LECTURAS DE FINDE
La puerta entreabierta
(Tiempo de lectura: 6 minutos)
Cipriano Castro era Presidente de la República, jefe absoluto del Estado según la Constitución de 1901. Su firma era ley, su presencia era orden, su voz era mandato. Gobernaba como un caudillo de opereta: teatral, bravucón, amante de los uniformes y de los gestos grandilocuentes. Pero debajo de esa fachada había un cuerpo que se estaba desmoronando.
Desde 1906 arrastraba una nefritis severa, crisis renales que lo dejaban postrado, hinchado, sudoroso, irritable. En Caracas se murmuraba otra cosa: una sífilis mal tratada que avanzaba como una sombra lenta, afectando primero la piel, luego los órganos, después el carácter. Nadie lo decía en público, pero todos lo sabían. Los diplomáticos europeos hablaban de un “mal misterioso”; los médicos locales, temerosos de contrariarlo, recomendaban reposo que él ignoraba. Su figura teatral empezaba a verse empañada por una fragilidad que él no podía controlar.
Juan Vicente Gómez era Vicepresidente de la República y, además, Comandante en Jefe del Ejército. Ese doble rol era una combinación explosiva: la vicepresidencia le daba la llave constitucional; el mando militar le daba la fuerza real. Castro lo había puesto allí para equilibrar regiones, calmar caudillos y mantener la estructura militar cohesionada. En teoría, era el segundo al mando. En la práctica, era el único con poder suficiente para reemplazarlo.
La enfermedad de Castro se volvió política. Mandaba cerrar cortinas, prohibía visitas, ordenaba que nadie lo viera en cama. Pero los síntomas eran tercos: fiebres, dolores articulares, cambios bruscos de humor, ausencias prolongadas del despacho. Su deterioro coincidía con los rumores de sífilis avanzada o, al menos, de una infección crónica que comprometía sus riñones. En los pasillos del Palacio se decía que el presidente tenía “los riñones podridos”, frase cruel pero repetida con la misma naturalidad con que se comentaba el clima. Su cuerpo lo traicionaba antes que Gómez.
Cuando decidió viajar a Europa en 1908 para tratarse, lo hizo porque ya no podía sostener el ritmo del poder. En La Guaira embarcó con el gesto altivo de siempre, rodeado de uniformes, saludando como si fuera a conquistar París. Pero ya en el barco pasaba horas recluido, sudando, maldiciendo en voz baja, con dolores que lo doblaban. En Burdeos, los médicos franceses confirmaron lo que en Caracas se murmuraba: su nefropatía era grave, crónica, y requería una intervención delicada. No mencionaron sífilis en los informes que trascendieron, pero en los círculos diplomáticos se hablaba de “una enfermedad venérea mal curada”, expresión que en esa época era casi sinónimo de sífilis.
Castro, desde Europa, seguía enviando órdenes como si aún tuviera el país en el bolsillo. Pero la distancia —y la enfermedad— lo habían vuelto irrelevante. Su cargo dependía de su presencia física, de su voz, de su capacidad de imponer respeto. Y él ya no tenía nada de eso.
Gómez, en cambio, entendió perfectamente el peso de su cargo. Apenas el barco de Castro desapareció en el horizonte, comenzó a mover las piezas con la misma parsimonia con la que un hacendado revisa su ganado. Declaró que el país estaba en peligro, que Castro pretendía entregar la soberanía, que era necesario asumir el mando “para proteger la nación”. Era una acusación absurda, pero eficaz. El Vicepresidente se convertía en Presidente encargado, luego en Presidente de facto, y finalmente en dictador absoluto.
Castro enviaba telegramas furiosos desde París. Gómez simplemente no respondió. Ese silencio fue su golpe maestro. En Venezuela, la traición no siempre se consuma con un disparo o un decreto; a veces basta con dejar de contestar, con no abrir la puerta, con fingir que el compadre ya no existe.
La enfermedad —nefritis, sífilis, o ambas— no solo enfermó a Castro: lo sacó del tablero. Y Gómez, paciente, calculador, silencioso, ocupó el espacio vacío. No traicionó a un hombre sano; traicionó a un hombre que ya estaba cayendo. Lo que hizo fue empujar con suavidad una puerta que la enfermedad había dejado entreabierta.
