jueves, 24 de septiembre de 2026

 


Cuando la V es “Up yours!”


Aclarémoslo: dos dedos con la palma hacia afuera son la hidalguía, la paz y la fotogénica ilusión de la victoria; pero voltee usted esa misma mano, enseñe los nudillos y el dorso, y le estará diciendo al prójimo —con el acento más rancio del Reino Unido— que se vaya directo a freír espárragos. Una milimétrica rotación de muñeca es el abismo insondable que separa a un estadista refinado de un patán de albañal.

La masa, siempre tan dada a atribuirle la creación del universo a cuatro señores con chaleco, cree que la gracia se la inventó Winston Churchill entre güisqui, habanos y mapas salpicados de ceniza. Pero no. La costumbre viene de más atrás, de la Edad Media, cuando a los arqueros ingleses los franceses amenazaban con amputarles el índice y el medio para que no volvieran a disparar un puto flechazo. Aquellos desarrapados alzaban los dos dedos intactos frente al enemigo en un alarde de coquetería bélica y mala leche: "Sigo completo, pedazo de animal". Tal vez sea mentira de historiador aburrido, pero qué sabrosa resulta la estampa del rencor vuelto geometría.

 Churchill, que de tonto no tenía un pelo pero de ácido histriónico lo tenía todo, desempolvó el numerito durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Europa parecía un gallinero tiroteado. Levantaba la "V" para venderle ilusión a una población masticada por las bombas. Por supuesto, en su desespero o entre whiskies, el ilustre primer ministro metió la pata una vez y posó ante las cámaras enseñando el dorso. La prensa británica, experta en picar carne ajena, hizo un banquete con el desliz. El mensaje quedó claro hasta para el más sordo: la palma es la patria; el dorso es la ignorancia.

Luego vinieron los motociclistas, esa tribu de cuero y velocidad que no necesita tanta prosa. En medio de la contienda, los mensajeros a dos ruedas se cruzaban a cien kilómetros por hora y alzaban los dedos en un espasmo de solidaridad: "Todavía no me he matado, amigo". Terminó la trifulca, volvieron a sus pueblos y el vicio se les quedó pegado. Hoy se cruzan en cualquier carretera de Dios y ejecutan el mismo rito, un código de parias para recordarse que la cancha viene en cada curva.

Llegaron los convulsos años sesenta y los muchachos del flower power secuestraron el ademán. Le dieron un lavado de cara al invento militar y lo convirtieron en bandera contra Vietnam. Mismo par de dedos, distinta mercancía: pasaron del triunfo sobre las cenizas al pacifismo con olor a pachulí. Cosas de la semiótica, que cambia de bando con la misma soltura que un político en campaña.

Hoy la bendita "V" es un chicle. Se la ponen las quinceañeras en Instagram, el político demagogo en el mitin de pueblo y el borracho de la esquina cuando logra mantenerse en pie. A veces es triunfo, a veces es pose y casi siempre es mueca automática. 

Pero no se engañen: la mano tiene su propia ortografía, una gramática salvaje que no perdóna descuidos. Si va a andar por el mundo alzando los dedos, tenga la gentileza de mirar hacia dónde apunta la palma, no sea cosa que termine desatando una guerra diplomática por simple analfabetismo motor, pues con tamaño error no está hablando de victoria, está diciendo “up yours”. 

Estoy segura de que en los anaqueles de Miraflores y en los pasillos de Casa Amarilla deben reposar, amontonando polvo y telarañas, sobrios manuales de urbanidad y buenas costumbres. Le haría un bien monumental a la república que los apóstatas del decoro que hoy despachan allí se dignaran a desempolvarlos, abrir los cajones bajo llave donde los sepultaron y repasar, aunque sea por encima, que hasta para insultar con las manos hay que tener un mínimo de elegancia.

Soledadmorillobelloso@gmail.com



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