A los que les molesta lo que escribo
Hay una ventaja infinita en la peladera de bola cuando alcanza su cotejo perfecto: el punto exacto en el que te das cuenta de que no te queda ni el tuétano y, de repente, ¡pum!, quedaste curado en salud.
Cuando el inventario personal se reduce al aire que respiras y a unas cuantas mudas de ropa, la intemperie deja de dar miedo. Se extingue la cobardía del que guarda un tres leches en la nevera para que no se le dañe y se disuelven los matices. Quedas limpito, como tabla de picar recién fregada con jabón Las Llaves y limón.
Y en esa desnudez de inventario, cuando miras alrededor y ves que no te queda ni la sombra para hacer bulto, te topas de frente con lo único que sigue en pie, terco como un araguaney en plena sequía: esta bendita y dolorosa querencia llamada Venezuela.
No se trata del discurso de prócer de estampita de bodega ni de la épica destilada que nos venden los iluminados de turno para cobrarnos el peaje emocional. No. Esta razón de lucha es más bien una patada en el estómago con alpargata mojada. Es la memoria de la guayaba madura, el café con leche matutino sin la zozobra del bajón de luz, y esa dignidad criolla —esa mezcolanza rara entre la guasa y el orgullo de esquina— que se niega rotundamente a pedir taima.
Quien no tiene patrimonio que le embarguen ni bozal de arepa que lo ataje se vuelve un peligro público para los cultores de la mediocridad. ¿Con qué van a amenazar al que ya aprendió a comer yuca pelada con una sonrisa de lado? ¿Con qué van a chantajear a quien ya vio naufragar todos sus tesoros terrestres y descubrió que el único activo que le queda no cabe en una cuenta en Suiza, sino en los tres mil kilómetros de costa y en el recuerdo del Ávila borrándose con la lluvia de la tarde?
Cuando no te queda nada que perder, la pelea deja de ser un trámite para convertirse en un ejercicio estético, ético y moral. Te armas con una lucidez ácida, de esa que se ríe en la cara del tirano mientras le mide la costura al traje. No hay migaja que te compre ni miedo que te pise los talones. Solo queda una tozudez fiera, casi mística, por rescatar la casa grande; esa casa donde hasta los fantasmas están pasando trabajo pero siguen echando echonería. Y contra una pelando bola que decidió que su única propiedad privada es un país entero, no hay truco ni decreto que valga.
Así que aquí seguimos, a piedra limpia y con la quijada en alto. Sin un centavo en el bolsillo para pagar el rescate de la cordura, pero con el pecho repleto de una terquedad insalvable. Porque cuando ya no te queda ni la duda, el futuro deja de ser una promesa lejana y se convierte en una cuenta pendiente que se va a cobrar, sonriéndole de frente a la tormenta.
Mido un metro cincuenta y cuatro y mi peso difícilmente roza los cuarenta y dos kilos. Sobre el papel, un suspiro de carne y hueso; un blanco fácil para quienes creen que el poder se ejerce a fuerza de bulto y prepotencia. Pero en esta anatomía diminuta, en este cuerpito que a simple vista parece de papel de envolver tequeños, habita una densidad de dignidad que a los pisoteadores de oficio ni volviendo a nacer tres veces les alcanzaría la existencia para entender, y mucho menos para comprar.
Podrán acorralar las esquinas, cortar la luz, bloquear medios y redes, escribirme insultos y administrar la escasez con la avaricia del cobarde. Pero nadie —escúchese bien, absolutamente nadie— tiene el tuco ni el decreto capaz de frenar el trazo de mi pluma. Escribo porque es mi aire, mi trinchera y mi manera de plantar bandera. Y del otro lado, quien quiera leerme, me leerá, atravesando la censura como el agua que siempre encuentra la rendija.
A los amantes del aplastamiento se les olvida un detalle anatómico fundamental: el coraje no responde a las leyes de la báscula. Se puede ser un gigante de paja con billetera gorda y alma raquítica, o se puede llevar en cuarenta y dos kilos de peso la fuerza suficiente para hacer temblar a más de uno con la sola decencia de la palabra limpia. Aquí estoy, firme en mis un metro cincuenta y cuatro, escribiendo sin pedir permiso y con la quijada en alto.
A fin de cuentas, la historia no la escriben los que pisan fuerte con botas prestadas, sino los que, desde la brega diaria y sin más masa que la propia verdad, se niegan rotundamente a quedarse callados.
Soledadmorillobelloso@gmail.com
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