sábado, 11 de julio de 2026

 Con la fuerza de los inmigrantes

Soledad Morillo Belloso


Estamos mal. Eso lo sabemos. Y también sabemos por qué estamos como estamos: el diagnóstico está hecho, escrito con minuciosidad casi quirúrgica en expedientes, informes, estudios, testimonios, memorias y cicatrices. No falta información; falta aire. Falta futuro.


Ya no toca seguir enumerando lo roto. Ese capítulo está  documentado. Ahora toca hablar del próximo: el renacer. Y renacer implica mirar de frente las fuerzas que todavía tiene el país, esas que no se han extinguido pese a los golpes, esas que siguen latiendo debajo del cansancio y la rabia. Implica reconocer que, incluso en este presente desordenado, Venezuela conserva un músculo profundo, una reserva moral, una capacidad de recomposición que no se aprende en manuales sino en la vida misma.


Renacer es, en esencia, recordar quiénes somos. Y actuar en consecuencia.


Somos un país que va a levantarse —y digo levantarse en todos los sentidos posibles: económico, moral, espiritual, emocional— porque en nuestra raíz más profunda somos un país de inmigrantes. Un país hecho por gente que llegó con el alma en carne viva, buscando un horizonte que no los persiguiera con el recuerdo del hambre, de la guerra, de la persecución, de la pérdida. Gente que vino a Venezuela después de haber vivido experiencias traumáticas en sus países de origen, y que aquí encontró un suelo donde recomenzar.


Vinieron italianos con el duelo todavía fresco, con el eco de una Europa rota metido en los huesos, con el olor de la harina y la pólvora mezclados en la memoria. Llegaron con sus manos artesanas, con fotos arrugadas de pueblos que ya no existían como los recordaban, con la nostalgia de las plazas donde se aprendía a vivir y a despedirse. Traían acentos cantados, recetas que eran casi plegarias, gestos que convertían cualquier mesa en familia.


Vinieron portugueses que habían dejado atrás dictaduras y silencios, hombres y mujeres que sabían lo que era trabajar desde la madrugada porque en su tierra el futuro siempre llegaba tarde. Traían la disciplina del que ha sobrevivido a la escasez, la fe del que ha visto cómo la vida puede apagarse sin aviso, la costumbre de hablar poco y hacer mucho. En sus maletas venía el miedo a volver a perderlo todo, pero también una terquedad luminosa: la de quien decide que esta vez sí va a ser distinto.


Vinieron españoles, canarios, vascos que cargaban en la piel la sombra de una posguerra interminable, con la tristeza de los que crecieron entre ruinas y esperaron demasiado tiempo para ver un amanecer sin sobresaltos. Llegaron con abuelos aún llorando a los desaparecidos, con madres repitiendo historias de hambre, con padres tratando de olvidar lo que habían visto. Traían canciones que eran refugio, palabras que sonaban a mar, y una capacidad infinita para convertir cualquier rincón en hogar.


Vinieron europeos orientales —polacos, checos, húngaros, croatas, serbios, ucranianos— que venían de geografías donde la historia se escribía con cicatrices profundas. Traían la memoria de fronteras que cambiaban de nombre, de inviernos que parecían eternos, de familias partidas por guerras que nunca terminaban de irse. Llegaron con una mezcla de dureza y ternura, con la habilidad de reconstruir desde las ruinas, con la convicción de que la libertad es un tesoro que se defiende incluso cuando se está lejos de casa.


Vinieron norteamericanos que llegaron a trabajar en los campos petroleros, hombres y mujeres que cruzaron el Caribe buscando oportunidades y terminaron encontrando un país que los adoptó sin ceremonias. Traían la cultura del trabajo organizado, la idea de que el progreso se planifica, la costumbre de mirar hacia adelante. En Venezuela aprendieron que la vida también puede ser cálida, improvisada, generosa. Y dejaron, sin saberlo, una huella industrial que moldeó nuestro siglo XX.


Vinieron judíos con la palabra shalom en la boca, con el peso de una historia marcada por persecuciones y exilios. Traían libros envueltos como tesoros, tradiciones que habían sobrevivido a lo indecible, una espiritualidad que convertía el dolor en memoria y la memoria en fuerza. Llegaron buscando paz y encontraron un país donde podían respirar sin miedo. Nos dieron comercio, cultura, rigor, ética, y una forma de entender la vida que honra la tenacidad.


Vinieron árabes que huían de conflictos que parecían no tener fin, con el desarraigo tatuado en el alma y la esperanza envuelta en telas bordadas. Traían la memoria de ciudades antiguas reducidas a polvo, la certeza de que la vida puede cambiar en un segundo, la habilidad de reconstruir desde la nada. Llegaron con sus especias, sus rezos, sus historias que parecían cuentos, y una fuerza silenciosa que sostenía todo lo que tocaban.


Vinieron colombianos que buscaban un respiro, cansados de una violencia que no habían elegido. Traían la música como escudo, la risa como resistencia, la costumbre de sobrevivir incluso cuando el mundo se empeña en lo contrario. Llegaron con la esperanza de un país donde el miedo no fuera rutina, donde el trabajo tuviera sentido, donde los hijos pudieran crecer sin aprender a esconderse.


Vinoeron chilenos, argentinos y uruguayos que aquí recordaron el significado de la palabra democracia. Llegaron escapando de dictaduras que les habían robado la voz, con la memoria de compañeros desaparecidos, con el miedo a hablar demasiado alto. En Venezuela encontraron un país donde podían opinar sin temblar, donde la política era debate y no amenaza, donde la libertad tenía sabor de cotidianidad. Y ese aprendizaje —el de volver a confiar en la democracia— se convirtió en un regalo que nos dieron sin proponérselo.


Todos ellos, y de muchas nacionalidades, llegaron con una mezcla de miedo y esperanza, con la memoria de lo traumático aún caliente, pero con una voluntad feroz de reconstruirse. Y esa voluntad —esa fuerza que nace del que ha visto la oscuridad y aun así camina hacia la luz— es parte de lo que nos sostiene como país.


Por eso vamos a levantarnos. Porque en nuestro ADN colectivo está inscrita la capacidad de rehacerse después del desastre. Porque somos hijos de quienes escaparon de la oscuridad y encontraron aquí una luz. Porque llevamos en la sangre la memoria de quienes se atrevieron a empezar de cero.


Y ese impulso —esa terquedad hermosa de seguir adelante— no se pierde. Está ahí, esperando el momento de volver a encenderse. Y cuando lo haga, Venezuela no sólo se levantará: volverá a ser ese país que se inventa a sí mismo.


Soledadmorillobelloso@gmail.com






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