Tomás Polanco y los ciclos de 30 años
Tomas Polanco, con esa manera suya de hablar como quien espulga un archivo viejo mientras oye el país respirar, decía que Venezuela avanzaba en ciclos de treinta años. No lo afirmaba como teoría, sino como quien describe un animal que ha examinado demasiadas veces: un país que se hincha, se desborda, se cansa, se rompe y vuelve a empezar. En sus libros —los que tengo guardados en alguna caja, quizá con olor a papel húmedo y a tiempo detenido— explicaba que los ciclos no eran metáforas bonitas, sino mecanismos: primero la promesa, luego la épica inflada como vejiga de cochino, después la traición que huele a óxido, y al final el portazo, ese que siempre suena igual, como cuando uno cierra la puerta de la casa para que no se meta el viento de la tarde.
Si uno sigue esa lógica, este ciclo que comenzó con Chávez —con su revolución militar cívica, con su liturgia de uniforme planchado y verbo inflamado, con su idea de que el Estado podía ser un dios doméstico— ya está en su tramo final. Treinta años no son eternos; treinta años son como esas velas de iglesia que se consumen sin que nadie las mire. Un régimen que vive del desgaste no puede sostenerse más allá del tiempo que le permite su propia ficción. Y este periodo, que empezó con marchas, himnos, cadenas y la ilusión de que la historia podía rehacerse a punta de decreto, ya está en ese punto en el que los ciclos se vuelven caricatura: la épica convertida en trámite, la promesa convertida en excusa, el poder convertido en rutina.
Los ciclos nunca los cierra quien los inaugura con fanfarria. Los cierra quien queda atrapado en el último vagón, cuando ya el tren huele a freno quemado y a resignación. Los cierra quien recibe la maleta que nadie quiere cargar, esa maleta que suena a papeles viejos, a cuentas sin cuadrar, a silencios incómodos. Y sí, si Polanco tenía razón —y la tenía, porque conocía este país como se conoce un patio de infancia— será Delcy quien tenga que cerrar este ciclo. No como heroína ni como arquitecta, sino como encargada de apagar las luces, recoger los vidrios rotos, bajar la santamaría y dejar la llave en la mesa. Le tocará administrar el final, no el principio; ser la figura que aparece cuando ya el telón está cayendo y el público se ha ido.
Los ciclos no preguntan si uno quiere quedarse. Los ciclos simplemente se cumplen, como las mareas o las lluvias de mayo. Y este, el del autoritarismo que comenzó con Chávez, está ya en ese punto en el que la historia empieza a empujar hacia afuera, como quien abre una ventana para que salga el humo. No es profecía. Es desgaste. Es estructura. Es el país diciendo, con ese tono cansado que uno oye en las colas, en las plazas, en las cocinas, que ya basta.
Soledadmorillobelloso@gmail.com
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