El mecanismo
No encuentro símil más preciso que un ring de boxeo. Pero no uno glorioso. Nada del Madison Square Garden, o Las Vegas, nada que huela a grandeza. Será un cuadrilátero montado en una oficina cualquiera con las cuerdas tan flojas que parecen de tendedero y un sudor con olor que ya se conoce. El “mecanismo” del primero de agosto nacerá allí: un espacio donde el poder sube con vendas viejas, la oposición con moretones, y un réferi que cobra caro por sus servicios.
Se dice que el guion viene escrito desde afuera. Y tiendo a pensar que así es. Error. El país lo detectará con la rapidez de un perro callejero oliendo comida rancia: inmediato, desconfiado, certero. La historia —esa maestra que nunca falla— demuestra que aquí los libretos importados no sobreviven ni dos escenas. Se les nota el acento, la ingenuidad de “La pequeña casa de la pradera”, la torpeza para entender que en Venezuela cada puñetazo tiene genealogía y cada cicatriz tiene dueño.
En política —lo sabe hasta un parvulario— nada es inocente y nada es neutro. Tiene tres elementos: pasión, miedo e intereses. Ese mecanismo no es un trámite: es una puesta en escena donde los actores ya se conocen las fintas, los trucos, los golpes, y ya no sorprenden a ningún venezolano cedulado. Por eso ese silencio de película de suspenso de baja factura no es más que una estratagema torpe. En ese mecanismo todos quieren el control escénico y ninguno tiene con qué sostenerlo. De nada sirve la guerra de comunicados y, además, despierta a los dioses de la sospecha.
¿Es un mecanismo para ganar tiempo? ¿Es innovación o funciona como un muro disfrazado de ventana? ¿La oposición designada a dedo está dispuesta a todo?
¿Es el reflejo de un poder que teme a las grietas y también el intento de un tutor que quiere aparentar control mientras esconde años de fallos? Que allá afuera llevan años escuchando reclamos y leyendo informes y no pueden hacerse ahora los sorprendidos. Aquí no está pasando nada que no haya sido advertido ad nauseam.
El país está atento. Vigilante. Saturado, harto, cansado, y presto a la insolencia. Conviene que los actores entiendan que cuando la sociedad hierve, cualquier estructura se vuelve un territorio de disputa. Quienes diseñaron el mecanismo no controlan la temperatura de la población. Y hasta parece que el termómetro se lo dejaron en el bolsillo de otra chaqueta.
En ese cuadrilátero se medirá quién tiene legitimidad, quién tiene poder real y quién sólo tiene micrófonos; quién representa algo y quién sólo amplifica su propio ego. El primero de agosto comienza un examen de madurez política, versión sin anestesia, en español y en inglés. Y el facilitador —o como quieran llamarlo— si algo falla, dejará que las culpas recaigan sobre otros.
El mecanismo arranca con un craso error de diseño: sin María Corina, sin Edmundo, sin una representación real de la Plataforma Unitaria, han dejado por fuera nada menos que a la sociedad venezolana. Y al hacerlo, lejos de debilitarlos, los fortalecen. Si el país ya los respaldaba, ahora lo hará más. Si querían apagarles la luz, pues les pusieron encima un reflector. “Politics for dummies”. Han excluido a quienes podían darle peso y piso político al mecanismo.
Ya veremos si el liderazgo opositor entiende su razón de estar en ese mecanismo y si le ha caído la locha: que el país no comprará simulacros, que distinguirá entre negociación y teatro, entre institucionalidad y escenografía barata. Ya veremos si el mecanismo reconfigura el tablero o si alguien —dentro o fuera— intenta congelarlo para que nada se mueva y todos sigan en sus puestos, como figurines en una vitrina polvorienta. Ya veremos si quienes allí se sienten tienen voluntad de país o sólo voluntad de permanecer sentados en la misma silla, aunque esté rota y ya ni sostenga el peso de discursos.
Porque esta vez, ah esta vez, la medición del éxito no está en la estructura ni en la promesa y mucho menos en el discurso: está en el resultado. No habrá espacio para excusas. No se aceptarán peros ni pretextos. Ya pronto sabremos si el ring sirve para pelear de verdad o si es sólo otro escenario para repetir ruidos, con guantes nuevos marca “Trump”.
Una cosa es la agenda —con puntos indispensables que no admiten rebajas, ni ofertas engañosas ni medias tintas— y otra muy distinta es la meta: una Venezuela libre, democrática, soberana y gobernada “con el pueblo, para el pueblo y por el pueblo”.
La política es un terreno donde los actores se venden como árboles frondosos, pero la verdad está en la cosecha. “Por sus frutos los conoceréis”. No importa el discurso, la etiqueta, la épica ni el eslogan: importa lo que producen. Un dirigente puede hablar de democracia mientras practica la exclusión; puede prometer renovación mientras repite los mismos vicios que adversa; puede jurar estabilidad mientras el país vive en sobresalto. Pero los frutos delatan. Los negociadores siempre dejan rastros. En los gestos, en las decisiones, en las consecuencias que caen sobre la gente. Esos rastros hablan más que cualquier declaración. Y la sociedad, cansada de hojas secas y adornos, ya aprendió a talar, desde la raíz, los árboles estériles. Amanecerá y veremos.
Soledadmorillobelloso@gmail.com
No hay comentarios.:
Publicar un comentario