miércoles, 2 de septiembre de 2026

 Güercom, mister Wright


Al llegar, Chris Wright, flamante secretario de Energía de Estados Unidos, habló como lo hacen los emisarios cuando pisan tierra ajena: con esa sonrisa de aeropuerto, ese tono de vendedor de seguros que promete prosperidad mientras mira de reojo dónde está la salida de emergencia. 


“Secretario de Energía” es el título formal, la placa dorada en la puerta de su oficina. En la práctica, tal como lo presentan y lo reciben, y por cómo lo cita Trump (“está dirigiendo Venezuela”), Wright opera como algo más que un burócrata técnico glorificado. Es el emisario, el interventor elegante, el hombre que llega con sonrisa de piano de bar y contratos bajo el brazo, el que aterriza en Maiquetía como si viniera a revisar una franquicia que no está cumpliendo estándares.


Dijo, palabras más palabras menos, lo esperado: que venía a traer inversiones, oportunidades, prosperidad hemisférica, casi como si hubiese aterrizado en un país esperando un milagro y él fuese el santo con la estampita. Habló de duplicar la producción petrolera, así, sin despeinarse, como quien promete que mañana mismo brotarán los pozos y los taladros se encenderán solos, por arte de birlibirloque, agradecidos.


Lo interesante no es lo que dijo, sino lo que evitó decir. Ni mención rasante a la ruina de PDVSA, ni a la corrosión institucional, ni al hecho de que cualquier inversión en esta Venezuela de transición que no arranca es un acto de fe digno de un mártir medieval. 


No habló de transparencia, ni de garantías, ni de cómo se supone que va a brotar prosperidad en un país donde hasta los tornillos se pierden en la cadena operativa. Prefirió ceñirse al libreto que le entregaron con la etiqueta “stick to the plan, no matter what”: “tiempos buenos”, “empleos”, “presión salarial”, como si estuviera describiendo un país tipo resort all included que existe en un folleto, no en la realidad.


Y claro, detrás del discurso está la verdadera intención: asegurar suministro, abrir candados para empresas estadounidenses (de las buenas y las majunches), mover fichas en un tablero donde el petróleo sigue siendo la única carta que Venezuela, extraviada en el marasmo, cree que puede poner sobre la mesa. 


Por su parte, el gobierno de la interina (ahora elevada a “electa”, Mr. Trump dixit, y quizás próximamente versión venezolana de María Magdalena), recibe la visita como una bendición: cámaras, declaraciones optimistas, un enviado que sonríe y dice que vienen cosas grandes. Material perfecto para propaganda interna, para aluvión de posts en las redes, para fingir que el aislamiento “forever and ever” se rompió y que el país está entrando en una nueva era de esplendor. Serie Sci-fi con estreno a anunciarse próximamente. 


Promesa inflada, globo de feria. Hablar de duplicar producción sin mencionar cómo, cuándo, con qué infraestructura, con qué personal, con qué garantías, es casi un acto de magia. Ni David Copperfield, pues. Una ilusión. Una frase diseñada para titulares, no para realidades.


Wright, nacido en Colorado, ese estado de montañas, fracking y épica petrolera que parece hecho a la medida de su biografía, con su cara de “me acabo de comer en el avión un perro caliente NY style, no vaya a ser que alguien se le ocurra que me tengo que comer una empanada de cazón”, llegó diciendo lo que tenía que decir: que vienen inversiones, que habrá prosperidad, que el futuro es luminoso y wonderful. Pero el entrelíneas es otro: él Estados Unidos de Me. Trump  mueve sus piezas, Venezuela se aferra a cualquier gesto que parezca reconocimiento, y el petróleo vuelve a ser la moneda de cambio en un país donde todo lo demás está roto.


Güercom, mister Wright. 


Soledadmorillobelloso@gmail.com




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