viernes, 31 de julio de 2026



Compartido con: PúblicUn nuevo CNE “puro, virgen y santo”

Un nuevo CNE: "Puro, virgen y santo"

Nombrarán un nuevo CNE. Imaginarlo “puro, virgen y santo” es un acto de fe para ingenuos. Un estampita para calmar a quienes aún creen que las instituciones se purifican por milagro. En Venezuela, pedir un árbitro inmaculado equivale a exigirle a un buitre que cante como colibrí: no ocurre, y creerlo revela una peligrosa inocencia frente al poder.
La pureza institucional fue degollada hace décadas en mesas donde cada actor reclamó operador, cuota, llave, infiltrado. La virginidad se evaporó en la primera elección donde el árbitro prefirió mirar hacia otro lado mientras el poder hacía lo suyo: torcer, presionar, intimidar, comprar, amenazar. La santidad, por su parte, exige virtud, y la virtud no respira en un ecosistema donde la obediencia es norma y la decencia, accidente.
Un CNE sin manos ajenas en la masa es imposible: aquí la masa siempre está sobada. Un CNE “virgen” sería uno jamás usado, violado, intervenido, manipulado, sobornado o convertido en herramienta. ¿Virgen? En este país, ni los pen drive en paquete sellado son vírgenes. La virginidad institucional se perdió en una noche larga de un ardiente verano de pactos y silencios. Y un CNE “santo” sería uno capaz de resistir tentaciones y chantajes. Esa tríada —pureza, virginidad, santidad— pertenece a la liturgia, no a la política venezolana.
La verdad —la que arde, la que deja hierro en la lengua— es que el árbitro electoral nace del barro: negociación, miedo, cálculo, chantaje, equilibrio entre fuerzas que se detestan incluso cuando fingen ser aliadas. Pretender que ese barro huela a incienso es infantil. Aquí no sobreviven los inocentes: sobreviven los que muerden.
Y ahora ese nuevo CNE deberá avanzar por el purgatorio. No caminará entre flores ni entre monjas. Se moverá entre cenizas, entre almas suspendidas, entre criaturas demasiado culpables para el cielo y demasiado tibias para el infierno. El purgatorio es territorio de culpa en pausa, fuego que arde sin consumir, decisiones que huelen a humo viejo. Allí el nuevo CNE no será “puro, virgen y santo”: será un cuerpo marcado, cargado de cicatrices, silencios, pactos y omisiones. Un árbitro que sabe que cualquier gesto puede ser pecado, cualquier movimiento, condena.
Porque el purgatorio es eso: la zona donde nadie confía del todo y nadie controla del todo. Un espacio donde el CNE será vigilado como reo, observado como sospechoso, auditado como pecador reincidente. Sin inocencia celestial ni impunidad infernal. Sólo la incomodidad de estar en medio, rodeado de ojos, presionado por quienes lo quieren útil y por quienes lo quieren dócil.
Lo único viable —y lo único que ha funcionado en países con instituciones erosionadas— es un organismo electoral acorralado. Un organismo que no pueda moverse sin sentir un aliento en la nuca. Que tema equivocarse porque sabe que cualquier error será abierto en canal. No santo, sino aterrado. No virgen, sino expuesto. No puro, sino obligado a la transparencia por falta de escapatoria.
En circunstancias como las que transitamos, la credibilidad no nace de la virtud: nace del miedo. Miedo a ser descubierto, denunciado, desnudado. Miedo a que la presión pública pese más que la presión del poder. Un árbitro confiable no es un árbitro bueno: es un árbitro vigilado. La democracia no se sostiene en milagros, sino en mecanismos que impiden que alguien robe la partida.
Ya se han filtrado los repartos: dos cargos para un bando, uno para el otro, un cuarto para el que va a pelear y un quinto presentado como “impoluto”, esa figura supuestamente aséptica que sirve para que todos finjan equilibrio mientras negocian en la sombra. Los nombres no importan. Importa de dónde vienen y quiénes les dan silla. Ese rector “puro” es el mito más útil: el comodín que los actores exhiben para justificar el reparto, la coartada. Pero en un país donde la neutralidad se usa como disfraz, ese quinto puesto no es un altar: es un botín envuelto en celofán. Un “impoluto” que llega ya marcado, ya observado, ya sospechado, porque en este juego nadie entra limpio y nadie sale intacto.
La pregunta por un CNE angelical es una distracción. La pregunta adulta —la que importa— es cómo construir un árbitro que no pueda traicionar sin pagar un altísimo precio. Eso se logra con conflicto, vigilancia obsesiva, auditorías brutales, ciudadanos que no se traguen cuentos y actores políticos que no se duerman con promesas de pureza. En el purgatorio, la única brújula es la transparencia forzada. La única defensa, el escrutinio. La única salida, evitar el descenso. El resto es ingenuidad.
Ah, y los rectores salientes, esos se irán “como si nada”. Y no sorprendería que hasta fueran condecorados, en pomposo acto, con la “Orden Libertadores y Libertadoras de Venezuela”.
Soledadmorillobelloso@gmail.com

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