El pecado del silencioSoledad Morillo Belloso
Unos profesionales que trabajaron en el Estado, en el engranaje de la construcción de viviendas, hablan ahora desde algún lugar de Estados Unidos. Declaran. Relatan. Desempolvan memorias que, según ellos, los atormentan. Y cuentan —con voz quebrada, con manos temblorosas, con ese temblor que llega tarde— la cantidad de marramuncias, trapisondas, irregularidades, coimas y demás salvajadas que presenciaron mientras trabajaban allí.
Uno escucha y entiende una parte: denunciar en Venezuela era, y sigue siendo, una ruleta rusa. La Fiscalía jamás hubiera procedido. Jamás. Y su integridad física habría quedado expuesta como carne en mesa de carnicero. Eso es cierto. Eso es real. Eso es parte del terror cotidiano que el país ha impuesto como sistema.
Pero —y aquí el pero es un obelisco, un monolito, un edificio entero— esa explicación no alcanza. No basta. No sirve como coartada moral. Porque una vez fuera de Venezuela, una vez a salvo, con techo, con ley, con resguardo, sí podían denunciar. No a la prensa, que convierte todo en ruido. No a redes sociales, que convierten todo en espuma. A organismos judiciales internacionales. Que existen. Que son lentos, sí. Que son burocráticos, sí. Pero existen. Y procesan. Y acumulan. Y documentan. Y abren expedientes que, tarde o temprano, se convierten en verdad jurídica.
Estos profesionales no lo hicieron.
Y hoy lloran. Hoy se desesperan. Hoy se golpean el pecho como si el mundo les debiera absolución automática por el simple acto de hablar tarde. Pero esas lágrimas no alcanzan para cubrir el silencio que mantuvieron. No alcanzan para justificar la omisión. No alcanzan para borrar lo que su silencio permitió.
Porque el silencio es el asesino de la democracia. Esa frase no es metáfora: es autopsia. Y hay silencios —los suyos— que no sólo matan instituciones, sino que matan gente. Porque cuando uno ve y calla, cuando uno presencia delitos y decide guardarlos como si fueran secretos familiares, cuando uno se convierte en testigo mudo de la corrupción, uno se vuelve cómplice. No por acción, sino por omisión. Pero la omisión también mata.
Ustedes, los que vieron y callaron, los que hoy hablan desde la distancia segura, desde la comodidad jurídica, desde la protección que nunca tuvieron en Venezuela, deben entender algo que no admite maquillaje moral: su silencio permitió que otros siguieran robando, que se continuara mal construyendo, que otros siguieran destruyendo, que otros siguieran matando. Ese silencio no fue neutro. Ese silencio tuvo consecuencias. Ese silencio tiene cadáveres.
Porque ustedes callaron, hoy hay muertos. Porque ustedes callaron, hay heridos. Porque ustedes callaron, el país se hundió un poco más.
Dios les perdone, porque el pueblo no lo hará. El perdón se otorga no al que lloriquea frente a una cámara. Se otorga cuando el daño es reparable. Hoy el pueblo carga los muertos, carga las ruinas, carga las consecuencias de ese silencio que ustedes disfrazaron de prudencia, pero que fue complicidad y ausencia de ética.
¿Cuántas edificaciones que resistieron este sacudón están, en realidad, viviendo de prestado? ¿Cuántas, con la próxima vibración de la tierra, podrían desmoronarse como si siempre hubieran estado esperando su turno? ¿Cuántas familias habitan hoy en lo que mi colega Miguel Ángel Rodríguez - @MiguelContigo - nombra con exactitud quirúrgica: “la trampa mortal”? ¿A cuántos puede alcanzar la muerte por el viejo y persistente pecado del silencio?
El expediente que avanza en la Corte Penal Internacional ya suma miles de folios. Digan, con precisión, en cuál folio está su denuncia. En qué página de esa verdad jurídica aparece su nombre. En qué línea está su acto de responsabilidad. En qué renglón dejaron constancia de lo que vieron, de lo que supieron, de lo que callaron.
En todo este asunto hay delitos. Pero también hay un pecado, un pecado muy feo: el pecado del silencio.
Soledadmorillobelloso@gmail.com
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