El diablo está peleando con la diabla
Soledad Morillo Belloso
Cuando llovía con sol, mi mamá soltaba esa frase como quien deja caer una verdad antigua, una superstición que no necesita explicación porque ya viene cargada de sentido. “El diablo está peleando con la diabla”, decía, y uno sentía que el mundo se estaba descosiendo un poquito, que algo allá arriba se estaba disputando con furia y con luz. Era una frase que tenía el poder de detenernos, de hacernos mirar hacia el cielo como si pudiéramos ver el pleito, como si la atmósfera se abriera y dejara ver dos figuras gigantescas empujándose, lanzándose improperios, sacudiendo el clima.
Esa mezcla de claridad y tormenta, de brillo y aguacero, es exactamente lo que está ocurriendo con la “cuestión Venezuela” entre la administración Trump y el gobierno interino: un pleito a cielo abierto, un forcejeo que se da bajo el sol, sin pudor, din disimulo, sin estrategia, sin la mínima conciencia de que el país está en medio, empapado y enceguecido, tratando de no resbalar en el barro que dejan esas peleas que se sienten ajenas.
Es una pelea rara, porque no es entre enemigos declarados sino entre aliados por interés que deberían estar alineados, sincronizados, respirando al mismo ritmo. Pero no: cada quien quiere su cuota de protagonismo, su pedazo de sol, su lluvia. Cada quien quiere mandar, quiere aparecer en la foto como el que sostuvo el paraguas o como el que anunció que ya iba a escampar. La administración Trump, con fisuras internas, actúa como si tuviera el monopolio del clima, como si pudiera decidir cuándo truena y cuándo escampa, cuándo se abre el cielo y cuándo se desploma sobre nosotros.
El gobierno interino, por su parte, también con evidentes grietas en su estructura, con disputas internas del poder, parece atrapado en un mediodía perpetuo, expuesto, vulnerable, sin sombra donde guarecerse, sin un árbol, sin un techo, sin protección. Y entonces ocurre ese fenómeno absurdo: llueve con sol. Llueve porque la tragedia venezolana no da tregua, porque cada día cae una gota más sobre un país ya saturado de dolor, un país que hace rato dejó de secarse. Y hay sol porque existe apoyo internacional, presión, ventanas que podrían abrirse si hubiera coordinación, si hubiera un mínimo de sensatez, si alguien se dignara a mirar el mapa completo y no sólo su parcela de poder.
Pero no la hay. Prefieren pelear. Prefieren marcar territorio. Prefieren discutir quién sostiene la manguera mientras el incendio sigue creciendo, mientras las llamas se comen lo que queda de estructura, mientras el humo nos ahoga. Y Venezuela queda allí, en el centro del aguacero luminoso, tratando de entender cómo se puede estar mojada y quemada al mismo tiempo, cómo se puede recibir ayuda y sabotaje en la misma hora, cómo se puede ser escenario de una disputa que no controla y que tampoco pidió.
Mi mamá, una mujer particularmente lúcida, tal vez sin saberlo, estaba describiendo este tipo de política: esa mezcla de urgencia y oportunidad, de caos y claridad, de fuerzas que deberían complementarse pero se desgarran como amigos circunstanciales furiosos, como dos figuras que se aman y se odian con la misma intensidad y que no saben detenerse. El diablo y la diabla, peleando bajo el sol, mientras el país mira hacia arriba y no sabe si correr, si rezar, o si simplemente dejar que la lluvia lo empape y esperar que, en algún momento, el cielo decida calmarse.
Paciencia. Que es la virtud de los inteligentes. Las cosas caerán por su propio peso.
Soledadmorillobelloso@gmail.com
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