miércoles, 29 de julio de 2026

Nazir El Fakih y la escribidora 



Si yo estuviera allí, me sentaría en la banca dura del tribunal de Brooklyn y sentiría que la madera tiene memoria. No una memoria abstracta, sino una física, acumulada en vetas que parecen cicatrices. Esa banca habría soportado cuerpos temblorosos, confesiones rotas, silencios que pesan más que cualquier sentencia. La madera, bajo mis dedos, vibraría con una historia que no me pertenece pero que me reclama.


Nazir El Fakih estaría a mi lado con ese tipo de presencia que no necesita imponerse para hacerse notar. Tiene un cuerpo que parece hecho para la observación: delgado pero firme, como si cada fibra estuviera entrenada para sostener la quietud. Su estatura no es intimidante, pero su postura sí. Se sienta derecho, sin rigidez, con una elegancia natural que no proviene de la vanidad sino del hábito de mirar el mundo desde un eje interno muy claro.


Su piel tiene el tono cálido de quienes han vivido bajo soles distintos, una mezcla de sol de sus ancestros y el trópico nuestro que se adivina más que se define. El rostro es anguloso, con pómulos marcados que le dan un aire de precisión, como si cada rasgo hubiera sido tallado para expresar lucidez. La barba, corta y bien cuidada, enmarca una boca que rara vez se apresura: Nazir habla cuando es estrictamente necesario, y eso hace que cada palabra parezca más densa.


Los ojos son su verdadero territorio; profundos, con un brillo que no es emocional sino analítico. Son ojos que no se distraen. Ojos que registran. Ojos que, cuando se posan sobre alguien, lo desarman sin violencia. La mirada de Nazir no acusa ni absuelve: revela. Y esa revelación es lo que incomoda. Cuando observa a Maduro o a Cilia, no los mira como personas; los mira como estructuras. Como mecanismos. Como fenómenos que deben ser entendidos.


El cabello, atildado, empieza a auspiciar hebras de gris en las sienes, no como signo de desgaste sino de experiencia. Ese tono le da autoridad sin esfuerzo. Sus manos —largas, de dedos finos, casi de músico— descansan sobre las rodillas o cruzadas sobre el pecho. No gesticula. No necesita hacerlo. Cada movimiento suyo es mínimo, calculado, casi imperceptible, pero cargado de sentido.


La ropa es sobria: camisa clara perfectamente planchada, traje impecable, corbata con la elegancia de la discreción, nada que llame demasiado la atención. Nazir no se disfraza de experto; lo es. Su elegancia es funcional, no estética. Y aun así, hay algo en él que atrae la mirada de cualquiera que entre en la sala: una serenidad que no es pasividad, una calma que no es indiferencia, una firmeza que no es arrogancia.


Sentado a mi lado, Nazir sería un punto fijo en medio del caos. Un hombre que no necesita levantar la voz para dominar la escena. Un lector del mundo cuya presencia convierte el tribunal en un laboratorio. Y yo, la escribidora, sentiría que tenerlo allí es como tener acceso a una capa oculta de la realidad: la capa donde todo se explica.


No estaría allí ahí como abogado de alguna de las partes, no como técnico del derecho, no como protagonista. Estaría como lo que realmente es: un lector del mundo y de la justicia. Un hombre que entiende el mecanismo interno de las cosas sin necesidad de que nadie se lo explique. Nazir no observa: descifra. Tiene esa manera de inclinar apenas la cabeza, como quien escucha un sonido que los demás no perciben. Su presencia no ocupa espacio; lo define. Él sería, sin proponérselo, la brújula moral y técnica de mi mirada. El punto fijo desde el cual la escena se ordena.


La luz de Brooklyn caería sobre nosotros con esa frialdad que no perdona. Una luz que no ilumina: desnuda. Una luz que revela los bordes, las grietas, las intenciones. Yo abriría mi cuaderno y sentiría que cada palabra que él me dice —cada murmullo, cada observación mínima— es una pieza de una novela que ya empezó a escribirse sola, sin mi permiso, sin mi intervención. Una novela que me usa como escribidora, como instrumento, como testigo.


Maduro y Cilia estarían allí, sentados, contenidos, intentando sostener una compostura que se les escapa por las comisuras de los gestos. No serían figuras políticas: serían personajes atrapados en una trama que se les volvió en contra. Sus manos, sus respiraciones, sus miradas fugaces serían más elocuentes que cualquier declaración. Nazir los miraría con esa serenidad suya que no es indiferencia, sino conocimiento. Como quien observa un fenómeno natural: un derrumbe lento, inevitable, silencioso.


—Mira cómo respiran —me diría sin levantar la voz, sin apartar la vista.


Y yo escribiría. Porque en esa respiración hay más verdad que en cualquier documento, más revelación que en cualquier expediente. La respiración es la grieta por donde se filtra la historia real.


El fiscal hablaría. Los abogados revisarían papeles. Los asistentes teclearían con esa urgencia burocrática que nunca mira a nadie a los ojos. Pero la verdadera narración ocurriría en los silencios. En las pausas. En los microgestos que sólo alguien como Nazir puede detectar: un dedo que tiembla, un párpado que cae un milímetro más de lo debido, un suspiro que intenta disimularse y fracasa.


—Esto no es un juicio —susurraría él—. Es una revelación.


Y yo sentiría que la novela se arma sola. Que no necesito inventar nada. Que la escena, si yo estuviera allí, sería exactamente así: un teatro sin telón donde la verdad se asoma apenas, como una criatura tímida que teme ser vista.


Nazir cruzaría los brazos. No sonreiría. No se tensaría. Sólo  observaría. Su quietud sería una forma de lectura. Y yo, la escribidora, desde mi asiento imaginario, sabría que estoy escribiendo el primer borrador de una novela donde el espectador —él— es el verdadero narrador, aunque nunca pronuncie una palabra frente al juez.


Si yo estuviera allí, así sería la escena. Y así la escribiría. Así sería el prólogo de la novela. 


Soledadmorillobelloso@gmail.com




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