El papá de los helados
El primer día, sábado, todo vibra. Es el sobresalto, el alboroto inicial: la expectativa, la especulación, la respiración contenida. La gente, con el ojo engomado al celular, se aferra a cualquier noticia o chisme como quien se aferra a una cuerda lanzada desde la nada. Se comenta, se exagera, se fantasea. Por un instante, el país parece detenerse. Mister Trump postea una imagen. Y genera la crisis del pato macho. A seguir un periodista, de discutible trascendencia y profundidad de milímetros, suelta la bomba. Y la noticia abre la puerta a comunicados de parte y parte. Qué manera de echar a perder la noche con traguitos del sábado. Cura colectiva con ron, whiskey o friita.
El segundo día, domingo, con un ratón que asoma las paticas, café y una arepa; llega la rumia colectiva. Opinólogos de ocasión, managers de tribuna, vecinos, tías, expertos improvisados: todos mastican la noticia, la inflan, la adornan, la convierten en tema obligado. Se disecciona el gesto, se le atribuyen intenciones, se le inventan consecuencias. La conversación se llena de interpretaciones que no sostienen nada, pero entretienen y, creemos, alivian. Es el día en que la estrategia parece más grande de lo que es. Hasta en las puertas de las iglesias se comenta el asunto. Y eso que el cura se esmeró en el sermón a propósito del Evangelio del día: Mateo 14, 13-21 (La multiplicación de los panes y los peces).
El tercer día, lunes, aparece la disolución. La atención se desplaza como una bandada asustada. La noticia pierde brillo, se vuelve un objeto abandonado en la orilla del tiempo. Lo que parecía urgente se vuelve trivial. Más de lo mismo. Lo que parecía revelador se vuelve humo. La bomba se deshace como espuma. La realidad, paciente y brutal, recupera su espacio.
El cuarto día, martes, llega la nada.
La noticia ya no existe. La estrategia (¿cuál ?) ya no importa. El país despierta igual que antes, con los mismos dolores, las mismas angustias, las mismas rabias, los mismos desasosiegos, las mismas deudas y, caray, la inflación perforando bolsillos. Nada cambió. Nada se movió. Nada se transformó. La espuma desapareció y queda la superficie real: un país que sigue esperando, que sigue cargando su peso, que sigue sobreviviendo.
Pero el ciclo no termina allí.
El quinto día, miércoles, se buscará la resurrección. No porque haya algo que revivir, sino porque el poder —cualquier poder— necesita fabricar continuidad. Se intentará insuflar vida al cadáver de la noticia, reanimar el gesto, inventar una nueva lectura, un nuevo ángulo, un nuevo sobresalto. Se buscará que el país vuelva a mirar, aunque sea de reojo. Se intentará reconstruir la espuma, como quien sopla sobre cenizas esperando que alguna chispa responda.
Y sin embargo, mientras se intenta ese milagro artificial, alguna otra noticia, alguna otra desgracia acaparará los medios, las redes, las conversaciones de pasillo. El país girará hacia un nuevo sobresalto, hacia un nuevo ruido, hacia otro espejismo. Y en Miraflores, la señora suspirará, cansada pero satisfecha: “hemos sobrevivido a otro remezón…”
Y en el escritorio, el ministro gordo y pelón, que se cree McLuhan, se recuesta en su sillón de cuero, se palpa la panza con suficiencia y piensa (en francés aunque nació en la tierra del sol amada), con la sonrisa de quien confunde astucia con genio: “soy el papá de los helados”.
Porque de eso se trata: sobrevivir al ruido, no resolverlo. Administrar la espuma, no la profundidad. Prolongar el ciclo, no romperlo.
Soledadmorillobelloso@gmail.com
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