viernes, 7 de agosto de 2026

 Explícito e implícito 


Lo explícito de esa mesa es la escenografía: palabras barnizadas, frases que huelen a protocolo, una solemnidad que intenta vender la idea de que allí se está levantando algo. Es la superficie impecable, la foto correcta, el comunicado con lenguaje insípido que anuncia avances sin nombrarlos. Es el teatro de la compostura, la utilería del consenso, la fachada que pretende ocultar que el edificio está vacío.


Lo implícito es lo que realmente importa: la respiración debajo del mantel, la tensión que se filtra por las rendijas, la sospecha que se instala en cada pausa, el cálculo que se desliza detrás de cada gesto. Es la negociación verdadera, la que no aparece en ningún papel. Y también es la sombra incómoda de una posibilidad que no quiero aceptar pero que se asoma como un cuchillo: que lo que se acordará y firmará no nació allí, sino en un despacho lejano, fuera del país, y que todo esto no es sino ficción de diálogo.


Esto que escribo es una plegaria laica, pero también un acto de rabia precavida. Porque si lo que algunos aseguran —que el documento ya está redactado, cuadrado, pormenorizado en una oficina del norte— si tal impostura fuese cierta, entonces lo que nos ponen enfrente  no sería diálogo sino utilería. Una pantomima. Una obra donde los actores no actúan: obedecen. Y yo, francamente, no quiero creer eso. No quiero perderle el respeto a ciertos miembros de esa mesa, gente que conozco “de vista y trato”, gente que alguna vez mostró seriedad, decencia, país.


Si esa versión fuese cierta, la mesa dejaría de ser mesa: sería escenografía de payasos. Los presentes no negociarían: interpretarían. No discutirían: simularían. No avanzarían: ejecutarían un rito ajeno. Una pantomima sofisticada, de esas donde todos saben que el guion está cerrado y aun así fingen que lo están escribiendo en tiempo real. Y allí sí: sería tener que aceptar que la dignidad ha fallecido y el honor está herido de muerte. No metafóricamente: clínicamente.


Y sin embargo, quiero pensar que no es así. Porque perderles el respeto sería una derrota íntima, una fractura personal. Sería aceptar que quienes alguna vez mostraron fibra y voluntad se prestaron a ser figurantes de una obra ajena. Sería admitir que la dignidad que les atribuía era un espejismo, una luz falsa, un fuego fatuo  que confundí con integridad.


Pensar que no es así es un acto de resistencia emocional, pero también de supervivencia moral. Es negarme a aceptar que todo está contaminado, decidido, manipulado. Es concederles el beneficio de la duda, aunque la historia reciente me haya enseñado que demasiados acuerdos han sido meras escenografías.


Lo mío es también una exigencia silenciosa, casi un ultimátum íntimo: que estén a la altura de la confianza que aún les tengo, que no se presten al teatro, que honren el peso de estar allí sentados, que se ganen un puesto gallardo en la historia. Que lo explícito no sea fachada y lo implícito no sea obediencia. Que no me obliguen a escribir su epitafio moral, porque de verás no quiero tener que hacerlo.


Porque si la mesa es real, si el documento no está escrito afuera, si lo que se firma nace allí, entonces todavía hay algo que salvar. Y yo  quiero creer que ese algo existe.


Soledadmorillobelloso@gmail.com




No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Apuntes para la mesa: ¿Cuándo no hay democracia? La ausencia de democracia no es un concepto: es un olor. Un tufo a encierro, a metal calien...