sábado, 18 de julio de 2026

 

Javier Negre y la presidente encargada: Una entrevista inútil

La entrevista de Javier Negre a Delcy Rodríguez avanzó como un barco que prometía atravesar una tormenta y terminó navegando por aguas cuidadosamente calmadas. Frente a una de las figuras más controvertidas de la política venezolana, la conversación pareció renunciar muy pronto a la tensión que da sentido al periodismo. No hubo el choque de corrientes que obliga a las palabras a revelar lo que esconden; hubo, más bien, una larga avenida pulida y despejada para que el discurso oficial caminara sin sobresaltos ni escollos. Una conversación coreografiada.

Negre tuvo delante una montaña de preguntas difíciles, una cordillera completa de contradicciones, responsabilidades y asuntos incómodos. Sin embargo, eligió rodearla en lugar de escalarla. Las respuestas de Rodríguez caían una tras otra como piedras lanzadas sobre un lago inmóvil, sin que apareciera la segunda pregunta, esa repregunta imprescindible que obliga a profundizar, a explicar, a justificar. La entrevista dejó la impresión de que cada afirmación encontraba refugio antes de ser sometida al desgaste de la duda. Hubo ausencia de confrontación y de repreguntas incisivas. 

Lo más llamativo no fue lo que se dijo, sino lo que quedó suspendido en el aire, como un fantasma que recorrió la conversación sin encontrar quien lo nombrara. La función del entrevistador no consiste en prestar un micrófono; para eso basta un atril. Su tarea es convertirse en el fiscal de la realidad. No está allí para compartir el escenario con el poder, sino para interponerse entre el relato del poder y la credulidad del público. Debe preguntar, pero sobre todo debe dudar. Debe escuchar no sólo las palabras pronunciadas, sino también los silencios, las evasivas y los huecos que se abren entre una frase y la siguiente.

Una entrevista política adquiere valor cuando las respuestas encuentran resistencia. La pregunta abre una puerta; la repregunta ilumina la habitación. El periodista debe perseguir las contradicciones como un sabueso sigue un rastro, regresar una y otra vez sobre los puntos oscuros e impedir que las explicaciones se transformen en cómodos refugios. Cuando renuncia a esa tarea, la entrevista deja de ser una exploración y se convierte en una visita guiada.

Y eso fue lo que ocurrió. Negre acompañó el relato más que examinarlo. La presidente encargada  habló, explicó, argumentó y proyectó la imagen que deseaba proyectar. El reflejo apareció nítido porque casi nada golpeó el cristal. Negre no halló —no quiso hallar—  las grietas por donde entraran la sospecha, el contraste o la verificación. Por esa razón, la entrevista no fue una investigación periodística, sino una plataforma desde la cual la entrevistada pudo desplegar su narrativa sin resistencia crítica. 

La paradoja es que el principal valor de una entrevista así era precisamente el acceso. Conseguir sentarse frente a una figura de semejante relevancia política constituye un privilegio periodístico extraordinario. Pero el acceso, por sí solo, no produce conocimiento. Es apenas una llave. Y una llave resulta inútil cuando quien la sostiene abre la puerta para limitarse a contemplar el umbral. La cercanía al poder sólo se justifica cuando sirve para arrancarle respuestas que de otro modo no entregaría.

En una entrevista de esta naturaleza, el periodista debe actuar como un cincel frente al mármol. Cada pregunta tiene que ser un golpe destinado a revelar formas ocultas. Cada repregunta, un intento de romper la capa de piedra que protege la versión oficial. Pero si el cincel apenas acaricia la superficie, termina ayudando a pulir la estatua que el poder desea exhibir.

Al final, la sensación que deja esta conversación es la de una espada exhibida en una vitrina: brillante, visible y cuidadosamente iluminada, pero incapaz de cortar. Una entrevista que prometía descender a las profundidades y acabó deslizándose por la superficie. Una entrevista que confundió acceso con escrutinio, presencia con periodismo y proximidad con verdad.

Una entrevista inútil. Un monumento a la renuncia periodística. No sirvió para informar, no sirvió para esclarecer, no sirvió para interpelar al poder. Sirvió, apenas, para exhibir lo que ocurre cuando un entrevistador abdica de su oficio. Eso no es periodismo; es otra cosa, una palabra mucho más incómoda y mucho menos noble. Lejos de merecer reconocimiento como pieza informativa, debería conservarse como material de estudio obligatorio en las escuelas de comunicación: no como ejemplo de excelencia, sino como advertencia. Como la negación misma de la entrevista. Como el manual perfecto de todo lo que un periodista no debe hacer cuando finalmente tiene al poder sentado frente a él.

soledadmorillobelloso@gmail.com



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