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“Septembereleven”
Soledad Morillo Belloso
No necesit贸 palacio ni corona. No redact贸 constituciones ni fund贸 rep煤blicas. El terrorismo gan贸 sin gobernar. Gan贸 porque impuso su l贸gica: el miedo como br煤jula, la sospecha como idioma, la vigilancia como costumbre. El 11 de septiembre de 2001 no fue s贸lo una tragedia. Fue una victoria del terror sobre la confianza, del p谩nico sobre la convivencia, del control sobre la libertad.
Ese d铆a, el mundo se parti贸 en dos: antes y despu茅s del miedo institucionalizado. No fue s贸lo que cayeron las Torres Gemelas. Fue que se levantaron muros invisibles entre vecinos, entre culturas, entre ideas. El terrorismo no buscaba ocupar territorios, sino mentes. Y lo logr贸. Desde entonces, vivimos bajo el hechizo de la desconfianza. Se vigila al otro como quien cuida una olla de presi贸n: con miedo a que explote, aunque no haya fuego.
La paranoia se volvi贸 pol铆tica p煤blica. Se multiplicaron las c谩maras, los esc谩neres, los algoritmos que husmean nuestras b煤squedas como si fueran confesores digitales. Se acept贸 que la intimidad deb铆a ceder ante la seguridad. Que el derecho a caminar sin ser observado era un lujo, no un derecho. Y lo m谩s inquietante: tuvimos que aceptarlo. Que normalizarlo. Que convertirlo en rutina. Y tuvimos que aceptarlo porque es la diferencia entre la vida y la muerte. Desde ese d铆a hasta hoy ha habido muchos atentados terroristas. Graves. En todo el mundo. Pero muchos atentados han sido evitados.
Sin embargo, el terrorismo triunfa en cada atentado que logra su cometido. Y gana todos los d铆as cuando el miedo a lo que podr铆a ocurrir nos consume.
Y no hay monumento que calme ese miedo de sentir y saber que todos, no importa d贸nde vivamos, somos “potenciales v铆ctimas”. Que nadie est谩 lo suficientemente a salvo.
Porque despu茅s del 11 de septiembre vinieron otros d铆as oscuros. El 11 de marzo de 2004, en Madrid, diez bombas estallaron en cuatro trenes de cercan铆as. Murieron 193 personas. El terrorismo volvi贸 a ganar, esta vez en Europa, y lo hizo en hora pico, en el coraz贸n de la rutina. El miedo se subi贸 al vag贸n y nunca m谩s se baj贸.
Un a帽o despu茅s, el 7 de julio de 2005, Londres fue sacudida por cuatro explosiones en su sistema de transporte p煤blico. Murieron 52 personas. El terrorismo volvi贸 a ganar, esta vez bajo tierra, en el silencio de los t煤neles. Desde entonces, cada mochila abandonada en el metro es una pregunta sin respuesta.
En 2015, Par铆s vivi贸 una noche de horror. El ataque al teatro Bataclan, junto con explosiones en el Estadio de Francia y tiroteos en caf茅s, dej贸 130 muertos. El terrorismo volvi贸 a ganar, esta vez en medio de la m煤sica, del f煤tbol, del vino y la conversaci贸n. La vida nocturna se volvi贸 sospechosa. La alegr铆a se volvi贸 precauci贸n.
En 2016, Bruselas fue golpeada en su aeropuerto y en el metro. Murieron 32 personas. El terrorismo volvi贸 a ganar, esta vez en los pasillos donde se cruzan culturas, idiomas, acentos. El tr谩nsito se volvi贸 trinchera.
Y as铆, cada atentado exitoso—en Niza, en Estambul, en Nairobi, en Sri Lanka, en Kabul, en Manchester—es una repetici贸n del mismo conjuro: sembrar miedo, dividir, vigilar, callar. No importa cu谩ntos sean evitados. Basta con que uno logre su cometido para que el miedo se reactive, para que el lenguaje se repliegue, para que la sospecha se instale.
Porque el triunfo del terrorismo no fue s贸lo institucional. Fue simb贸lico. Se meti贸 en las palabras. Las contamin贸. Las volvi贸 sospechosas. Desde el 11 de septiembre, el lenguaje dej贸 de ser territorio libre. Se volvi贸 campo minado.
Palabras como “seguridad”, “prevenci贸n”, “patriotismo”, “orden”, “inteligencia”, “defensa” empezaron a sonar distinto. Ya no eran promesas: eran advertencias. Ya no convocaban confianza: convocaban obediencia. El terrorismo logr贸 que el lenguaje del poder se volviera lenguaje del miedo. Que cada frase tuviera una sombra. Que cada discurso llevara una amenaza impl铆cita.
Y lo m谩s grave: logr贸 que el lenguaje cotidiano se llenara de c贸digos. Que el vecino se volviera “sospechoso”. Que el extranjero fuera “potencial amenaza”. Que el silencio fuera “comportamiento irregular”. Que la diferencia se tradujera como “riesgo”. El terrorismo gan贸 porque nos ense帽贸 a hablar con miedo. A nombrar con cautela. A callar por prevenci贸n.
Incluso el humor se volvi贸 peligroso. El chiste sobre bombas, el comentario sobre vigilancia, la cr铆tica al sistema… todo se volvi贸 potencial delito. El lenguaje perdi贸 su inocencia. Y en ese sentido, el terrorismo logr贸 lo que ning煤n imperio hab铆a logrado: que las palabras se vigilen entre s铆.
“Terror” es una de las palabras m谩s usadas en el mundo. Se pronuncia en todos los idiomas, se imprime en todos los peri贸dicos, se repite en todos los noticieros. Es palabra de uso diario, como “pan”, como “agua”, como “Dios”. Pero a diferencia de esas, no alimenta, no calma, no consuela. “Terror” es palabra que se instala en el pecho, que se cuela en la conversaci贸n, que se esconde en los silencios.
Y cuando una palabra se usa tanto, corre el riesgo de volverse paisaje. De perder su filo. De volverse costumbre. Pero el terror no es costumbre: es estrategia. Es sistema. Es arquitectura emocional. Y si no lo nombramos con conciencia, si no lo enfrentamos con lenguaje limpio, entonces el terrorismo seguir谩 ganando. No s贸lo con bombas, sino con repeticiones. No con fuego, sino con resignaci贸n.
Por eso, cada vez que digamos “terror”, que sea con advertencia. Que sea con memoria. Que sea con resistencia. Que sea como quien dice “no me rindo”. Porque si el terror se volvi贸 palabra com煤n, entonces la esperanza debe volverse verbo urgente.
Y que cada Septembereleven, cada atentado, cada susto, nos recuerde que el lenguaje tambi茅n se defiende. Que la libertad tambi茅n se conjura. Que el miedo tambi茅n se nombra para que no nos gobierne.
Porque si el terror se volvi贸 palabra cotidiana, entonces la respuesta debe ser extraordinaria. Y esa respuesta empieza, como todo ritual, por decir lo que no quieren que digamos.
Y decirlo sin temblar.
Soledadmorillobelloso@gmail.com
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