La muerte de un mito
La revolución bolivariana y el socialismo del siglo XXI construyeron un relato que, durante años, pareció envolverlo todo: un país que despertaba, una justicia social que por fin se hacía carne, una épica que prometía redimir a los olvidados. Ese éxito, repetido ad nauseam en cadenas, discursos y consignas, no fue más que un mito bien contado, una farsa. Un mito seductor, sostenido por la renta petrolera y por una maquinaria comunicacional que sabía convertir cada gesto en símbolo y cada símbolo en prueba de una transformación que nunca terminó de cuajar.
Durante los años de bonanza, el Estado se expandió como una sombra gigantesca que prometía protección. Las misiones sociales se multiplicaron, la Gran Misión Vivienda Venezuela entregó hogares que parecían anunciar un futuro distinto, y la narrativa oficial insistía en que el país había encontrado su camino, cuando en realidad se estaba escribiendo el relato de una tragedia. La revolución se narraba a sí misma como una gesta heroica, como la llegada de un modelo que ponía a los pobres en el centro. Y mientras el petróleo financiaba esa expansión, el mito parecía sólido, casi irrefutable.
El éxito era un espejismo. Un “mirage” sostenido por precios del petróleo extraordinarios, una concentración de poder que no admitía correcciones y una estructura institucional que se debilitaba mientras el relato se fortalecía. Y, sobre todo, por una corrupción que llegó a niveles nunca antes vistos. La revolución, que se presentó como cruzada moral, terminó incubando redes de saqueo que atravesaron ministerios, empresas públicas, cuerpos de seguridad, programas sociales y la industria petrolera. La corrupción se volvió sistema, método, cultura. Se normalizó. Se justificó. Se escondió detrás de una fantasía plagada de hipérboles y falacias.
De esa corrupción emergió algo más profundo: una casta. Una élite política y económica -con todos los defectos de las anteriores y ninguna de sus cualidades- que se apropió del Estado, que convirtió la administración pública en botín de corsarios, que transformó la lealtad partidista en moneda de acceso, que vivió -y vive- en una burbuja de privilegios mientras el resto del país se hundía en la precariedad. Esa casta se blindó con poder, cuantiosos recursos y sólida impunidad. Se volvió la antítesis de todo lo que la revolución tanto decía defender.
En ese proceso, el mito barrió con la industria petrolera. La empresa que durante décadas había sido el corazón económico del país quedó reducida a una estructura debilitada, endeudada, corroída por la corrupción y la improvisación. La narrativa del éxito justificó decisiones que desmantelaron capacidades técnicas, expulsaron talento, destruyeron meritocracia y convirtieron a la principal empresa del país en un feudo político y de depredadores.
Cuando la bonanza terminó, el mito comenzó a mostrar sus grietas, sus graves falencias. Lo que había sido presentado como transformación profunda reveló su fragilidad y su podredumbre. La narrativa épica no pudo ocultar más la realidad: el modelo dependía de una riqueza volátil, de una maquinaria comunicacional que necesitaba repetir mentiras y de una estructura corroída por la corrupción que devoraba recursos e instituciones.
Y entonces llegó el terremoto. La tierra se movió con una violencia que no sólo derribó edificios: derribó ficciones. El terremoto volvió añicos el relato. Bastó un minuto de sacudida para que todo lo que se había sostenido en palabras y consignas se revelara como lo que era: una estructura frágil, sostenida por la renta petrolera, por la corrupción institucionalizada y por la necesidad emocional de creer en una transformación que nunca terminó de materializarse.
La emergencia dejó al descubierto la precariedad acumulada, la irresponsabilidad gubernamental, la improvisación, el abandono de infraestructuras críticas, la fragilidad de un sistema que durante años se sostuvo más en narrativa que en gestión. El Estado, que se había presentado como protector absoluto, quedó reducido a un aparato lento, descoordinado, incapaz de responder con la rapidez que exige la tragedia. La épica no sirve para levantar escombros ni para rescatar vidas.
Hoy, la realidad es un territorio donde el mito ya no encuentra espacio para esconderse. La crisis económica prolongada, la migración masiva, la destrucción del salario, el desastre de los servicios públicos y la informalidad absoluta contradicen la historia que se contó durante tanto tiempo. A eso se suma una corrupción que sigue operando como ácido silencioso, succionando como sanguijuela y tratando de controlar cualquier intento de reconstrucción. El país vive en modo sobrevivencia; cada familia inventa soluciones que antes correspondían al Estado.
El terremoto no reveló: corroyó. Disolvió la fachada y dejó expuesto un aparato institucional reducido a escoria, un poder central que había calcificado toda iniciativa, una corrupción que había convertido el sistema en una carcasa hueca. El mito del éxito no se desvaneció: se pudrió. No fue derrotado por argumentos, sino por una realidad que lo oxidó hasta hacerlo irreconocible.
La sabiduría popular lo resumió con su filo habitual: desnudo la mentira de la eterna frase “no hay muerto malo ni novia fea". Porque el mito ahora muerto era bien malo, y la novia que deja es bien fea. Fea en su precariedad, en su abandono, en su ruina institucional, en su pobreza extendida, en su fractura social. Fea porque obliga a mirar de frente lo que se evitó durante años: que el país quedó atrapado en una historia que nunca fue verdad, y que ahora debe reconstruirse desde los escombros de una ficción.
Lo que queda ahora es un país que mira hacia atrás con incredulidad y cansancio. Un país que entiende que el éxito de la revolución bolivariana sólo fue un relato, no una estructura. Que el socialismo del siglo XXI fue una promesa sostenida por mentiras, no un modelo capaz de resistir la prueba de la realidad. Cuando la tierra se movió, lo que se cayó no fue sólo concreto: fue el relato que se había contado durante dos décadas.
El mito ha muerto. Y nos dejó la carne abierta. Se pudrió sobre nosotros, nos llenó de hollín el pecho, nos hizo respirar años enteros un aire que raspaba como vidrio molido. Fue la estafa más vasta, más cruel, más humillante: nos arrancaron futuro, nos quebraron la voz, nos hicieron caminar con el alma en carne viva. La revolución usó las manos para robar, las patas para destruir y la boca para mentir.
Que Venezuela no olvide jamás estos años: que le marquen la piel como una cicatriz que se niega a cerrar, que le atraviesen la memoria como un clavo ardiente que perfora hasta el hueso, que cada amanecer le muestre la verdad por haber confiado en un espejismo que terminó devorándonos con la precisión de un verdugo.
Y con esa memoria, con un “nunca más” tatuado en la piel, hay que reconstruir desde lo que quedó: ruina, furia, un país que respira porque no sabe rendirse.
Soledadmorillobelloso@gmail.com
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