Román y la fuerza del miedoSoledad Morillo Belloso
Esta mañana tembló. A las 7:01. Un 4.6 que no fue grande, pero sí lo suficiente para recordarnos que la tierra tiene su propio lenguaje y que a veces decide hablar sin cortes comerciales. Román Lozinski estaba al aire en Unión Radio cuando todo el estudio en La Castellana en Caracas empezó a moverse como si alguien lo sacudiera por los hombros. Román no se descompuso. No porque el miedo no le hubiera rozado la columna, sino porque hay quienes tienen un aplomo que no admite matices: se posee o no se posee. Él lo tiene. No detuvo el programa, no buscó refugio en la llamada a la pausa, no se dejó arrastrar por el temblor. Sólo dijo lo que cualquier hombre que sabe dónde está su corazón habría dicho: “está temblando… fue corto pero se sintió fuerte… “, que alguien, por favor, llamara a su familia. Porque incluso en medio del movimiento, incluso con la tierra haciendo de las suyas, un padre sigue siendo padre. Pero un periodista debe seguir siendo periodista.
Hace ya varios días que todos tenemos miedo, y ese miedo ahora tiene filo. No es una sombra ni un temblor: es una navaja que se nos pasea por dentro, tanteando dónde cortar. Se desliza por la garganta, por el estómago, por la memoria, buscando el punto exacto donde la resistencia flaquea. No viene a asustar: viene a incidir. A probar cuánto puede abrir sin que uno se desangre.
El miedo afilado no se conforma con acompañar: quiere penetrar. Se mete en los pensamientos como una hoja que rasga papel. Cada idea se vuelve frágil, cada certeza se vuelve un cristal que puede astillarse con un suspiro. Andamos con cuidado, como si el aire fuera vidrio molido. Hablamos con cuidado, como si cada palabra pudiera cortarnos la lengua. Hasta el silencio duele.
Y sin embargo, lo más cruel del miedo afilado es que sabe dónde herir. No apunta al músculo: apunta al recuerdo. A la casa que ya no es segura. A la noche que ya no es descanso. A la tierra que ya no es firme. A la gente que uno ama y que ahora parece siempre al borde de un precipicio invisible. El miedo afilado es un cirujano sin ética: abre justo donde más duele.
Pero hay algo que el miedo, por afilado que sea, no termina de entender: que la herida también revela. Que cuando corta, muestra. Que en el tajo aparece la fibra verdadera, esa que no se rompe aunque la hoja insista. Porque sí, estamos temblando. Sí, estamos cansados. Sí, estamos viviendo con la navaja en el pecho. Pero seguimos aquí. Y eso, aunque parezca mínimo, es una declaración.
Hace ya varios días que todos tenemos miedo. Pero también hace varios días que el miedo está descubriendo que no somos fáciles de cortar.
Soledadmorillobelloso@gmail.com
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