lunes, 29 de junio de 2026

 Venezuela: El después
Soledad Morillo Belloso

 

El después no es un paisaje: es una herida abierta que todavía respira. El duelo colectivo de Venezuela, tras el terremoto, tiene que ser eso: una incisión precisa, sin gasas, sin perfume, sin ese reflejo casi automático de algunos de convertir la desgracia en espectáculo. El país debe mirarse sin filtros, sin el maquillaje del “todo va a estar bien”, sin la cursilería del consuelo fácil. El duelo colectivo debe ser una frase cortante: esto se quebró, esto se perdió, esto nunca debió estar tan expuesto. Y, sobre todo, esto tuvo responsables.

 

Ese duelo no puede ser un abrazo tibio; tiene que ser un bisturí que corta hasta donde duele. Un país que llora con lucidez también acusa con lucidez. El duelo colectivo debe dejar sin escondite a quienes intentan cubrir la negligencia con la manta del destino. Debe arrancar de raíz la comodidad del “nadie podía preverlo”. Debe obligar a la sociedad a aceptar que la naturaleza golpeó, sí, pero que el golpe encontró estructuras podridas por años de abandono, desidia y corrupción. El duelo colectivo es el instante en que Venezuela decide que no va a tolerar más evasivas ni relatos diseñados para tratar al ciudadano como un niño moldeable.

 

La recuperación física es el territorio donde la mentira muere. No hay “reconstrucción” si lo que se levanta es igual de frágil que lo que cayó. La recuperación física debe ser exacta, técnica, profesional, vigilada, implacable. Debe separar a quienes saben trabajar de quienes sólo saben posar. Debe ser con los mejores, quitando del medio a los ineptos. Debe exponer la incompetencia sin rodeos, sin diplomacia, sin ese hábito de proteger al inepto porque es “de confianza”. En la reconstrucción no hay espacio para improvisadores ni para burócratas que creen que la emergencia es una oportunidad para la foto y para llenarse los bolsillos. O se levanta el país con rigor, o se perpetúa la ruina.

 

La recuperación moral es un desalojo sin contemplaciones. Un desalojo de la tolerancia a la irresponsabilidad, del hábito de justificar lo injustificable, de la costumbre de aceptar explicaciones que insultan la inteligencia. La recuperación moral es la expulsión de la mentira como método, la reinstalación del pudor público, el regreso del respeto por la vida ajena, la exigencia de la excelencia como norma. Es el momento en que la sociedad decide que no va a permitir que la tragedia se convierta en excusa para la impunidad, ni para la manipulación, ni para la propaganda y muchísimo menos para el “enchufadismo” y la corrupción.

 

Y la recuperación institucional, esa es la cirugía mayor. No se trata de “reformar” lo que falló: se trata de desmontarlo. De depurar sin sentimentalismos, de eliminar estructuras inútiles, de reemplazar la cultura de la improvisación y la torpeza por una cultura de responsabilidad y eficiencia. La recuperación institucional es la decisión de que el Estado deje de ser un espectador y sea un garante. Es el fin de la opacidad, de la incompetencia hereditaria, del poder que se justifica a sí mismo mientras el país se cae a pedazos. Es el acto más duro de amor propio: negarse a permitir que se repita la tragedia. Y tiene que actuar la justicia, para lo cual tiene que haber un sistema judicial que sirva a los ciudadanos, no que sea la fábrica de coartadas de los “poderosos”.

 

El duelo colectivo nos corta. La recuperación física nos ordena. La recuperación moral nos limpia. La recuperación institucional nos redefine.

 

A Venezuela la tienen que gobernar, legislar y controlar los mejores, los más capaces, los más serios, los más preparados; no los que hoy están apoltronados en el Estado, aferrados a cargos que les quedan gigantes, escondidos detrás de sellos, excusas y una burocracia que sólo sirve para proteger su mediocridad. Un país que acaba de sobrevivir a un terremoto no puede seguir en manos de improvisadores de oficio ni de operadores políticos reciclados: necesita excelencia, rigor, responsabilidad. Necesita que el poder deje de ser refugio de ineptos y sea un espacio donde sólo caben quienes saben, quienes pueden y quienes entienden que gobernar es una tarea de altura, conocimiento y honor, no un botín de asaltantes. La reconstrucción exige reemplazar a los que estorban por los que sirven, a los que posan por los que trabajan, a los que repiten consignas por los que producen soluciones. Venezuela no puede permitirse menos. Y esa tiene que ser una decisión ciudadana respaldada y apoyada por todas las naciones y gobiernos del mundo.

 

Soledadmorillobelloso@gmail.com

 

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