martes, 30 de junio de 2026

 Los parásitos del Estado: anatomía del colapso 
 Soledad Morillo Belloso


¡Ayuda!… aquí no llega nadie.”

 “Se llevaron todo… no tenemos ni agua.”

 “¿Quién responde?”


Veintisiete años adheridos como sanguijuelas.  No error: sistema. No falla: negocio. Una infección sostenida. Tolerada. Protegida. Hoy no se esconden. El sacudón abrió todo: paredes, mentiras, coartadas. Quedaron ellos. Entre escombros no buscan vidas. Hacen inventario del botín.


“Se cayó todo… ellos no.”

 “Para quedarse con la ayuda sí llegan.”

 “Para ayudar, nadie.”


No son nombres: son mecanismo. Drenaje. Extracción. Despojo. Chupan y llaman gestión al vacío. Donde debía haber Estado, hay rapiña. Donde debía haber deber, hay desprecio. Donde debía haber país, hay presa. El terremoto no destruyó: reveló.  Columnas huecas. Vigas podridas. Base falsa. Se cayó la ficción. Quedó en la intemperie.

Y mientras tanto, otros sí se mueven.  La sociedad civil se organiza con lo poco que tiene.  Vecinos que reparten, voluntarios que cargan, médicos que improvisan, bomberos y rescatistas venezolanos que trabajan con las uñas. 

La ayuda internacional llega, se abre paso, intenta salvar lo salvable.  Manos sin poder, pero con urgencia y equipos. Manos sin cargo, pero con humanidad.

Frente a eso: la mirada impávida del funcionario con carnet.  Y, peor aún, su movimiento preciso: apropiarse, desviar, quedarse con lo que consiga en medio de los escombros. Donde llega la ayuda, llegan también ellos, con su pericia para el saqueo. Donde hay necesidad, ellos ven oportunidad. Saben que nadie los va a reprender.

Hay comida… pero no dejan que la repartan.”

 “Llegó ayuda… se la llevaron.”

 “Nos dicen que no hay… pero sí hay, y la esconden.”

“Mi mamá está viva… ellos no ayudan, están viendo qué sacan.”

 “Llegaron, con cara de sobraos. Nadie anotó. Y luego se fueron. Nadie volvió.”

 “Esperamos… y mi mamá se murió esperando.”

No administran la crisis: la explotan.  No contienen: se alimentan. Parásitos de la ruina. Mientras más devastación, más control. Mientras más muertos, más para repartirse. 

“¡Hay niños aquí!”

 “No tenemos comida.”

 “Nos dejaron solos.”

Consumen todo: recursos, tiempo, futuro. La ley: decorado. La confianza: ingenuidad castigada. La esperanza: instinto de sobrevivencia.

“¿A dónde vamos?”

 “No hay nada.”

 “No hay nadie.”


La verdad, desnuda: no hay Estado. Hay saqueo organizado. Hay ocupación del vacío.Lo intolerable no es que existan. Es que se volvieron norma. Paisaje. Costumbre. Enfermedad asumida. Son parásitos, parásitos que matan. 

Toda podredumbre, cuando se abre, exhala su verdad: hiede. Hoy no hay cortinas ni disfraces. 

La evidencia es obscena. Brutal. Inapelable. Ya no es información: es frontera. Es el punto donde se quiebra cualquier coartada.

Porque ocurrió algo para lo que tampoco estaban preparados: cientos de miles de ciudadanos empuñan ahora un arma poderosa —un teléfono celular— con el que han registrado imágenes y sonidos.

Y esos registros no son rumores ni versiones: son evidencia. La verdadera conmoción no está solo en lo que se ve, sino en quién lo muestra. Durante décadas, el poder creyó que controlaba el relato: decidía qué era visible, qué se ocultaba, qué se maquillaba. Pero hoy la podredumbre quedó expuesta por una multitud que no pidió permiso. Cada ciudadano se convirtió en testigo, en registrador, en archivo viviente. No son periodistas ni peritos: son ojos y manos comunes que captaron lo que nunca debió ocurrir. Y esa democratización del registro —esa insurrección silenciosa del lente y del micrófono— pulveriza cualquier intento de negar lo evidente. Porque cuando la verdad se multiplica en cientos de miles de pantallas, ya no hay narrativa oficial que la sepulte.

¿Hasta cuándo Hasta que de los escombros —y de estas voces— nazca algo que merezca el honor de  llamarse Estado.


soledadmorillobelloso@gmail.com

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