Top secret
Trece o catorce mil millones de dólares (y aumentando cada día): para Estados Unidos son tres gotas que resbalan por el borde de un vaso gigante, un vaso conectado a un océano que nunca se agota. Caen, brillan un instante y desaparecen sin dejar marca. Allá el dinero cae como lluvia sobre un lago: sin ruido, sin drama, sin historia. Y sin urgencia. Porque en una economía que mueve más de 28 billones (millones de millones) de dólares, esas gotas no alteran la marea. Así que no veo a santo de qué podría estar interesado Estados Unidos en quedarse con esos reales.
Para Venezuela, en cambio, esa cifra es un tronco de palo de agua en medio de un largo y ardiente verano. A tenerlo claro: ese dinero nació aquí, en nuestros pozos, en ese subsuelo que ha sido bendición y condena. Son dólares provenientes de ventas de petróleo venezolano, de barriles que cruzaron fronteras mientras el país se quedaba sin luz, sin agua, sin rumbo. Es riqueza que salió de la tierra y no ha vuelto a la tierra que la produjo.
El problema está en que lo que hace Estados Unidos con ese dinero no es resguardarlo en transparencia, sino en opacidad. Una opacidad burocrática que funciona como niebla espesa: uno sabe que algo está allí, pero no distingue las formas. Ese dinero está guardado en un cuarto sin ventanas, vigilado por custodios que no hablan, protegido por memorandos con el sello “top secret” que nadie fuera del sistema puede leer. Es un sótano administrativo donde las llaves cambian de mano sin que el público se entere. No es misterio: es penumbra.
Pero (hay pero) lo que ocurriría si ese dinero llegara al llamado “gobierno encargado” no pertenece al reino de la duda. Allí no hay penumbra: hay certeza. Porque en ese ecosistema político los ladrones no improvisan: son artesanos del saqueo, profesionales del desvío, especialistas en evaporar recursos públicos con la velocidad de un truco de feria. Si ese dinero llegara a esas manos, no pasaría una madrugada, con o sin canto de gallos, para que se esfumara. No se perdería: lo devorarían. Con hambre, con oficio, con la precisión de quienes han convertido el saqueo en rutina.
Entonces, donde algunos ven dilema, pues no lo hay. Ese dinero “bajo resguardo” es venezolano, no de la administración Trump ni del gobierno encargado de Delsy. No es botín, no es excedente, no es regalo: es riqueza nacional atrapada en un limbo político donde unos la esconden y otros la habrían saqueado antes del amanecer.
La tragedia es esta: Estados Unidos puede perder esas gotas sin que el vaso tiemble. Venezuela no puede perder ese sol sin que la noche se haga más larga.
Ese dinero —nuestro, petrolero, arrancado del subsuelo— es hoy una valiosa criatura encerrada. En un país, el de Trump, la mantienen en sombras. En el otro, el de la presidente encargada, la habrían desollado antes del amanecer.
Por eso tiene razón María Elvira Salazar cuando exige que la administración de Trump rinda cuentas. No es un gesto partidista ni una simple movida electoral (aunque también puede darle réditos en su campaña): es un acto de higiene democrática. Como el dinero es pulcro, la explicación también debe serlo. Y si está “bajo resguardo”, el resguardo debe ser visible, auditable, comprensible. La opacidad es, aquí y en cualquier país del mundo, una pésima política pública.
Y ese asunto, por cierto, bien que debería estar en la agenda de ese “mecanismo” de negociación que están montando y al que de seguro van a bautizar con alguna nomenclatura cursi. Esos reales no son ni de los hunos ni de los otros. Tampoco son propiedad de Estados Unidos. Son nuestros. Y no se puede esfumar ni un céntimo.
Soledadmorillobelloso@gmail.com
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