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El país comunista más capitalista del mundo
Soledad Morillo Belloso
China no se volvió imperialista de un día para otro. Eso viene de lejos, de siglos atrás. Lo que hoy llamamos “influencia geopolítica” o “expansión comercial”, antes tenía otros nombres más poéticos: “mandato del cielo”, sinización —que es básicamente lograr que otros pueblos hablen chino, coman como chinos y piensen como chinos— o el famoso sistema de tributo imperial. Las etiquetas cambian, sí, pero el impulso de mandar más allá de sus fronteras está en su ADN desde hace rato.
Desde tiempos remotos, los chinos se veían como el ombligo del mundo. No por pura vanidad, sino porque su forma de entender el universo los ponía justo en el centro, rodeados por pueblos que, según ellos, tenían dos opciones: aprender o rendirse. Esa idea se afianzó con los Zhou, que se inventaron el “mandato del cielo”. Si el emperador hacía las cosas bien, el cielo lo respaldaba. Si se corrompía, el cielo lo botaba. Así justificaban los cambios de dinastía y reforzaban la idea de que el poder chino tenía algo sagrado, casi cósmico.
Luego, en el siglo III a.C., apareció Qin Shi Huang, el primer emperador que unificó todo. Ese tipo puso orden en la escritura, la moneda y hasta en las medidas. Y mandó a construir la primera versión de la Gran Muralla para marcar la raya entre lo que ellos llamaban civilización y lo que consideraban barbarie. Después vinieron los Han, que se expandieron hacia Asia Central, abrieron la Ruta de la Seda y pusieron el confucianismo como manual de gobierno. Ya no era sólo mandar en casa, sino influir en el vecindario.
Durante siglos, las dinastías chinas practicaron un imperialismo distinto al europeo. No iban por ahí fundando colonias, pero sí absorbían pueblos, imponían su idioma, su cultura y su burocracia. La sinización era una jugada elegante: no te obligaban a rendirte, pero sí a parecerte a ellos. Las regiones conquistadas se integraban al sistema imperial, y las élites locales eran domesticadas o reemplazadas. El imperio se expandía no sólo con soldados, sino con rituales, educación y comercio.
Incluso cuando los mongoles invadieron China en el siglo XIII y fundaron la dinastía Yuan, el modelo chino no se desarmó. Los mongoles terminaron adoptando muchas costumbres chinas, y el aparato imperial siguió funcionando con precisión. Fue en ese contexto que apareció Marco Polo, el veneciano que terminó en la corte de Kublai Kan. Vivió allí más de diecisiete años, metido en asuntos administrativos y recorriendo el imperio. Lo que escribió en su libro no muestra una China cerrada ni atrasada, sino un imperio bien organizado, obsesionado con el orden, los tributos y el comercio. Para los europeos, sus relatos eran cuentos de hadas. Para los chinos, era simplemente el reflejo de lo que siempre habían sido: una civilización que se veía como modelo para el resto del mundo.
Más adelante, con los Ming y los Qing, se reforzó la idea de que China debía protegerse de influencias externas, pero sin dejar de marcar territorio como potencia regional. Los Qing, que eran manchúes, gobernaron sobre un mosaico de pueblos distintos, y aunque no eran chinos de origen, se convirtieron en defensores del modelo imperial. El sistema de tributo seguía siendo la forma de relacionarse con otros países: no era una relación entre iguales, sino una manera de que los demás reconocieran quién mandaba.
Ya en el siglo XIX, China pasó por una etapa dura. Las potencias europeas la humillaron con guerras del opio, tratados injustos y la pérdida de Hong Kong. Fue un golpe fuerte, pero incluso en medio de esa decadencia, los chinos seguían viéndose como una civilización superior, víctima de una coyuntura injusta.
Tras el colapso de los Qing en 1911, China se convirtió en una república frágil, atrapada entre caudillos, invasiones y líos internos. Durante la Primera Guerra Mundial, aunque no mandó soldados al frente, China se alineó con los Aliados y envió más de 140.000 trabajadores a Europa, en condiciones durísimas. Pero al terminar la guerra, las potencias occidentales ignoraron sus reclamos sobre territorios ocupados por Japón. Eso encendió el Movimiento del 4 de Mayo y un despertar nacionalista.
En la Segunda Guerra Mundial, China fue de los primeros en plantarle cara al fascismo: desde 1937 enfrentó la brutal invasión japonesa. El país sufrió más de 35 millones de bajas, y tanto el Kuomintang como el Partido Comunista se unieron contra Japón. Esa guerra debilitó al gobierno nacionalista y fortaleció al Partido Comunista, que tras la rendición japonesa retomó la guerra civil. En 1949, Mao proclamó la República Popular China, cerrando un ciclo de resistencia, humillación y transformación radical.
Con la llegada del Partido Comunista, China se cerró. Vivió años de revolución interna, colectivización y aislamiento. Pero el impulso imperial no se apagó. Se mantuvo en el control férreo del territorio, en la absorción de regiones como Tíbet y Xinjiang, y en la idea de que China debía volver a ocupar su lugar central en el mundo. Cuando Deng Xiaoping abrió la economía en los años ochenta, empezó una nueva etapa: expansión sin cañones.
Hoy en día, China no invade países con ejércitos, pero sí con obras, tecnología y préstamos. Construye puertos, financia carreteras, instala redes de telecomunicaciones y ofrece dinero a medio planeta. El proyecto de “la Franja y la Ruta” conecta Asia, África y América Latina con infraestructura pagada por China. Muchos lo ven como colonialismo moderno: los países reciben obras, pero también deudas y compromisos. China no impone gobiernos, pero sí influye en decisiones clave. No manda soldados, pero sí técnicos, ingenieros y diplomáticos.
Así que cuando alguien dice que China es imperialista, no está diciendo nada nuevo. Está reconociendo una historia larga, larguísima. Lo que ha cambiado es el estilo, no el fondo. El dragón ya no ruge, pero su sombra se extiende por todo el mapa. Y eso, más que novedad, es costumbre. Ah, y por cierto, China hoy es probablemente el país más capitalista del mundo. Basta pasearse por cifras económicas, financieras y comerciales. Pero eso se lo dejo a mis amigos economistas, que yo no paso de ser una escribidora de oficio.
soledadmorillobelloso@gmail.com
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