jueves, 9 de julio de 2026

 

Los hechos no se arrodillan

Soledad Morillo Belloso

El peor error de un gobierno no es equivocarse. Los errores son inherentes a la condición humana y, en política, incluso los más graves pueden ser corregidos si existe voluntad de reconocerlos. El verdadero desastre comienza cuando el poder se enamora de su propia mentira, cuando deja de verla como un instrumento de supervivencia y la convierte en una convicción. Entonces ocurre una metamorfosis peligrosa: ya no se gobierna sobre la realidad, sino sobre una versión imaginaria de ella.


Las consignas no llenan estómagos. Los discursos no reparan obras. Las cadenas de palabras no generan electricidad, ni agua, ni seguridad, ni prosperidad. La propaganda no corrige el desastre; simplemente le coloca una máscara. Es el maquillaje aplicado sobre una herida infectada, el perfume derramado sobre la descomposición. Puede engañar durante un tiempo a quienes observan desde lejos, pero jamás logra alterar la naturaleza de aquello que intenta ocultar.


Porque debajo de cada relato cuidadosamente construido sigue creciendo la grieta.


Y las grietas tienen una costumbre obstinada: nunca permanecen inmóviles. Comienzan siendo apenas una línea delgada sobre la superficie, una fisura que parece insignificante, casi decorativa. Pero siguen avanzando en silencio, atravesando columnas, debilitando vigas, comiéndose los cimientos. Hasta que un día el edificio entero descubre que ya no estaba sostenido por concreto, sino por ilusiones.


Cuando el poder cree que puede sustituir la realidad por relatos edulcorados, deja de gobernar y comienza a actuar. La política deja de ser gestión para convertirse en dramaturgia. Los ministros se transforman en actores. Los voceros, en guionistas. Las ruedas de prensa, en representaciones escénicas destinadas a sostener una ficción cada vez más alejada de la experiencia cotidiana de los ciudadanos.
Los problemas permanecen donde siempre estuvieron. Sólo cambian los decorados. Pero la realidad posee una virtud insoportable para quienes viven de fabricar espejismos: no obedece órdenes.


No se doblega ante decretos. No modifica su naturaleza por una campaña comunicacional. No se conmueve ante los eslóganes. Puede ser negada, censurada, manipulada, escondida detrás de estadísticas complacientes o enterrada bajo montañas de propaganda, pero jamás desaparece. La realidad tiene la paciencia de los océanos y la terquedad de las montañas. Espera. Acumula presión. Guarda memoria.


Y cuando finalmente irrumpe, no lo hace con delicadeza.


Llega como la crecida de un río contenido demasiado tiempo detrás de una represa agrietada. Como el derrumbe de una mina cuyos túneles fueron abandonados. Como el despertar de una deuda que nadie quiso pagar. Todo aquello que se ocultó vuelve multiplicado por el tiempo, por la negación y por la soberbia.
La decadencia política comienza el día en que el poder deja de escuchar y sólo se escucha a sí mismo. Es un proceso lento, casi imperceptible. Primero desaparecen las voces incómodas. Después se castiga la discrepancia. Más tarde se premia la obediencia. Finalmente sólo quedan alrededor del gobernante aquellos que repiten lo que desea escuchar.


Entonces surge la más peligrosa de las enfermedades del poder: la ilusión de unanimidad. Rodeado de aduladores, el gobierno confunde aplausos con respaldo, obediencia con verdad y silencio con aceptación. Cree que la ausencia de críticas es señal de éxito, cuando muchas veces es apenas evidencia de miedo, resignación o agotamiento.


A partir de ese instante ya no administra un país. Administra una fantasía. Mientras tanto, lejos de los despachos climatizados y de los discursos cuidadosamente redactados, la sociedad sigue habitando el mundo real. El ciudadano común no vive dentro de los comunicados oficiales. Vive en la cola interminable, en el salario insuficiente, en la factura impagable, en la incertidumbre cotidiana. Vive enfrentando la escasez, el deterioro y la angustia concreta de llegar al día siguiente.


