El tiempo perdido
El tiempo perdido, en esta Venezuela que huele a café recalentado y a brisa salobre, no es una idea abstracta: es una cosa que se queda pegada, como el hollín de las cocinas de leña, como el humo de los autobuses viejos, como la arena que se mete en los zapatos y uno descubre horas después, cuando ya está en otra parte y el día cambió de humor.
El tiempo perdido es ese rato que se va mientras uno espera que el agua llegue a la tubería y no llega. Es la cola que nunca avanza. Es la conversación que se alarga porque alguien necesita contar por enésima vez la desgracia del sobrino. Es el mediodía en que uno se queda viendo el horizonte, sin saber si está pensando o simplemente rumiando cansancio. Es cotidiano, doméstico, terco.
Uno cree que el tiempo perdido se evapora, pero no: se guarda en los rincones. En la mesa donde quedaron las cuentas sin pagar y sin cobrar. En la silla donde uno se sentó a esperar una llamada que nunca llegó. En la cocina donde el guiso se pasó porque la mente estaba en otra parte. En la hamaca donde uno se meció demasiado rato, tratando de entender por qué la vida se enreda tanto.
Ese tiempo extraviado también enseña. En la espera se aprende a mirar. En la demora se afina el oído. En la repetición se descubre lo que de veras importa. En la rutina se revela el deseo escondido. En la torpeza se reconoce la urgencia de cambiar el paso. El tiempo perdido es un maestro gruñón, paciente, implacable.
Hay un momento —siempre discreto, casi siempre en silencio— en que uno se harta. En que uno dice “hasta aquí” sin decirlo. En que uno se lava la cara, se amarra el pelo y decide que ya no va a seguir regalando horas a lo que no merece ni un minuto. Ese instante es una rebelión doméstica. Un reordenamiento del mundo. Un acto de lucidez.
El tiempo perdido no vuelve, pero deja señales. Se vuelve criterio. Se vuelve carácter. Se vuelve una especie de brújula que apunta hacia lo que sí vale la pena: la conversación que ilumina, el trabajo que construye, la compañía que acompaña de verdad, la tarea que deja algo, la hora que se siente viva.
El tiempo perdido es advertencia. Y también mapa. Y el camino recorrido no se puede borrar.
Soledadmorillobelloso@gmail.com
No hay comentarios.:
Publicar un comentario