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Los coreanos no son de Coro
Soledad Morillo Belloso
No falta quien, en medio de una conversación informal sobre política internacional, suelte con toda seriedad: “Ah, sí, los coreanos, esos que viven por Coro, ¿no?” Y ahí uno se queda mirando como quien oye llover en seco. Porque no. Los coreanos no son de Coro. Ni venden empanadas en la plaza Falcón, ni tienen tíos en La Vela, ni bailan tambor en Semana Santa. Son de un país —o dos— que se llama Corea, que no queda en Falcón sino en Asia, allá donde el arroz se come con palitos y los saludos se hacen con reverencia.
Corea es una península en Asia, entre gigantes como China y Japón, que ha sabido defender su cultura con uñas, dientes y pinceles de caligrafía. Corea ha tenido más vueltas que un trompo de niño en diciembre. Desde tiempos del Neolítico ya había gente allí cazando y dejando huellas en cuevas. Sí, hace muchos siglos —cuando aquí todavía no se había inventado el papelón con limón— allá ya había gente sembrando arroz y escribiendo con pincel.
El cuento empieza a agarrar forma con Gojoseon, el primer reino coreano, allá por el año 2333 a.C. Los reinos tenían nombres que parecen trabalenguas: Goguryeo, Baekje, Silla. Cada uno con sus guerreros, sus templos y sus cuentos. Después llegó la dinastía Goryeo (de ahí viene el nombre “Corea”).
Luego nació Joseon, una dinastía que duró más de 500 años. Fue entonces cuando el rey Sejong el Grande creó el hangul, el alfabeto coreano, para que el pueblo pudiera leer sin depender del chino. Joseon se cerró al mundo, y por eso lo llamaron “el reino ermitaño”.
Pero a finales del siglo XIX, Japón puso el ojo en Corea y en 1910 la invadió y se quedó con todo, como quien se lleva el pilón ajeno y no deja ni el cucharón. Los japoneses prohibieron el idioma coreano, saquearon recursos y trataron de borrar la identidad del país. Los coreanos resistieron con uñas y alma, hasta que en 1945, al terminar la Segunda Guerra Mundial, Japón tuvo que devolver lo que no era suyo.
Y aquí viene el parteaguas: en la posguerra, a los Estados Unidos y a la Unión Soviética se les acabó el amor y, como dos compadres peleando por el último pedazo de torta, armaron lío. La península coreana, que había sido liberada del dominio japonés, quedó partida como arepa mal cortada: al norte, influencia soviética; al sur, tutela estadounidense. Cada quien con su receta ideológica: comunismo arriba, capitalismo abajo.
El caldo se calentó en 1950, cuando Corea del Norte, bajo el mando de Kim Il-sung y con el visto bueno de Moscú, decidió que ya era hora de unificar la península a su manera. Cruzaron el paralelo 38 como quien cruza la calle sin mirar, y comenzaron a invadir el sur. Así estalló la Guerra de Corea, un conflicto que duró tres años y dejó más muertos que fiesta sin toldo en temporada de lluvia.
Estados Unidos, junto con otros países bajo el paraguas de las Naciones Unidas, salió en defensa de Corea del Sur. Mandaron tropas, aviones, tanques y hasta discursos en inglés que nadie entendía en Seúl. Lograron frenar el avance norcoreano y contraatacaron con fuerza, llegando incluso cerca de la frontera con China.
Y ahí fue cuando China, que recién estrenaba su Revolución Comunista bajo Mao, se sintió amenazada. Porque una cosa es ver el fuego desde lejos, y otra es que te lo prendan en el patio. Así que China entró en la guerra con lo que llamó “Voluntarios del Pueblo”, aunque eran soldados bien entrenados y con ganas de pelear. Cruzaron el río Yalu (que no queda ni cerca de Coro) como quien defiende su gallera, y empujaron a las fuerzas de la ONU de vuelta al sur.
La guerra se volvió un tira y encoge, con ofensivas y contraofensivas que dejaron ciudades en ruinas y familias partidas. China jugó un papel clave: sin su intervención, Corea del Norte habría sido derrotada. Pero con su apoyo, el conflicto se estancó y se convirtió en una guerra de trincheras, barro y frío. Un “sálvese quien pueda”.
Finalmente, en 1953, se firmó un armisticio, no un tratado de paz. Como quien dice: “dejemos de pelear, pero no nos reconciliamos”. Se trazó una línea de alto el fuego en el paralelo 38 y se creó una zona desmilitarizada de cuatro kilómetros de ancho, que hasta hoy sigue siendo uno de los bordes más tensos del planeta. La serie de Netflix Aterrizaje de emergencia en tu corazón, que recomiendo ampliamente, pinta de maravilla (y en tono romántico) lo que significa un país picado artificialmente.
Así nacieron Corea del Norte y Corea del Sur, como dos hermanos de padre y madre que no se hablan pero comparten apellido y linaje. Uno con desfile militar y cara de perro con rabia; el otro con tecnología state of the art, K-pop, maquillaje y novelas que hacen llorar. Y China, que entró para defender su frontera y su ideología, terminó consolidando su papel como potencia regional, dejando claro que en Asia nadie se mete sin que ella diga algo.
Desde entonces, Corea del Norte se volvió un país cerrado, con gobierno autoritario y economía planificada. Y un presidente que es un gordito al que le encanta jugar con tanques, metralletas y bombas. Corea del Sur, en cambio, se convirtió en una potencia tecnológica, cultural y económica. Uno vive en silencio, el otro en TikTok.
Corea del Norte es un misterio, con desfiles militares y discursos solemnes. Su capital es Pyongyang, y el líder supremo de la República desde 2011 —y del Partido del Trabajo de Corea desde 2012— es Kim Jong-un, tercer hijo de Kim Jong-il (líder entre 1994 y 2011) y nieto de Kim Il-sung, fundador y primer líder supremo del país. Allá el asunto es hereditario. Kim Jong-un es ese gordito que vemos en la tele.
Corea del Sur es un país muy moderno, democrático, que produce un montón de cosas maravillosas y tiene una gastronomía de chuparse los dedos. Su capital es Seúl, y su presidente desde junio de 2025 es Lee Jae-myung, quien asumió tras el intento fallido del expresidente Yoon Suk-yeol de imponer la ley marcial en 2024, seguido de su arresto, lo que desató una crisis institucional que ha afectado la gobernabilidad y la confianza de los mercados. Corea del Sur es la duodécima economía más grande del mundo, mantiene una infraestructura tecnológica de primer nivel y, a pesar de la crisis, sigue siendo un país con alta calidad de vida, buen nivel educativo y una posición destacada en el comercio global.
Sí, son dos países, pero ambos se llaman Corea (República de Corea y República Democrática Popular de Corea) y comparten una historia profunda, marcada por la resistencia, la creatividad y el orgullo. Y no, los coreanos no son de Coro. Y tampoco son “chinitos”.
📩 soledadmorillobelloso@gmail.com
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