese olor a cuaderno nuevo, a chance fresco, a “vamos a ver qué se inventa uno”. Porque nos recuerda que seguimos aquí, tercos, vivos, echándole pichón, inventándonos esperanzas aunque estén vencidas. El Año Nuevo es un desastre con brillo, un embustero con carisma, un chiste cósmico que nos salva del cinismo. Y por eso, cuando llega, uno le abre la puerta, le sirve un trago y le dice:
“Pasa, mi amorcito. Total, aquí estamos curados de espanto.”
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