Los muertos no hablan
El duelo que dura años es una llaga que aprende buenos modales. No sangra escandalosamente como al principio, pero tampoco cicatriza: se vuelve un animal doméstico que respira en la casa, que uno alimenta sin querer, que se acuesta a los pies de la cama y a veces muerde. Los psicólogos y psiquiatras, con toda su ciencia, suelen equivocarse justo ahí: en creer que el duelo es un proceso higiénico, ordenado, como si la tristeza obedeciera protocolos.
Se equivocan cuando pretenden medir el dolor con escalas, en matrices, cuando intentan encajonar la ausencia en un diagnóstico que tranquiliza más al terapista que al doliente. Se equivocan cuando confunden hablar con sanar, cuando creen que el duelo es un archivo que se revisa y no un fantasma que se sienta en la mesa. Se equivocan porque olvidan que el duelo es un territorio sin mapas: cada quien camina como puede, a veces arrastrándose, a veces con una dignidad que parece prestada.
También fallan cuando ignoran el cuerpo. El duelo no vive solo en la cabeza: se instala en la espalda, en el estómago, en la mandíbula apretada. Mi duelo es una fatiga que no se explica, una punzada en el pecho que ningún examen detecta. Muchos siguen creyendo que todo se resuelve con palabras, o con píldoras, como si el cuerpo no fuera el archivo más fiel del dolor.
Y fallan, sobre todo, cuando intentan desvalorizar. Cuando dicen “hay que soltar”, “hay que cerrar ciclos”, “hay que avanzar”. Como si el duelo fuera una puerta que se empuja y no un clima hosco que se aprende a soportar. El duelo largo no se supera: se habita. Se vuelve parte del carácter, del modo de mirar el mundo, del tono con el que despierta cada día.
El duelo que lleva años es una forma de amor que se niega a extinguirse. Una fidelidad silenciosa. Una conversación interrumpida que uno sigue teniendo en la cabeza. Y ahí, en esa persistencia, es donde los profesionales suelen equivocarse: en no entender que lo que duele no es solo la pérdida, sino la continuidad del vínculo. Lo que se fue sigue estando. ¿Es eso patología? No, es amor qué no tiene a dónde ir.
Yo hablo poco de mi marido. Lo gente pone cara de aburrimiento o de lástima cuando lo hago. Cuanto mucho, cuento alguna anécdota divertida. Mi marido es mío y de nadie más. No puede ser propiedad de nadie que solo lo recuerde de vez en cuando.
Un duelo que se arrastra durante años termina revelando algo que ningún manual clínico alcanza a nombrar: que la vida sigue, sí, pero nunca como antes. Uno aprende a caminar con una sombra que ya no pesa igual, pero que no desaparece. Y en esa convivencia —a veces áspera, a veces casi tierna— se descubre una verdad incómoda: el dolor no es un enemigo a derrotar, sino una forma de memoria que se niega a extinguirse. Al final, lo único que queda es la certeza de que lo perdido sigue moldeando lo que somos, y que esa persistencia es la prueba más íntima de que el amor verdadero, incluso en su versión más silenciosa, no sabe morir.
Trabajo mucho. No solo por la necesidad de pagar las cuentas, sino para intentar darle sentido y propósito a mi existencia. Dicen que la muerte no pide permiso. Pero la que no pide permiso es la vida. Continúa todos los días. Entra y circula, aunque uno no quiera abrirle la puerta.
Cada vez que voy a Caracas, visito las cenizas de mi marido. Les pongo unas flores. Pero no me hablan. Los muertos no hablan. Los muertos nos dejan solos.
Soledadmorillobelloso@gmail.com
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