LO QUE NOS UNE: "Las cosas que nos unen"

LO QUE NOS UNE: "Las cosas que nos unen"
LO QUE NOS UNE es una creación de Soledad Morillo Belloso

miércoles, 26 de noviembre de 2025

 La escritura: restauración de lo imperfecto


La escritura no es un espejo pulido ni un mármol sin grietas. Es más bien un cuenco de barro que conserva las huellas de las manos que lo moldearon, las marcas de la presión, los rastros de la humedad. En ella, lo imperfecto no se oculta: se vuelve textura, resonancia, memoria.


Cada palabra nace de un temblor: del recuerdo que se deshace como polvo en la boca, de la emoción que se resiste a ser nombrada, de la ausencia que se instala como un hueco en el pecho. Escribir es tocar esas fisuras con la yema de los dedos, reconocer que allí late la verdad más honda.


Restaurar lo imperfecto no es corregirlo, es acariciarlo. Es como pasar la mano por una cicatriz y sentir que la piel guarda la historia de la herida. La escritura hace visible lo que estaba oculto, ilumina la grieta, le da un lugar en el mundo. Como el kintsugi, que rellena con oro las fracturas de la cerámica, la palabra convierte la rotura en belleza, la falta en canto.


No busca la perfección. Eso sería arrogante, porque la perfección clausura, calla, petrifica. El buen escritor sabe que cada frase es apenas un intento, un gesto que se aproxima, nunca una totalidad. Prefiere la grieta, porque allí se filtra la vida: el olor de la lluvia en la tierra, el sabor del maíz recién tostado, la música que se escapa de una ventana entreabierta.


La escritura es un río que cambió el curso de la humanidad. Antes de ella, las palabras eran apenas viento: se deshacían en el aire, dependían de la memoria frágil de los cuerpos y de la repetición ritual de los relatos. Con la escritura, el tiempo se volvió materia, y la memoria dejó de ser un azar para convertirse en registro.


La escritura permitió que las leyes no fueran sólo promesas, que las historias no se extinguieran con la voz del narrador, que las ciudades pudieran organizarse más allá del instante. Fue el puente entre generaciones, la posibilidad de que un pensamiento nacido en una esquina de Mesopotamia pudiera viajar hasta otra orilla del mundo.


Pero más allá de su utilidad práctica, la escritura es también un gesto filosófico: fijar la palabra es desafiar al olvido, es decirle al silencio que no tendrá la última palabra. Cada signo trazado sobre arcilla, papiro, papel o pantalla es una afirmación de pertenencia, un modo de decir “estuve aquí, pensé esto, sentí esto”.


Podría pensarse que la escritura es un coro infinito: voces que se suman, se entrelazan, se contradicen y se acompañan. No hay escritura solitaria, porque incluso la más íntima carta dialoga con un lector futuro. Es la invención que nos permitió ser múltiples, que nos dio la posibilidad de reconocernos en lo que otros dejaron escrito, y de dejar nuestra propia huella en el mosaico de la humanidad.


Escribir es abrir espacio para lo que duele, para lo que falta, para lo que se contradice. Es un canto donde las voces múltiples se entrelazan, donde lo íntimo se vuelve social y lo personal se convierte en memoria compartida. La escritura acompaña, transforma, guarda.


En su hondura, escribir es restaurar lo imperfecto con ritmo y cadencia, con afecto y crudeza. Es reconocer que lo mínimo —una caricia, un sabor, una mirada— puede ser archivo de vida. La palabra no perfecciona: cura, hospeda, devuelve dignidad. Y en esa restauración, lo roto se vuelve luz.


Soledadmorillobelloso@gmail.com

@solmorillob


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