Ningún vocero puede eliminar esas realidades con una declaración. Ninguna consigna puede borrar la experiencia diaria de millones de personas. Y cuando el discurso oficial insiste en describir un paraíso mientras la ciudadanía habita un desierto, algo profundo comienza a romperse. Se rompe la confianza. Cada mentira abre una grieta. Cada manipulación ensancha la fractura. Cada negación añade otro ladrillo al muro que separa a los gobernantes de los gobernados.


Hasta que llega un momento en que la incredulidad deja de ser una reacción emocional y se convierte en una convicción colectiva. La gente ya no escucha para creer. Escucha para verificar cuánto se distancia el relato de la realidad. Y entonces el daño alcanza una dimensión todavía más grave. La palabra pública pierde valor.


Ya no se deteriora solamente la imagen de un gobierno. Se degrada la credibilidad de las instituciones. Se erosiona la confianza en todo aquello que debería servir de referencia para la sociedad. La sospecha se extiende como humedad por los cimientos de una casa antigua. Primero mancha una pared. Luego otra. Después invade cada habitación. Al final, todo queda contaminado.


La historia está repleta de gobiernos que confundieron propaganda con autoridad. Regímenes que creyeron poder domesticar los hechos mediante decretos, controlar la verdad con censura o reemplazar la realidad mediante campañas de comunicación. Todos terminaron chocando contra el mismo muro. Porque la realidad puede ser retrasada, pero jamás derrotada. Puede ser disfrazada, pero nunca transformada únicamente con palabras. Puede ser perseguida, encarcelada o silenciada, pero siempre encuentra una forma de regresar. Los hechos son persistentes. Son pacientes. Son inexorables. Y siempre terminan pasando factura.


En ese escenario, los medios de comunicación tienen una responsabilidad decisiva. Están llamados a ser espejos, no vitrinas. Su función es reflejar la verdad, incluso cuando resulta incómoda. Especialmente cuando resulta incómoda. Porque cuando los medios renuncian a mostrar los hechos para exhibir únicamente la versión oficial de los acontecimientos, dejan de informar y comienzan a decorar. Se convierten en cosmética. Y ninguna capa de maquillaje, por gruesa que sea, puede curar una gangrena.
Por eso el mayor peligro no es la crisis. Las crisis existen en todas las sociedades y en todos los tiempos. Son inevitables. Lo verdaderamente letal es la soberbia de negar su existencia. Es la arrogancia de creer que el relato vale más que la realidad. Es la pretensión de que la ciudadanía cierre los ojos para no ver aquello que sufre todos los días.


Los problemas reconocidos pueden enfrentarse. Los problemas ocultos se pudren. Y cuando la podredumbre se expande, termina devorándolo todo: instituciones, credibilidad, liderazgo y poder. Comienza consumiendo a la verdad. Termina consumiendo a quienes intentaron enterrarla. Los relatos son humo. Los hechos son piedra. El humo puede elevarse, oscurecer el horizonte y crear la ilusión de volumen. Puede adoptar formas caprichosas y seductoras. Puede engañar durante un instante. Pero el humo siempre se dispersa. La piedra permanece.


Y siempre llega el momento inevitable en que el viento barre la niebla, los reflectores se apagan, el escenario se derrumba y la escenografía cae hecha astillas. Entonces desaparecen los eslóganes. Desaparecen las campañas. Desaparecen los discursos. Desaparecen los artificios. Y sólo queda aquello que nunca pudo ser abolido. Los hechos. Porque los hechos no votan, no negocian, no aplauden ni se intimidan. Los hechos no aceptan sobornos. No firman treguas. No se rinden. Y, sobre todo, no se arrodillan ante nadie.


soledadmorillobelloso@gmail.com



No hay comentarios.:

Publicar un comentario

  Los hechos no se arrodillan Soledad Morillo Belloso El peor error de un gobierno no es equivocarse. Los errores son inherentes a la condic...