martes, 21 de julio de 2026

 La ética del decente



La corrupción es un animal nocturno que avanza sin prisa, como una sombra que aprende a imitar la forma de las cosas. No ruge ni muerde: erosiona. Se desliza por las rendijas del Estado, se instala en sus paredes como humedad oscura, trabaja como termita silenciosa hasta que un día la casa entera se desploma sin que nadie haya escuchado el primer crujido. Es un incendio sin llamas, una brasa fría que devora sin calor y convierte lo vivo en ceniza lenta.


Pero no es sólo metáfora. La corrupción mata. Mata gente. Mata cuerpos que nunca llegan al hospital porque el presupuesto se evaporó. Mata niños que no reciben medicinas porque alguien decidió que su bolsillo valía más que la vida. Mata familias enteras cuando un puente se cae, cuando una escuela se desploma, cuando un río arrasa porque la obra que debía contenerlo quedó en planos falsificados. Mata en silencio, pero mata. Su violencia es la más cobarde: la que se ejecuta con una firma, la que se perpetúa con un silencio, la que se normaliza con una excusa.


El corrupto es su guardián y su pastor. No siente culpa porque hace tiempo rompió el espejo donde podría verse. Camina entre ruinas sin notarlas, como quien atraviesa un bosque sin escuchar el crujido de las ramas. Para él, los otros no son personas: son sombras, cifras, obstáculos, murmullos que nunca alcanzan a convertirse en voz. Su brújula apunta hacia adentro, hacia el borde de su propio bolsillo. En su reino, la moral es un animal extinguido.


Pero su violencia no se conforma con destruir: quiere compañía. El corrupto trata de hacer de la sociedad su cómplice porque sabe que su poder no reside sólo en lo que roba, sino en lo que logra que los demás toleren. Necesita que la gente respire su aire hasta que ya no distinga dónde empieza la podredumbre y dónde termina la normalidad. No pide complicidad explícita; la insinúa. La ofrece como un atajo, como una solución rápida, como una forma de “resolver”. La primera concesión es una grieta, y por esa grieta entra todo lo demás.


La sociedad empieza a caminar con él. A justificar. A mirar hacia otro lado. A decir “así es”, “qué más da”, “todos lo hacen”. Y en ese momento, la sombra se vuelve ambiente. La violencia se vuelve paisaje. El corrupto sonríe porque ha logrado lo que quería: ha convertido a la gente en parte del mecanismo. Ha hecho que la inmundicia parezca natural, inevitable, casi cómoda. Ha logrado que la muerte que deja atrás se vuelva estadística, no tragedia; ruido, no grito; paisaje, no crimen.


La corrupción es violencia porque hiere sin tocar, porque asesina sin mancharse las manos, porque destruye sin hacer ruido. Es un eclipse permanente donde el sol no desaparece de golpe, sino que se va apagando como una vela que se consume sin que nadie la sople. Y el corrupto, en su ceguera voluntaria, camina entre esas cenizas como si fueran alfombra. Quiere que todos caminen con él. Quiere que la sombra sea compartida. Quiere que la culpa desaparezca en la multitud.


La corrupción es ese animal nocturno que avanza sin prisa, que erosiona, que deshace, que convierte lo vivo en ceniza lenta. Pero su sombra es muerte. Muerte que se firma, que se autoriza, que se omite. Muerte que se vuelve estadística cuando la sociedad acepta caminar a su lado. 


La ética del decente, esa brasa permanece, incluso en la noche más espesa, negándose a extinguirse. Es la conciencia que resiste, la voz que rehúsa domesticarse, la mirada que no se desvía. En ese fulgor mínimo, el decente reconoce su fuerza y la afirma frente a la inmoralidad del corrupto. Allí nace la luz. Allí se fractura el pacto oscuro. Allí comienza el país que decide no ser cómplice.


Soledadmorillobelloso@gmail.com


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