El mago se quedó sin conejosSoledad Morillo Belloso
Ahora buscan culpar a los medios y a las redes. Es el reflejo automático de un poder que teme a la luz: elegir un culpable indefenso, señalar al mensajero, acusarlo de revelar lo que ellos intentaron esconder. Como si la información fuera un animal salvaje liberado sin permiso. Pero la verdad es más dura: durante años, Venezuela ha tratado la información como material radiactivo, encerrado en bóvedas, filtrado hasta quedar irreconocible. La prensa ha sobrevivido en pasillos estrechos, con teléfonos intervenidos, con fuentes que hablan desde la sombra, con documentos que se evaporan antes de llegar a manos confiables. Los periodistas operan como cirujanos sin luz: reconstruyen, tantean, descifran. Y aun así, el poder los acusa de no ver con claridad.
La catástrofe ocurrió en un país donde los boletines oficiales llegan tarde, incompletos, maquillados. Donde cada cifra se negocia. Donde cada declaración se pule para no contradecir la narrativa del día. Donde la comunicación pública es un teatro de humo: se anuncia lo que conviene, se oculta lo que incomoda, se inventa lo que falta. En ese ecosistema, ¿qué podía esperarse cuando la tierra tembló? ¿Un sistema de emergencia transparente, rápido, profesional? ¿Un Estado que dijera la verdad sin rodeos? Imposible. Ese Estado lleva años entrenándose para lo contrario.
Por eso ahora culpan a los medios y a las redes. Porque, como pudieron, desnudaron la farsa. Porque mostraron lo que el poder quiso esconder. Porque revelaron lo que los comunicados oficiales jamás admitirían. Porque en medio del caos, mientras el Estado se atrincheraba en su silencio, fueron ellos quienes encendieron pequeñas luces, dispersas pero suficientes, para que el país entendiera la magnitud del desastre. Y eso, para el poder, es imperdonable.
La libertad de información es un derecho, no una concesión. Es la columna vertebral de cualquier sociedad que aspire a vivir sin miedo. Permite que la verdad circule, que la mentira se detecte, que la farsa se exhiba. Impide que la oscuridad se vuelva norma. Por eso la atacan, la restringen, la culpan. Porque saben que una sociedad informada no se arrodilla.
Culpar a los medios y a las redes es la torpeza de quien sabe que la verdad lo incrimina. Es el gesto de un régimen que prefiere romper el interruptor antes que admitir que la oscuridad es obra suya. Pero la oscuridad tiene memoria. Sabe quién apagó la luz. Sabe quién cortó los cables. Sabe quién decidió que un país entero debía vivir a tientas. Y ahora, en esa misma oscuridad, la farsa quedó expuesta.
La mentira es un animal cansado. Llega con ímpetu, como un caballo desbocado que parece invencible. Puede arrastrar a muchos, puede sostener un país por un tiempo. Pero no sabe cargar peso: no tiene huesos, no tiene columna. Es músculo tembloroso y espuma en la boca.
Se puede engañar a una persona una vez. Se puede engañar a todas una vez. Pero no se puede engañar a todas siempre: la mentira se fatiga, se le quiebra la respiración, empieza a oler a óxido.
La verdad, en cambio, es paciente. Avanza como el agua que se filtra por las grietas de un muro viejo: sin prisa, pero sin pausa. Cuando llega, no pide permiso. Se instala. Se queda.
Las sociedades lo saben, aunque lo olviden. La mentira oficial puede durar años, puede disfrazarse de patria, puede ocupar balcones y plazas. Pero siempre llega el día en que la gente ve el truco. El mago se queda sin conejos. La cortina se descose. El telón cae y deja ver la maquinaria oxidada detrás del espectáculo.
La mentira es un edificio sin columnas. La verdad es la luz que siempre llega. Y cuando llega, ilumina.
Soledadmorillobelloso@gmail.com
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