jueves, 9 de julio de 2026

 La Guaira es la patria
Soledad Morillo Belloso

La Guaira está ahora con el alma en carne viva. No hay otra forma de decirlo. El doble terremoto de hace dos semanas —dos golpes secos, dos sacudidas que partieron la madrugada y partieron la tierra— la dejó abierta, expuesta, vulnerable como nunca antes. La Guaira no está sólo dañada: está desgarrada. Y ese desgarro no es solo físico. Es histórico. Es emocional. Es moral.
La bajada desde Caracas, que siempre fue un descenso hacia la luz cruda del mar, hoy es un descenso hacia la devastación. La montaña parece inclinarse distinto, como si estuviera tratando de escuchar el dolor de la costa. El aire huele a sal, sí, pero también a polvo, a concreto pulverizado, a vigas rotas, a casas que ya no existen. La luz, que siempre fue feroz, ahora ilumina ausencias: paredes que ya no están, balcones que se desprendieron, fachadas que se abrieron como piel rasgada, edificios y casas que hoy están convertidos en ruinas.
En medio de ese paisaje, el nombre La Guaira vuelve a sonar como un presagio. Guaira: “sitio ventoso”. Guairá: “la abertura”, “el paso estrecho”. Hoy es ambas cosas: viento que arrasa, abertura que se quiebra. Un territorio donde la naturaleza no pide permiso. Donde la tierra se abre como si quisiera mostrar lo que el país ha escondido durante décadas: su fragilidad.
La Guaira siempre ha sido escenario de embates. Desde tiempos de ser parte de la Corona, cuando los españoles levantaron fortines para defender a Caracas y muelles para abastecerla, este territorio fue muralla y puerta al mismo tiempo. Por eso su historia está hecha de ataques de piratas, incendios, reconstrucciones, conspiraciones, fugas, desembarcos. La Guaira nunca ha tenido descanso. Es un lugar donde la historia irrumpe sin aviso.
Francisco de Miranda lo supo. Él, que había cruzado océanos y combatido en revoluciones ajenas, regresó a Venezuela con la esperanza de encender la libertad. Pero lo traicionaron. Lo esposaron. Lo bajaron por esta misma costa que debía ser símbolo de independencia. En La Guaira lo encerraron en un calabozo húmedo, oscuro, indigno. Allí esperó el barco que lo llevaría a Cádiz, donde moriría sin patria. Ese muelle fue su último contacto con Venezuela. La Guaira quedó marcada por ese gesto: el puerto donde se perdió al hombre que soñó la libertad antes que todos.
Años después, ya en la Venezuela independizada, otro hombre, civil, hombre de ciencia, también fue parte de su historia: José María Vargas. Médico, humanista, rector, presidente. Un hombre que representaba la posibilidad de una Venezuela distinta, gobernada por la razón y no por la fuerza.
El episodio entre el digno José María Vargas y el salvaje Pedro Carujo es uno de esos momentos donde la historia venezolana se vuelve herida, donde la civilidad y la barbarie chocan sin metáforas, sin matices, sin diplomacia. Carujo, militar de verbo incendiado y ambición cruda, se plantó ante Vargas para exigirle que entregara el poder. Vargas, hombre de ciencia, de bisturí y de libros, respondió con una serenidad que hoy parece casi sobrehumana. Carujo le gritó que “el mundo es de los valientes”, y Vargas —desarmado, rodeado, amenazado— le devolvió una frase que todavía corta: “El mundo es del hombre justo.” Esa escena, breve y feroz, es la radiografía de un país partido: un presidente civil defendiendo la legalidad frente a un incivilizado militar que creía que la fuerza era argumento suficiente. Lo arrastraron, lo presionaron, lo humillaron, pero Vargas no cedió. Renunció sin entregarse. Carujo ganó el instante, pero Vargas ganó la historia. Es un episodio que duele porque revela la Venezuela que pudo ser… y la que un militar indigno le impuso ser.
Por eso, cuando se creó el estado, se escogió el nombre de uno de sus grandes: Vargas. Era un acto de memoria. De respeto. De reconocimiento. Pero luego, en un ataque de simpleza —esa manía irrelevante de creer que la historia se puede borronear como si fuera un cuaderno escolar— eliminaron el nombre Vargas y lo cambiaron por La Guaira. Como si cambiar el nombre pudiera cambiar la memoria. Como si la dignidad de Vargas pudiera ser tachada con un decreto. Como si la historia no tuviera raíces más profundas que la voluntad de un burócrata ignorante.
La Guaira, sin embargo, no olvida. Es historia, es patria. Sus calles, sus muros de piedra, sus balcones que miran al mar, sus escaleras que suben hacia los cerros, todo guarda memoria. Por su puerto y aeropuerto entraron miles de inmigrantes que trajeron acentos, panes, músicas, oficios, esperanzas. En La Guaira se despidieron miles de venezolanos mirando el mar con una mezcla de miedo y esperanza. La Guaira es un muelle emocional: cada llegada y cada partida tiene el olor del salitre.
La naturaleza también ha escrito capítulos brutales. El deslave de 1999 fue un desgarro. La montaña se vino abajo como si quisiera borrar todo lo que el país no había querido ver. Barro, rocas, agua, silencio. La Guaira quedó marcada por ese duelo. Desde entonces, cada lluvia es memoria. Y no hay un venezolano que no sienta que el alma le cruje cuando recuerda aquel dolor de 1999.
Y ahora, el doble terremoto ha añadido una nueva cicatriz. Una cicatriz que no se puede maquillar. La Guaira sufre. Sufre el derrumbe de sus estructuras, sufre la pérdida de vidas, sufre la incertidumbre de quienes quedaron sin hogar, sufre la precariedad de los servicios que ya eran frágiles antes del desastre. Sufre la indiferencia de un gobierno que los primeros días la abandonó. Sufre la sensación de que, una vez más, está sola frente al mar y frente a la montaña.
Pero incluso así, insiste. La Guaira siempre insiste. Entre los escombros hay manos limpiando, voces organizando, vecinos ayudando, pescadores ofreciendo agua, mujeres cocinando para los que perdieron todo. Rescatistas internacionales que acudieron atendiendo el grito de “¡socorro!”. Y un país entero volcado en solidaridad. La Guaira es resiliencia pura, pasión que se niega a ser sólo ruina.
La Guaira importa porque es origen, frontera, cicatriz y advertencia. Porque es pasado, presente y futuro. Porque allí Miranda perdió la patria y Vargas defendió la civilidad. Porque allí el país se abre y se cierra, se quiebra y se recompone. Porque en ese pedazo de costa Venezuela se mira sin filtros y descubre, una y otra vez, quién es realmente.
La Guaira es la patria. Y quien no lo entienda, que se prepare: la patria no es una postal ni un eslogan, es una herida que arde y una lealtad que no admite tibiezas. La patria —esta patria— no se explica: se siente como un golpe seco en el pecho. Y La Guaira, con su sal que muerde y su viento que no pide permiso, es exactamente eso: el recordatorio feroz de que hay lugares que no se negocian, que no se abandonan, que no se traicionan.
Quien no entienda la palabra “patria”, que mire La Guaira de frente. Ahí está la definición: implacable, indócil, nuestra.
Soledadmorillobelloso@gmail.com

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