LO QUE NOS UNE: "Las cosas que nos unen"

LO QUE NOS UNE: "Las cosas que nos unen"
LO QUE NOS UNE es una creación de Soledad Morillo Belloso

miércoles, 15 de octubre de 2025

 Bolero bajito en la cocina del sueño

Soledad Morillo Belloso


Nos hablamos bajito, como quien no quiere espantar a los grillos ni despertar a los santos. Él no sabe que me gusta, pero yo sí sé que me gusta, y eso ya basta para que el corazón se me acomode como quien se sienta en la punta de la silla esperando que lo inviten a quedarse. La conversación empezó con una tontería, como suelen empezar las cosas importantes: que si el café estaba muy cargado, que si la brisa traía olor a empanada de cazón, que si el calor estaba sabroso pero traicionero. Y ahí, entre frase y frase, se fue armando una especie de complicidad sin nombre, como esas amistades que nacen en la cola del banco o en la parada del autobús.

Yo hablaba con cuidado, como quien camina descalza por piso recién fregado. Él también. Nos reíamos bajito, como si el chiste fuera un secreto que no se puede contar en voz alta porque pierde la gracia. Y cada vez que él decía algo que me hacía sonreír, yo pensaba: “Ajá, este tiene el don de hacerme reír sin hacer escándalo. Eso es raro. Eso es bonito.” No le pregunté su nombre. Tampoco él el mío. Pero me dijo que le gusta el papelón con limón y que su abuela le enseñó a distinguir el olor de la lluvia antes de que caiga. Y yo, que soy dada a enamorarme de los detalles, ya tenía suficiente para escribirle una carta que nunca voy a mandar.

Nos despedimos con un “bueno, cuídese” que sonó más a “me gustó hablar contigo aunque no sepa si te volveré a ver”. Y mientras se alejaba, yo me quedé con la sensación de que esa conversación en voz baja fue como un bolero cantado en la cocina: íntimo, sabroso, y con ese dejo de nostalgia que uno guarda en el bolsillo por si acaso.

Y entonces me desperté. Con la boca todavía tibia de palabras que no dije, con el corazón haciendo fila en la panadería de los anhelos, con la risa bajita guardada como moneda en el bolsillo. Me desperté con la certeza de que hay conversaciones que no necesitan nombre, ni historia, ni promesa. Solo ese instante en voz baja donde alguien que no conozco me gusta como si ya lo hubiera querido antes. Y aunque fue sueño, qué sabroso fue. Como arepa con mantequilla en domingo. Y miren que yo ya nunca sé si es domingo o martes. Fue, como bien dicen los españoles, con duende y salero: “Una pasada”.Y, claro, me apresuro a escribirlo, antes de que la memoria me juegue truco y en minutos se me olvide esto que fue un bolero bajito en la cocina del sueño. Porque los sueños no avisan cuándo se van, y uno tiene que agarrarlos como quien atrapa una mariposa con las manos mojadas: con cuidado, con apuro, con ternura. Lo escribo antes que se me escape el olor del papelón con limón, la risa bajita, el “cuídese” que sonó a caricia, y ese gusto que me dejó en la boca como si hubiera desayunado afecto con mantequilla.

Lo escribo porque hay cosas que si no se escriben se desvanecen, como el vapor del café recién colado. Y esta conversación, aunque fue sueño, aunque fue sin nombre, aunque fue sin historia, merece quedarse escrita. Aunque sea para que mañana, cuando no recuerde el rostro ni el tono, me acuerde que una vez, en voz baja, alguien que no conocía me gustó como si ya lo hubiera querido antes.


soledadmorillobelloso@gmail.com


1 comentario:

  1. Que bello escribes! Me hiciste dibujar una sonrisa en el rostro… mágico

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