viernes, 24 de julio de 2026

Carta a los que van a negociar nuestro futuro



Señores Hunos y Otros:


Ustedes que van a sentarse a negociar nuestro futuro, que entrarán a esas salas de aire frío y alfombras gruesas con carpetas repletas de palabras solemnes —“sostenibilidad”, “proyecciones”, “escenarios”— como si el país fuera una ecuación y no un cuerpo exhausto que respira a medias y sangra sin pausa, les escribo antes de que empiecen a mover piezas como si fueran estrategas del ajedrez político. No sé sus nombres ni sus intenciones. No sé si vienen con buena fe o con la fe podrida. No sé si desayunan avena  o soberbia. Pero sí sé esto: lo que van a negociar no es su vida, es la vida de todos los venezolanos. Esta oscura realidad que hoy padecemos no la pedimos ni la firmamos; nos cayó encima como el hollín de un incendio ajeno. Algunos de ustedes, los hunos, encendieron ese fuego.


Seamos claros: el pueblo no les entrega un cheque en blanco. Cargan un voto de desconfianza pesado como plomo y frío como una madrugada sin luz. No caminan sobre alfombras de aprobación; caminan sobre hielo delgado. Cada paso, cada firma, cada gesto será observado con la precisión de quienes ya han visto demasiadas torpezas para regalar confianza sin garantías.


Antes de que se sienten, antes de que sonrían frente a las cámaras, antes de que pretendan “pasar la página” como quien sacude un mantel, entiendan algo: sobre esa mesa están 27 años de crímenes y destrucción. Veintisiete años de saqueos, torturas, corrupción, persecuciones, hambre administrada y ruinas cultivadas con método. Eso no se borra con un acuerdo ni con una foto. Si creen que pueden negociar sin poner esos 27 años frente a ustedes, no están negociando: están maquillando un cadáver.


Ustedes hablarán de “acuerdos convenientes”; nosotros hablamos de hijos que se fueron, de abuelos sin medicinas, de maestros que ganan lo que cuesta un café en los restaurantes donde ustedes comen. Ustedes hablarán de “reconstrucción”; nosotros hablamos de un país sostenido con alambre, terquedad y vergüenza, con una dignidad que no se aprende en seminarios y rondas de conversaciones.


Y sí, hay una agenda mínima que no admite regateos. Empieza por un nuevo CNE —nuevo de verdad— con cronograma electoral completo, público y auditable. Sigue con un nuevo TSJ que deje de ser coro obediente de focas amaestradas. Incluye un nuevo Contralor que vigile sin mirar hacia otro lado, un nuevo Fiscal General que investigue sin pedir permiso, y un nuevo Defensor del Pueblo que defienda a la gente y no al poder.

Y exige, sin matices, la liberación de todos los presos políticos. Todos. Ningún país se reconstruye con inocentes encerrados como trofeos.


También deben nombrarse con transparencia quienes negociarán la deuda externa —ya basta de manos invisibles que comprometen décadas de sacrificio ajeno—, un nuevo presidente y junta directiva de PDVSA que no conviertan la empresa en botín, y un nuevo presidente y junta directiva del BCV que devuelvan seriedad a la política monetaria y a la moneda pulverizada por incompetencia y cinismo.


Y por favor: no conviertan la tragedia del terremoto en souvenir. No conviertan la negociación en fiesta. No conviertan el dolor en networking. Cuiden a sus hijos, a sus parejas, a sus amigos. Que no tengamos que verlos en playas turquesa, hoteles de lujo o parajes exóticos mientras aquí la gente hace malabares para comprar un cartón de huevos. La historia tiene memoria corrosiva. El país también.


Arturo Uslar Pietri -supongo que el nombre les suena- habló de los venezolanos vueltos “pendejos” para describir cómo el poder anestesió a una sociedad entera. No era insulto: era diagnóstico. Pero eso ya no aplica. No va más. El país despertó. Se le acabó la ingenuidad, el miedo y la disposición a tragarse cuentos. Hoy la gente reconoce el truco, huele la trampa, identifica la manipulación. Y ese despertar obliga a que cualquier negociación se haga con otra lógica, otra transparencia, otra responsabilidad. Ya no lidian con un país apendejizado: lidian con un país que aprendió a ver. No hay mayor pendejo que quien cree que todos los demás lo son.


Lo que ustedes firmen será una marca en la piel de generaciones. No un documento. Una marca. Van a comprometer nuestro futuro. Háganlo con la decencia mínima de quien sabe que toca algo sagrado: la vida de un país que no se rinde. Y si no pueden ofrecer decencia, ofrezcan respeto. A veces, el respeto es la última forma de ética que queda. Si lo hacen bien, el país los aplaudirá. Si no, les recriminará y ese desprecio recaerá sobre sus hijos y toda su descendencia.


Venezuela les da una oportunidad. Ustedes tienen un objetivo. Uno, sólo uno: sacarnos de esta, sacar a estos. Y el país no será comprensivo ni complaciente.


Y una última cosa: sin María Corina, sin Edmundo y sin la Plataforma Unitaria, no hay paraíso. Eso lo dice el país. 


Soledadmorillobelloso@gmail.com




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