Desperezar el alma
(Lectura para almas que han dormido largo)
Hay almas que se repliegan como hojas en la tormenta. No por falta de ganas, sino por exceso de heridas. Se acurrucan. Se hacen nido. Se esconden en la penumbra de sí mismas. Y allí, en ese rincón sin relojes, duermen. Duermen como quien se protege. Duermen como quien espera que el mundo se ablande. Duermen como quien ha amado tanto que necesita olvidar el nombre del dolor.
El alma, cuando ha sido zarandeada por la vida, no se levanta: se disuelve. Se vuelve bruma, se vuelve eco, se vuelve sombra tibia. Y en ese estado de casi nada, descansa. No hay que tocarla. No hay que llamarla. Hay que dejarla estar. Porque el descanso del alma no es debilidad: es resistencia en forma de silencio.
A veces ese letargo, esa catatonia dura días. Otras veces, años. Y no hay calendario que lo apure. El alma tiene su propio reloj, hecho de suspiros, de memorias, de ausencias. Y cuando está lista —no antes— algo tiembla.
Una grieta se abre. Una luz se filtra. Un temblor suave, como el primer bostezo de la madrugada. Y el alma, aún con costras, aún con miedo, se despereza.
No es un estallido. No es una epifanía. Es apenas un suspiro. Como cuando el cuerpo, después de mucho dormir, estira los brazos, gira el cuello, abre los ojos sin apuro. Así también el alma se despereza.
Desperezar el alma no es volver a la vida. Es volver a sentir que la vida puede ser posible. Es escuchar una canción que no duele. Oler el café sin llorar. Tocar la tierra y sentir que aún está tibia. Es mirar el cielo sin pedirle explicaciones. Es dejar que el viento acaricie sin miedo a que se lleve algo.
El alma se despereza como quien vuelve a confiar. Como quien se atreve a reír sin pedir permiso. Como quien baila con los pies heridos, pero baila. Como quien se sienta a la mesa sin saber si habrá pan, pero se sienta.
Y no hay que apurarla. El alma tiene su propio ritmo. Se despereza en espirales. En gestos mínimos. En palabras que vuelven a tener sabor. En olores que ya no duelen. En abrazos que no piden nada.
Desperezar el alma es el primer gesto de la vitalidad. No la que grita, no la que corre. La que susurra. La que se enciende como vela en la madrugada. La que dice: “Estoy aquí. No del todo. Pero estoy.” Y eso basta. Eso basta para que el mundo vuelva a girar.
Porque cuando el alma se despereza, no vuelve igual. Vuelve más sabia. Más lenta. Más tierna. Vuelve con cicatrices que cantan. Con grietas que respiran. Con memoria que abraza.
Y entonces, desde esa lentitud, desde esa ternura, desde esa vitalidad que no necesita aplausos, el alma vuelve a ser altar. Vuelve a ser casa. Vuelve a ser canto. Vuelve a caminar.
En este cuerpo que mide apenas 1,54 y pesa 42, habita un alma. No sé cuánto mide ni cuánto pesa, pero existe. Y eso es lo único que importa.
soledadmorillobelloso@gmail.com
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