LO QUE NOS UNE: "Las cosas que nos unen"

LO QUE NOS UNE: "Las cosas que nos unen"
LO QUE NOS UNE es una creación de Soledad Morillo Belloso

miércoles, 8 de octubre de 2025

 Donde germina la serenidad



“No desesperes. Cuando todo parece terminado, surgen nuevas fuerzas. Esto significa que vives.”  Franz Kafka

La desesperación conduce a la nada. Pero no a una nada vacía ni silenciosa; es una nada que respira con el pecho hundido, que se agazapa en los rincones del alma como un animalito tembloroso, como un recuerdo que no se deja olvidar. Es una nada con textura: áspera como la lengua del cansancio, incómoda como la sábana que no se cambia, tibia como el aire de una casa donde ya no se abre la ventana. Tiene eco, sí, pero no de voces: de exhalaciones. De pasos que no llegan, puertas que no se cierran del todo. Tiene olor a cuarto cerrado, a café olvidado en la taza, a ropa que ya no se usa, pero que aún guarda el perfume de alguien que se fue.

No hace escándalo. La desesperación susurra. Se instala como humedad en las paredes del cuerpo, como canción que se repite sin que uno sepa por qué, como sombra que no se va ni con la luz encendida. Se parece al insomnio, al bostezo sin sueño, al abrazo que no llega. Es espera sin nombre, silla vacía en la mesa, plato que se sirve por costumbre aunque no haya hambre.

Cuando la desesperación toma el volante, el paisaje se vuelve borroso. Ya no hay destino, apenas lento tránsito. Se camina sin saber si se avanza, se habla sin saber si se dice algo. El reloj sigue andando, pero uno ya no sabe si es lunes o jueves, si es mañana o nunca. Los días se amontonan como ropa sucia, como platos sin lavar, como promesas que ya no tienen destinatario. El cuerpo se mueve, sí, pero como por inercia, como si la vida fuera un tren que no se detiene aunque nadie sepa a dónde va. Y uno se convierte en pasajero de sí mismo, en espectador de su propia voz, en eco de lo que alguna vez fue deseo.

Y no, no es la tontería de “un día a la vez”. Esa frase suena a imán de nevera, a consuelo prefabricado, a eslogan que ni moja ni empapa. Porque hay días que no se pueden vivir uno a la vez, que se viven todos juntos, como una avalancha que no pide permiso. Días que no caben en sí mismos, que se desbordan, que se atragantan. Que se parecen a un grito contenido, a una lágrima que no encuentra mejilla, a un silencio que pesa más que mil palabras. Días que se parecen a la infancia perdida, al amor cuando se enfría, a la fe cuando se queda afónica.

La desesperación no tiene paciencia para frases hechas. No quiere cucharaditas de esperanza ni promesas de que “todo va a estar bien”. Exige que se le mire a los ojos sin pestañear, que se le nombre sin disfraz, que se le escuche sin pretender corregirla. No quiere que la maquillen, que la suavicen, que la conviertan en metáfora de superación. Quiere que la reconozcan como lo que es: una grieta, una pausa, una caída. Y en esa caída, a veces, hay verdad. Hay una forma de belleza que no se enseña en los libros.

Y sin embargo, esa nada a la que conduce puede ser fértil. Porque en la nada, se escucha el silencio. Y el silencio, cuando se le presta atención, tiene voz. Voz de madre, de infancia, de becerro pastando en tierra mojada. Voz de cocina encendida, de radio que suena bajito, de memoria que no se resigna al destierro. En la nada, uno puede encontrarse con lo que no sabía que estaba buscando: acaso un leve temblor, una ternura, un recuerdo bonito. El olor de una camisa vieja, el sonido de una risa que ya no está, el tacto de una mano que aún parece estar. 

La desesperación es un umbral. No hay que quedarse a vivir en ella, pero tampoco hay que negarla. Porque solo atravesándola, se llega a la otra orilla. En esa orilla la nada se pone de pie y se convierte en posibilidad, el vacío se llena de sentido y el grito se transforma en sinfonía. El dolor se convierte en semilla, el cansancio se pausa, la lentitud se vuelve fuerza, la fragilidad se hace lenguaje y la vulnerabilidad se torna en casa.

Y entonces, aparece la revelación:  el antónimo de la desesperación no es la calma.  Es la serenidad.  La calma es superficie. La serenidad es raíz.  La calma puede fingirse o lograrse  con un ansiolítico. La serenidad no.  La serenidad es la voz que no tiembla aunque el cuerpo tiemble.  Es el silencio que no huye.  Es la certeza de que, incluso en la nada, hay algo que nos sostiene. Es la memoria que no se apaga, el pensamiento que se niega a morir.  

La serenidad germina en el barro, en la grieta, en el temblor. Se toma su tiempo. No se la puede hablar para forzarla a crecer más rápidoPero es como una planta que no se puede halar para forzarla a crecer más rapido. Se toam su tiempo. Y. lla llega, sin pedir permiso, y nos devuelve a la vida, a nosotros mismos.

soledadmorillobelloso@gmail.com









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