Cipriano Castro murió lejos de Venezuela, lejos del poder que había ejercido como un caudillo de opereta, lejos incluso de la posibilidad de regresar. Su muerte fue el epílogo silencioso de una vida que había sido puro estruendo.
Murió en Santurce, Puerto Rico, el 5 de diciembre de 1924. Tenía 60 años. Su cuerpo, que durante décadas había sido un escenario de dolencias —nefritis, infecciones crónicas, quizá sífilis avanzada— terminó apagándose sin gloria, sin discursos, sin uniformes, sin la teatralidad que lo había definido. En Puerto Rico vivía prácticamente como un exiliado sin corte, acompañado solo por unos pocos leales y por la nostalgia de un país que ya no lo quería de vuelta.
El hombre que había gobernado con bravuconería, que había desafiado potencias extranjeras, que había convertido Caracas en su escenario personal, muere en una casa ajena, atendido por médicos que no lo conocían, sin telegramas que responder, sin enemigos que enfrentar. La enfermedad que lo había expulsado del poder terminó expulsándolo de la vida.
Su muerte, sin embargo, no cerró la historia. Gómez, ya convertido en dictador absoluto, no permitió homenajes ni gestos de reconciliación. Castro quedó como un fantasma político, un recuerdo incómodo, una advertencia sobre lo que ocurre cuando el poder depende demasiado del cuerpo y demasiado poco de las instituciones.
Lo que ocurrió entre Delcy Rodríguez y Nicolás Maduro, entonces no es nuevo en la política venezolana: es la repetición —casi ritual— de ese viejo patrón donde la lealtad se proclama como si fuera sangre, pero se ejerce como si fuera humo. En Venezuela, desde Castro y Gómez, y antes, la política ha sido un teatro donde los afectos se declaran en voz alta y las traiciones se ejecutan en silencio. Y Delcy, con su estilo ceremonioso, con esa manera de hablar de Maduro como si compartieran linaje, simplemente siguió el libreto.
Decía “nuestro presidente Maduro” con devoción acaramelada, como si lo unieran lazos de sangre, como si él fuera un patriarca y ella una heredera natural de su poder. Esa retórica —la de la lealtad absoluta— es una herramienta vieja: sirve para blindar jerarquías, para crear la ilusión de un vínculo indestructible, para hacer creer que el poder es un hogar y no una estructura. Pero el poder nunca es hogar. El poder es un cuarto donde la luz cambia según quién entra primero.
Y visto está: ese amor no era eterno. En política nada es eterno. Ni el compadrazgo de Castro y Gómez. Ni la devoción de Delcy hacia Maduro.
La lealtad en el poder venezolano funciona como una cuerda tensada: se sostiene mientras sirve, se corta cuando estorba.
Cuando las circunstancias cambiaron, cuando las tensiones internas se hicieron propicias, cuando el tablero se movió, ese amor proclamado empezó a desdibujarse. No hizo falta un rompimiento explícito.
Delcy no inaugura el “ cómo deshacerse de un presidente”. Solo que ella dejó que los gringos le hicieran la tarea. Ella simplemente se aseguró de que la puerta estuviera entreabierta.
Y, claro, entre Delcy y Gómez hay océanos de distancia. Gómez era un hombre sin titubeo, sin esa humedad emocional que delata a quienes se arrodillan ante el poder. Cuando traicionó a su compadre lo hizo con la frialdad de un verdugo que no necesita justificar nada. Delcy, en cambio, construyó alrededor de Maduro una obediencia que parecía sanguínea. Pero cuando el tablero cambió y la sombra del poder se movió un centímetro, fue ella quien cruzó la línea. No tembló, tembló por cálculo. Ese temblor no anunciaba fidelidad, sino la inminencia de la puñalada. En Venezuela, cuando el amor político tiembla, es que ya está traicionando.
Chávez decía “la patria no se vende”. Delcy lo ajusta a las circunstancias: “la vamos a alquilar”.
Soledadmorillobelloso@gmail.com
No hay comentarios.:
Publicar un comentario