El epitafio cincelado en la lápidaSoledad Morillo Belloso
La devastación no necesita adjetivos: escupe una cifra. Una cifra que Asdrúbal Oliveros dejó caer como un bloque de concreto sobre la mesa, como si soltara la verdad desde una grúa oxidada. US$12.000 a US$15.000 millones para intentar recomponer lo que ya no existe. Un monto que no sólo desborda la capacidad financiera del Estado venezolano: la tritura, la vuelve polvo, la reduce a un residuo que ni sirve para mezclar cemento. Ese número no es un dato; es el epitafio ya cincelado en la lápida, la inscripción final de un país que se quebró mucho antes del terremoto. La prueba de que lo que colapsó no fue concreto, sino la mentira estructural de un Estado que nunca estuvo preparado y que ahora pretende posar de solvente sobre ruinas aún calientes.
Y aun así, Oliveros —a quien respeto profundamente— se queda corto. Porque ese cálculo, por gigantesco que parezca, no alcanza a medir lo que cada víctima perdió de su patrimonio personal, ni el hecho brutal de que muchos jamás podrán reconstruir su vida en las condiciones que tenían. Especialmente quienes ya cruzaron la frontera de la edad donde el futuro deja de ser promesa y se vuelve apenas un margen estrecho. ¿Cuánto suma ese duelo material y moral? ¿Qué número cabe en la casilla de Excel para nombrar una vida partida en dos? No lo sé, pero poco no es. Porque no es lo mismo quebrar a los treinta o cuarenta que arruinarse después de los sesenta, cuando ya no hay tiempo para empezar de nuevo. Y eso sin contar los costos de atención a quienes quedaron con daños físicos o con estrés postraumático, heridas invisibles que también exigen reconstrucción y que no se curan con cemento ni con decretos.
Y no me digan que este desastre no es económico y político. Lo es, y lo es de manera obscena. Desafío a todos los medidores de opinión pública a que pregunten, sin maquillaje, si la población cree que el mismo gobierno que abandonó, que destruyó durante 27 años, puede ser el que lidere la reconstrucción. Que lo consulten. Y que tengan el valor de publicar la respuesta.
Aquí ya no queda espacio para disfraces ni liturgias vacías: quien destruyó no levanta nada. Quien dejó morir no convoca resurrecciones. Quien gobernó para crear ruinas no puede ahora posar de arquitecto. Venezuela ya vio cómo se abrió la grieta, cómo el país crujió como una columna fatigada, cómo el polvo se volvió aire y el aire se volvió miedo. Y ahora ve, con estupor, quién insiste en sostener la mentira, quién pretende vender esperanza sobre escombros aún calientes, quién se atreve a pedir olvido cuando esta tragedia quedó grabada —como un golpe de cincel sin posibilidad de borrado— en la piedra rota de esta nación.
Al final, cuando el polvo termine de asentarse y las cifras ya no sirvan ni para el consuelo, quedará lo único que nunca miente: la huella del derrumbe. Este país no necesita más diagnósticos ni más promesas; necesita que alguien tenga el coraje de mirar la lápida sin bajar la vista. Lo que se quebró no fue sólo infraestructura: se quebró la ficción de un Estado que fingió ser sostén y terminó siendo carga, que se disfrazó de constructor mientras serruchaba las vigas, que habló de futuro mientras hipotecaba hasta el aire.
Al final, cuando el polvo termine de asentarse y las cifras ya no sirvan ni para el consuelo, quedará lo único que nunca miente: la huella del derrumbe. Este país no necesita más diagnósticos ni más promesas; necesita que alguien tenga el coraje de mirar la lápida sin bajar la vista. Lo que se quebró no fue sólo infraestructura: se quebró la ficción de un Estado que fingió ser sostén y terminó siendo carga, que se disfrazó de constructor mientras serruchaba las vigas, que habló de futuro mientras hipotecaba hasta el aire.
Y ahora, frente a la piedra rota, frente a la grieta que ya no se puede maquillar, Venezuela sabe algo con una claridad que corta: no hay reconstrucción posible desde las mismas manos que perfeccionaron el derrumbe. No hay resurrección en el mismo altar donde se celebró la ruina.
Lo que viene tendrá que nacer lejos de quienes hicieron del país un campo de escombros. Porque este epitafio no es metáfora: es sentencia. Y las sentencias, cuando se cincelan en piedra, no se negocian, no se maquillan, no se olvidan. Se leen. Se asumen. Y se enfrentan.
Soledadmorillobelloso@gmail.com
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