viernes, 24 de julio de 2026

 “¡Qué rabia!…”, dijo César Miguel


Hoy, César Miguel Rondón, en su programa diario que veo por YouTube, dejó caer una frase que siguió sonando mucho después de que terminó de pronunciarla: “¡Qué rabia!...”. César Miguel no es hombre de exabruptos. Su oficio ha consistido, durante décadas, en mirar la realidad desde la orilla de la reflexión, sin permitir que las emociones secuestren el juicio. Pero esta vez ocurrió algo distinto. Más que las palabras, habló el rostro. Hubo en él una sombra de agotamiento, una grieta apenas visible por donde se asomó el dolor de quien ha contemplado demasiado tiempo la misma herida abierta. Y hasta se le quebró la voz.

Esa frase me hizo pensar en la mala fama de la rabia. La tratamos como a una visitante indeseable, una presencia que hay que expulsar rápidamente para restablecer el orden de la casa. Nos enseñan a domarla antes de entenderla, a silenciarla antes de escuchar lo que viene a decir. Sin embargo, hay ocasiones en las que la rabia no es una derrota de la razón, sino una consecuencia de ella. Hay realidades tan ofensivas para la conciencia que la ausencia de rabia sería más inquietante que su presencia. Porque la rabia aparece cuando algo dentro de nosotros reconoce una injusticia, una humillación, un abuso o una mentira que se pretende normalizar.

La psicología la describe como una emoción básica, una respuesta natural ante la frustración, la amenaza o el daño. Pero esa definición apenas alcanza a rozar la superficie. La rabia es también un lenguaje. Habla allí donde las palabras se quedan cortas. Surge cuando una herida exige ser reconocida, cuando la dignidad se siente vulnerada o cuando la conciencia se rebela frente a aquello que no debería tolerarse. Es una especie de alarma moral, una señal que nos advierte que algo esencial está siendo atacado.

Hay una inteligencia antigua en ella. Llega antes que los argumentos. Antes de que la mente organice una explicación, el cuerpo ya ha comprendido. Se acelera el corazón, se tensan los músculos, la sangre parece golpear las paredes de las venas. No porque queramos destruir, sino porque algo dentro de nosotros se niega a aceptar. La rabia es la prueba de que todavía existen límites que nos importan, valores que defendemos y heridas que nos negamos a convertir en paisaje.

Por eso creo profundamente en el derecho a la rabia.

No hablo del derecho al odio ni a la violencia. Hablo del derecho a indignarse. Del derecho a experimentar esa conmoción moral que nace cuando la realidad hiere nuestra noción de justicia. Y si existe un pueblo que ha ganado ese derecho a pulso, ese pueblo es el venezolano.

Los venezolanos tenemos derecho a esta rabia porque es legítima. Porque no nace del capricho ni de la intolerancia. Nace de demasiadas pérdidas acumuladas. De demasiadas despedidas convertidas en rutina. De demasiadas familias fracturadas por la distancia. De proyectos abandonados, talentos expulsados, oportunidades evaporadas. Nace de haber visto cómo se deterioraban instituciones, certezas y horizontes. Nace de años enteros en los que se nos pidió paciencia mientras la realidad ofrecía motivos crecientes para la indignación.

Hay dolores que no aparecen en las estadísticas ni caben en los discursos políticos. Habitan en la silla vacía de la mesa familiar, en la llamada que reemplaza un abrazo, en el profesional que tuvo que empezar de cero en otro país, en quien aprendió a sobrevivir cuando lo que quería era vivir. Esa es la materia prima de nuestra rabia: no una ideología, sino una suma inmensa de ausencias.

Reconocerla no significa quedarse a vivir en ella. Significa otorgarle un lugar legítimo. Comprender que no toda adaptación es una virtud y que, a veces, la verdadera salud consiste precisamente en negarse a aceptar lo inaceptable. La rabia es la voz de la dignidad cuando se niega a capitular. Es el "no" que pronuncia la conciencia cuando intentan convencerla de que se acostumbre a la deformidad de lo injusto.

Tal vez por eso la expresión de César Miguel tuvo tanta fuerza. No sonó como una explosión emocional. Sonó como una confesión. Como el momento en que un hombre acostumbrado a interpretar la realidad permitió que la realidad lo atravesara. Aquel “qué rabia” fue mucho más que una reacción personal. Fue el eco de una emoción colectiva, un sentimiento que muchos venezolanos conocemos demasiado bien, aunque pocas veces nos demos permiso para nombrarlo.

Porque la verdadera tragedia no es sentir rabia. La verdadera tragedia sería dejar de sentirla. La indiferencia es el territorio donde la esperanza se rinde y la dignidad abandona la lucha. La rabia, en cambio, es la prueba de que algo dentro de nosotros sigue despierto, sigue recordando que merecemos algo mejor, sigue negándose a aceptar que el deterioro sea un destino.

Por eso no hay que avergonzarse de ella. Hay que escucharla. Hay que transformarla. Porque mientras exista la capacidad de indignarse, existirá también la posibilidad de imaginar un futuro distinto. Toda reconstrucción comienza así: no con la resignación de quienes aceptan la oscuridad, sino con la incomodidad de quienes todavía recuerdan cómo era la luz.

Después de tantos años, la rabia de los venezolanos se parece a un río inmenso represado contra una pared que parecía indestructible. Durante mucho tiempo ha acumulado la fuerza de las pérdidas, la presión de las injusticias y el caudal de los sueños postergados. Desde afuera, algunos sólo ven la superficie aparentemente quieta. Pero debajo de ella se mueve una energía formidable. Y los ríos, por más obstáculos que encuentren, tienen una vocación irrenunciable: buscar el mar. Quizás nuestra rabia sea eso. No una corriente destinada a destruir cuanto toca, sino una fuerza profunda empeñada en abrirse camino hacia un país más digno, más libre y más humano. Porque hay aguas que no nacieron para estancarse, y hay pueblos que, por mucho que sufran, no fueron hechos para resignarse.

Yo también digo “¡qué rabia!”. Ejerzo mi derecho a esa rabia.

soledadmorillobelloso@gmail.com


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