martes, 4 de agosto de 2026

El otro

Esto me ocurrió cuando aún no existía WhatsApp y la gente perdía el tiempo de maneras mucho más elaboradas y riesgosas.

Durante meses intercambié correos con un hombre, mi marido. Como soy escritora, la comunicación epistolar forma parte de mi vida cotidiana. Además, entre Arnaldo y yo siempre hubo una intensa circulación de notas. Nos escribíamos para hablar de filosofía, literatura, trabajo, amores, mascotas, viajes, arte, comida y esas cuestiones trascendentales que uno discute por correo electrónico cuando debería estar haciendo algo útil.

La conversación era estupenda. Arnaldo era inteligente, culto, divertido y, sobre todo, parecía entender perfectamente lo que yo quería decir, proeza nada desdeñable porque ni yo misma lo consigo siempre. Nuestra vida juntos fue cualquier cosa menos aburrida. Él tenía la paciencia de un santo tibetano y la calma de un tanque australiano. Yo aportaba el resto. Por eso, cuando empecé a notar cambios en sus correos, me inquieté. Pensé que estaba cansado. O distraído. O atrapado entre una relectura de Carl Sagan y una invasión galáctica de Isaac Asimov.

Donde antes había humor, apareció sequedad. Donde antes había interés, una indiferencia casi ofensiva. Había algo raro. Como si mi marido hubiera sido reemplazado por un señor que se parecía a mi marido, pero que no tenía ganas de conversar conmigo.

Una noche, incapaz de soportar el misterio, lo encaré.

—¿Por qué me escribiste algo tan poco amable?

Me miró desconcertado.

—¿De qué estás hablando?

—De esto.

Le mostré el correo.

Lo leyó. Lo volvió a leer. Y comenzó a reírse. No una risita. No una sonrisa. Una carcajada de esas que hacen pensar que alguien debería llamar a emergencias.

—Esto es maravilloso —logró decir—. Sólo a ti y al Pato Donald podrían pasarles estas cosas.

—¿Qué tiene de maravilloso?

—Que ese correo no lo escribí yo.

Lo miré con la compasión que se reserva a quienes han perdido repentinamente el contacto con la realidad.

—Claro que lo escribiste.

—No.

—Sí.

—No.

—Lo tengo aquí.

—Y yo te digo que no soy yo.

Se acercó a la pantalla.

—Mira la dirección.

Miré. Volví a mirar. Y sentí que varios meses de mi vida se levantaban, recogían sus maletas y abandonaban el país sin dejar dirección de contacto. El nombre era el mismo. Exactamente el mismo. La dirección de correo, no. Llevaba meses escribiéndome con otro Arnaldo. Otro Arnaldo Arnal. Meses.

Lo más extraordinario no fue mi error. Lo verdaderamente extraordinario fue el comportamiento del otro Arnaldo. Durante meses recibió reflexiones literarias, comentarios sobre el perro, noticias domésticas, opiniones sobre libros, quejas, entusiasmos, proyectos y, probablemente, algún reproche conyugal. Y respondió a todo. Jamás escribió: "Señora, usted se ha equivocado de persona." Jamás preguntó quién era yo. Jamás manifestó sospecha alguna. Ni una sola vez. Simplemente siguió la conversación. Con interés. Con cortesía. Con disciplina.

Hoy pienso que aquel hombre debió de creer que yo era una conocida lejana, una prima extravagante o una escritora moderadamente trastornada. Y no se equivocaba del todo. De modo que, mientras yo creía mantener una correspondencia con mi marido, estaba cultivando una relación accidental con otro Arnaldo. Con otro Arnaldo Arnal.

Hoy, haciendo limpieza en mi correo electrónico, que es un ecosistema salvaje donde desaparecen continentes enteros, volví a encontrar varios mensajes de “el otro”. Y me ataqué de risa. Porque hay errores que uno lamenta. Y hay errores que, con suerte, terminan convirtiéndose en literatura.

Arnaldo Arnal, el mío, allá en el cielo donde está, de seguro sigue riendo. Siempre fui su payasa.  Espero que el otro Arnaldo Arnal también recuerde el episodio y, al menos, sonría.

soledadmorillobelloso@gmail.com



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