Primero de agosto
Ser, o dejar de ser: he ahí la encrucijada. La batalla entre soportar el peso del dolor o rendirse ante la sombra que se extiende más allá de lo que la vista alcanza a distinguir en el horizonte.
No es un congresillo. Y, sin embargo, huele a algo que quiere parecer más grande de lo que por ahora es. Esa instancia híbrida —esa criatura administrativa nacida de la necesidad y no de la arquitectura constitucional— es apenas un espacio de trabajo, un punto de encuentro entre dos legitimidades exhaustas que buscan un modo de coexistir sin declararse la guerra y sin escribir la palabra “tregua”. No legisla, no representa, no sustituye. Es un puente improvisado sobre un río que ya no admite más naufragios.
Pero su instalación ocurre en un momento que no es casual. No hay “serendipity”. Coincide —y esa coincidencia nunca es casual en política— con la llegada a Venezuela de un contingente de tres mil técnicos y personal militar estadounidense, oficialmente para tareas de cooperación, asistencia y estabilización operativa. Tres mil cuerpos, tres mil pares de ojos, tres mil rutinas disciplinadas insertadas en un país que lleva años funcionando a gritos y sobresaltos. Tres mil presencias que, sin disparar un solo tiro, alteran la geometría del poder. Inexistentes los “soldados de la patria”, esos tres mil serán recibidos por civiles y uniformados con banderitas y vítores. Alguien, con ingenio, que de eso todavía hay en abundancia, sacará una pancarta con la paráfrasis “Thank God is Saturday”. Y una voz amenizará con un verso adaptado: “Los marines llegaron ya, y llegaron bailando el ricachá…”
La instancia híbrida nace porque el tablero se mueve. Cuando Washington entiende que ya no puede seguir administrando la relación con Venezuela desde la distancia y envía músculo técnico, inteligencia logística, personal especializado en infraestructura crítica, comunicaciones, seguridad de instalaciones y control de daños. No es una invasión, no es un desembarco bélico. Es otra cosa: una señal. Una advertencia silenciosa. Un recordatorio de que los vacíos institucionales siempre terminan siendo ocupados por alguien.
La instancia híbrida, entonces, aparece como un dispositivo de contención. Un espacio para evitar que la transición —esa palabra que todos pronuncian y nadie define— se convierta en un caos aún más ingobernable. Es un mecanismo para administrar la descomposición sin que se note demasiado. Para darle forma a lo que ya existe de facto: dos estructuras políticas que no pueden eliminarse mutuamente y que, por primera vez, aceptan que necesitan un punto de contacto.
No es un congresillo. Es un síntoma. Una pieza colocada en el tablero justo cuando un actor externo introduce tres mil razones para que nadie se equivoque de cálculo. Una mesa (palabra que da grima) que intenta ordenar el ruido mientras el país, sin saberlo del todo, entra en una fase en la que la presencia extranjera deja de ser discurso y declaración de voceros y pasa a ser status quo.
¿Transición? ¿Hacia dónde, hacia qué, con quiénes?
soledadmorillobelloso@gmail.com
No hay comentarios.:
Publicar un comentario