La película del poder
Hay gobiernos que llegan impulsados por ideas. Hablan de libertad, justicia, igualdad, orden o revolución. Prometen un destino colectivo y ofrecen una visión de futuro. Pero existe una forma de poder más inquietante: la que ya no cree en nada fuera de sí misma.
Es un poder que deja de mirar el horizonte para contemplarse en el espejo. Ya no busca transformar la realidad según principios; busca moldear la realidad para asegurar su propia continuidad. No tiene causa. Tiene instinto de conservación.
Cuando eso ocurre, las ideas se vuelven vestuario. Se las usa y descarta según la conveniencia del momento. Hoy se invoca la sensibilidad social; mañana la seguridad; pasado mañana la unidad nacional. El contenido es irrelevante. Lo único permanente es la necesidad de permanecer.
La señora presidenta encargada representa precisamente esa lógica. Resulta difícil ubicarla en una tradición política definida porque sus movimientos no responden a una doctrina reconocible, sino a la construcción constante de su propia figura. El proyecto es ella misma. La narrativa comienza en ella y termina en ella.
La historia conoce bien este fenómeno. Muchos gobernantes terminaron sustituyendo la causa que decían representar por el culto a su propia imagen. Las banderas permanecían en lo alto; los principios quedaban abandonados en el camino.
El problema estriba en que las instituciones dejan de ser límites al poder para convertirse en accesorios del poder. Tribunales, parlamentos, organismos y partidos dejan de actuar como contrapesos y pasan a funcionar como escenografía. La política deja de ser debate para convertirse en representación.
Y toda representación necesita un protagonista.
Por eso el poder sin convicciones suele ser más peligroso que el poder ideológico. Una ideología, incluso equivocada, impone cierta coherencia y obliga a justificar decisiones. Pero cuando la única doctrina es la supervivencia política, la permanencia en el poder a cualquier costo, toda contradicción encuentra una excusa y toda maniobra una justificación.
Es un asunto de personalismo. La lealtad a los principios es reemplazada por la lealtad a la persona. La crítica se presenta como traición. La discrepancia se convierte en amenaza. El gobernante no es un servidor público; se presenta como intérprete exclusivo de la nación.
La consecuencia es devastadora. La sociedad deja de discutir ideas y comienza a disputar devociones. Los ciudadanos se dividen entre seguidores y adversarios. La razón retrocede. La emoción ocupa su lugar.
Esa tendencia se vuelve especialmente obscena frente a las tragedias.
Porque allí donde el dolor debería imponer humildad, el poder personalista suele detectar una oportunidad. Allí donde las víctimas deberían ocupar el centro, aparece la autoridad. Allí donde el homenaje exige silencio, emerge la escenografía.
Los actos encabezados por la señora presidenta encargada tras el terremoto transmiten precisamente esa sensación. No son concebidos para honrar a las víctimas ni para destacar la entrega de rescatistas, bomberos, médicos y ciudadanos anónimos. Todo está organizado para que la atención termine convergiendo en el mismo punto: la figura presidencial.
Las cámaras deberían buscar los rostros cansados de quienes removieron escombros, de quienes salvaron vidas, de quienes ofrecieron ayuda sin esperar reconocimiento. Sin embargo, la escena dirige la mirada hacia otro lugar: el centro del escenario político.
Y allí aparece el verdadero problema.
La tragedia deja de ser una experiencia colectiva para convertirse en recurso narrativo. El duelo se transforma en espectáculo. El homenaje en plataforma. La solidaridad en utilería.
Todo está cuidadosamente montado. Las palabras están en un libreto. Los gestos son ensayados. La escenografía dirige el mensaje. La vestimenta comunica. Las tomas buscan el ángulo perfecto. Nada es espontáneo porque la espontaneidad no controla el relato.
La tragedia funciona como telón de fondo.
El protagonista es otro.
Por eso cada acto de memoria es una producción política cuidadosamente dirigida. No es un homenaje, sino una puesta en escena. No es una expresión de servicio sino una estrategia de visibilidad.
Es una película.
Y como ocurre en toda película edificada alrededor de una sola estrella, lo importante no es la historia de quienes sufrieron. Lo importante es que el protagonista nunca abandone el centro de la pantalla.
Esa es la expresión más nítida del poder sin principios: cuando ya no representa una causa, sino una imagen. Cuando la cámara importa más que la compasión. Cuando la exposición vale más que el servicio. Cuando la presencia desplaza al propósito.
Porque el poder que deja de servir a una idea termina sirviéndose de todo: de las instituciones, de la esperanza, del miedo y hasta del dolor colectivo.
Y cuando una nación permite que sus tragedias se conviertan en escenas de promoción del poder, corre el riesgo de descubrir demasiado tarde que ya no está viendo la realidad.
Está viendo la película del poder.
soledadmorillobelloso@gmail.com
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