LO QUE NOS UNE: "Las cosas que nos unen"

LO QUE NOS UNE: "Las cosas que nos unen"
LO QUE NOS UNE es una creación de Soledad Morillo Belloso

domingo, 12 de octubre de 2025

 Manual para hacer el ridículo con estilo

Soledad Morillo Belloso

Vamos a dejar la hipocresía en la puerta, junto con los zapatos apretados y las ganas de parecer equilibrados. Ese famoso “balance entre la risa y la lágrima” es como el unicornio emocional de los poetas con insomnio y hambre de arepas: no existe, pero qué bonito suena. Aquí nadie se equilibra. Aquí todos nos tambaleamos como borrachos en fiesta de pueblo. Y el que diga que no, o miente o tiene un terapeuta que cobra en dólares y da caramelos al final de la sesión.


Porque seamos francos: ¿quién no ha llorado viendo una comedia romántica mientras masculla “qué cursi” con la voz temblorosa y el pañuelo hecho trizas? ¿Quién no ha soltado una carcajada en pleno velorio porque el difunto pidió que lo enterraran con su gorra de los Navegantes y su playlist de Juan Gabriel en modo shuffle?


El equilibrio, si acaso, es ese instante glorioso en que uno se ríe de sí mismo justo después de rodar por las escaleras con una bandeja de tequeños voladores. Es entender que la dignidad es como los pantalones con elástico: se estira, se encoge y a veces se rompe. Es aceptar que uno puede ser profundo y ridículo en la misma frase. Como este texto. Como tú. Como yo. Como todos los que alguna vez se han quemado el arroz mientras lloraban por un ex que decía ser de la Normandía (y que probablemente era de Chacao).


Porque sí, a veces uno se pone intenso. Se sienta frente al teclado con cara de Sócrates en ayuno, dispuesto a escribir sobre la dualidad del alma humana, y termina redactando una crónica sobre cómo se le cayó el café encima del currículum impreso justo antes de una entrevista. Y eso, amigas y amigos, es arte.


La risa y la lágrima no son enemigas. Son cómplices. Se prestan los tacones, se critican el maquillaje, se turnan el micrófono en la fiesta. Una grita “¡qué tragedia!” y la otra responde “¡ay, no seas ridícula!”. Y uno, en el medio, con cara de “yo solo venía por el postre y terminé en terapia grupal”.


Reírse de uno mismo es como hacerse cosquillas en el ego: incómodo, pero necesario. Es mirarse al espejo y decir: “Sí, soy un poema inédito de Benedetti escrito en una servilleta manchada de salsa tártara”. Es aceptar que uno es un collage emocional: llora con los comerciales de Navidad y se ríe cuando le dicen “hay que madurar”. Ni que uno fuera aguacate envuelto en papel periódico…


Y mientras tanto, se sigue. Caminando por la cuerda floja con un café en una mano, un pan con mantequilla en la otra, y el alma hecha un nudo marinero. A veces uno se cae. A veces hace piruetas. A veces finge que todo era parte del show. Y el público aplaude, no porque salió bien, sino porque uno se levantó con gracia y se sacudió el ridículo como quien se quita la arena de la playa.


Yo soy mi mejor bufón. Me río antes de hacer el ridículo porque mi cerebro, que no siempre juega en mi equipo, me avisa un nanosegundo antes: “¡Prepárate, que viene el despeñaperros!”. Y ahí voy yo, con la dignidad en modo karaoke, metiendo la pata y convirtiéndome en espectáculo gratuito para el vecindario.


Así que brindemos. Por el equilibrio que no existe. Por las lágrimas que se ríen. Por las risas que lloran. Por los textos que empiezan como ensayo filosófico y terminan como receta de hallacas con notas al pie y chistes en los márgenes. Por quienes hacen malabares con la dignidad, el humor y la nostalgia… y aún así, se ven fabulosos. Aunque sea con la blusa al revés.


A un amigo le digo que yo no cobro por algún trabajo que hago, pero dado que hago el ridículo tantas veces y la gente se ríe a mandíbula batiente, creo que voy a empezar a cobrar por ello.
Soledadmorillobelloso@gmail.com


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