lunes, 13 de octubre de 2025

 Qué maravilla sería…

Soledad Morillo Belloso


…que el Nobel funcionara como pega loca de la buena, de esa que no se consigue en la ferretería sino en el alma colectiva. Que no fuera sólo una medalla ni un discurso en Oslo, sino una ceremonia de barrio, una misa laica en la que se premiara el coraje cotidiano de los que no se rinden aunque todo duela. Que todos quisiéramos celebrarlo, pero los que no, no buscaran razones para denostar. 

Imaginemos, pues, que el Nobel se volviera un potecito milagroso, como esos que guardan las abuelas con tapas recicladas y etiquetas descoloridas: “para el dolor de muela”, “para el susto”, “para pegar lo que se rompió”. Y que al destaparlo, saliera un aroma a café colado en manga, a arepa con mantequilla derretida, a tierra mojada después del aguacero. Que al aplicarlo sobre las grietas de este país, no ardiera, sino que acariciara. Que no tapara las heridas, sino que las hiciera brillar como cicatrices orgullosas, como mapas de lo vivido.

Qué maravilla sería que el Nobel reconociera la épica de quien se levanta sin agua, sin luz, sin promesas, pero con la dignidad intacta. Que premiara al que hace cola y aún así sonríe, al que comparte el último plátano, al que canta mientras lava, al que reza mientras espera. Que se lo dieran a la señora que vende empanadas con más amor que masa, al chamo que empuja la silla de ruedas de su abuelo, al maestro que enseña con tizas prestadas y corazón propio.

Que el Nobel hiciera entender que  la esperanza no es un lujo, sino un músculo. Que se ejercita cada día entre apagones, remesas, abrazos por videollamada y cuentos de camino. Que hiciera saber al mundo  que en Venezuela la ternura es resistencia, y el humor, un acto poderoso. Que cada chiste en la cola del gas, cada meme compartido, cada “¡epa, vecino!” es una forma de no rendirse.

Y que al soldar nuestras grietas, el Nobel no las borrara, sino que las hiciera visibles como costuras de una manta tejida entre todos. Que se viera la puntada de la abuela, el zurcido del hijo que se fue, el bordado del que se quedó. Que cada cicatriz fuera una constelación, una historia que contar en la plaza, en la radio, en la sobremesa.

Qué maravilla sería que sintiéramos que el Nobel  se entregará también simbólicamente  en una calle de Maracaibo, en una casa de Petare, en una escuela de El Tigre. Que en ese acto en Oslo estará  un niño con voz temblorosa,  el barrio con tambor y papelillo. 

Y que al final, cuando todo el mundo aplaudiera, no fuera sólo por un nombre de una mujer valiente, sino por una multitud corajuda. Por los que no caben en titulares, pero sostienen el país con sus manos, sus cantos, sus silencios. Que el Nobel se rindiera ante la belleza de lo invisible.

Porque en Venezuela, cada grieta, con ternura y coraje, puede ser altar. Qué maravilla sería que el Nobel fuera nuestra pega loca.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

@solmorillob 


2 comentarios:

  1. Que belleza… solo puedo añadir: amen🙏🏻

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  2. Sin duda es nuestra pega loca, y es entregado a cada uno de nosotros porque lo sentimos y es visible en todos los corazones✨

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