jueves, 9 de julio de 2026

 Rubio vs. Miller
Soledad Morillo Belloso


La disputa entre Rubio y Miller sobre Venezuela no es un desacuerdo puntual ni una diferencia de enfoque. Es una fractura profunda dentro del trumpismo, una colisión entre dos centros de poder que no se toleran, que no se complementan, que no se reconocen. Ambos son poderosos, ambos tienen redes y  recursos, ambos influyen directamente en decisiones presidenciales. Esto no es una pelea por un país como Venezuela, sino por la definición misma del poder.


Rubio, hijo del exilio y de las cicatrices heredadas de la Guerra Fría, mira a Venezuela como un nodo dentro de una red de amenazas que se extiende desde Moscú hasta La Habana, desde Teherán hasta Beiging. Para él, Venezuela es un enclave geoestratégico, un punto donde se cruzan rutas de inteligencia, operaciones de narcotráfico, redes de desinformación y alianzas militares. Su obsesión no es el petróleo sino la geopolítica: la contención de potencias rivales, la estabilidad del Caribe, la reconstrucción de un orden hemisférico erosionado, el liderazgo en Occidente. Rubio piensa en mapas, en décadas, en estructuras. Su lógica es la del águila que calcula, que presiona, que sanciona, que busca reinsertar a Venezuela en un sistema de alianzas que él considera vital para la seguridad de Estados Unidos y del continente.


Miller, en cambio, no piensa en mapas sino en fronteras pseudo morales. Su racismo y su xenofobia no son rasgos personales aislados: son una doctrina política, una forma de dividir el mundo entre quienes merecen protección y quienes merecen castigo. Para él, Venezuela no es un Estado fallido ni un enclave ruso: es un símbolo de “contaminación”, de “desorden”, de aquello que debe ser disciplinado con fuerza. Su apoyo al gobierno interino es del estilo “control del  banana country”. Miller opera desde la lógica de la estrategia del espectáculo, del gesto que intimida, de la acción que se convierte en mensaje interno. Su mirada es ideológica, visceral, performativa. Venezuela es un escenario donde puede exhibir músculo, reforzar la narrativa de “mano dura”, disciplinar enemigos y aliados, demostrar que el trumpismo gruñe y actúa sin titubeos.


Por eso chocan. Porque Rubio quiere rediseñar el tablero y Miller quiere castigar al tablero. Rubio piensa en cómo se mueve el poder; Miller piensa en quién merece ejercerlo. Rubio mira hacia afuera; Miller mira hacia adentro. Rubio quiere un hemisferio alineado; Miller quiere un hemisferio obediente. Rubio busca estructura; Miller busca shock, para controlar.


Y sí, esta disputa va muchísimo más allá del control de los recursos naturales. El petróleo, el gas, el oro, el arco minero son apenas piezas dentro de un conflicto mayor. Lo que está en juego es la forma de ejercer el poder: si con cálculo o con impacto, si con estrategia o con menosprecio, si con alianzas o con intimidación. Venezuela, rota y saqueada, se convierte en el espejo donde estas dos visiones se revelan. Un país convertido en advertencia, en símbolo, en campo de pruebas.


Ambos son poderosos. Ambos tienen seguidores, redes, influencia, acceso. Ambos pueden inclinar decisiones presidenciales.


Por eso este pleito no termina. Por eso se alarga. Por eso pica y se extiende. Porque lo que está a la vuelta de la esquina son elecciones en Estados Unidos. Y son muy importantes. Hay mucho en juego. 


Los votantes americanos que respaldan a Rubio son, en su mayoría, gente que cree en la idea clásica —casi escolar— de Estados Unidos como faro de estabilidad y “melting pot”. No son ingenuos, pero sí disciplinados. Les gusta el orden, la previsibilidad, la noción de que la política es un oficio y no una guerra. Son ciudadanos que crecieron con la idea de que el liderazgo responsable es el que evita incendios, no el que los provoca para demostrar fuerza. En Rubio ven a un político que habla el idioma de las instituciones, del cálculo, del equilibrio entre firmeza y gobernabilidad. Son votantes que valoran la diplomacia dura pero no incendiaria, que prefieren la estrategia al rugido, que creen que la influencia estadounidense debe ejercerse con presión, sí, pero también con método. Gente que quiere que el país siga siendo un actor global fuerte y respetado, no un gladiador permanente. Gente que, incluso cuando está molesta, conserva un sentido de proporción.


Los votantes que respaldan a Miller son distintos. Son ciudadanos que sienten que el país está bajo asedio cultural, económico, político, moral. Viven la política como una defensa del hogar, como una barricada. No quieren matices: quieren certezas. No buscan equilibrio: buscan victoria. En Miller ven al ideólogo que no se disculpa, al operador que no negocia, al hombre que convierte la política en una batalla por la supervivencia de un país que, según ellos, ha sido debilitado por élites complacientes y enemigos internos. Son votantes que creen que la fuerza es la única herramienta eficaz, que la moderación es una forma de debilidad y rendición, que la política debe ser un instrumento de purga y corrección. Gente que quiere que Estados Unidos actúe sin titubeos, que se imponga, que marque territorio. Gente que siente que el mundo es hostil y que la única respuesta válida es la confrontación.


Rubio atrae a quienes creen que el país debe liderar con estabilidad; Miller atrae a quienes creen que el país debe liderar con fuerza. Uno convoca a quienes quieren preservar; el otro convoca a quienes quieren combatir. Uno habla a la cabeza; el otro habla al instinto.


Y en el medio de este pleito por el poder, Venezuela. Es una pieza en el tablero. Pero no es la pieza más importante. Es un territorio que se usa para demostrar fuerza, para enviar mensajes, para ajustar cuentas geopolíticas. Un país convertido en símbolo, en advertencia, en campo de pruebas. Un país que no decide, sino que es decidido. Un país que mira cómo otros discuten su destino como si fuera una ficha movible, intercambiable, sacrificable. Un país que, aun en su tragedia, sigue siendo apenas un capítulo dentro de una disputa mayor.


Soledadmorillobelloso@gmail.com



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