jueves, 6 de agosto de 2026

 


El país-maqueta



Los venezolanos, digamos, de 40 años para abajo han crecido en una Venezuela hueca: un territorio que conserva la silueta pero no el esqueleto, la fachada pero no las vigas, el eco pero no la voz. Para ellos, la palabra democracia —con sus diez letras solemnes— es un fósil lingüístico, un sonido que se pronuncia por inercia, un concepto que alguna vez tuvo carne y hoy es sólo hueso pulverizado. Es como aquel castillo que el rey François de Francia mandó levantar para impresionar a Enrique VIII: una estructura deslumbrante, diseñada para engañar al ojo, para seducir al visitante, para fingir grandeza… y luego desmontada con la frialdad de quien sabe que todo era cartón pintado. Ese palacete no era de ladrillos: era papier‑mâché, telas pintadas, brillo de feria, ilusión barnizada, un espejismo que se deshacía al primer aguacero, igual que las palabras solemnes cuando no tienen instituciones que las sostengan.


Un venezolano de hoy cuarenta años era, para cuando la revolución comenzó, un adolescente; tenía apenas la edad en la que uno empieza a entender que el mundo (y la vida) tiene engranajes, reglas, jerarquías, mecanismos. Estaba en el umbral en el que la realidad adquiere forma… y lo que recibió fue la demolición de esa forma. Su camino a la adultez fue un aprendizaje brutal: ver cómo el país se convertía en maqueta, cómo las instituciones se vaciaban, cómo la república se transformaba en escenografía desmontable. Creció viendo cómo el Estado se convertía en un teatro donde los actores cambian, pero el guion siempre es el mismo: simular, fingir, sostener la mentira con la disciplina de un oficio.


Por eso, en la lista de prioridades, los problemas de Venezuela -económicos, financieros, sociales- son tan y tan graves que “la democracia puede esperar”. Esa frase —repetida como resignación, como excusa, como coartada— es el síntoma perfecto del país‑maqueta: cuando todo está roto, cuando todo es urgencia, cuando todo es sobrevivencia, la democracia se vuelve un accesorio prescindible, un lujo que algunos con poder consideran decorativo. Pero es justamente la destrucción de la democracia lo que nos trajo a donde estamos. No fue un daño colateral: fue el método. Fue la llave inglesa que permitió desmontar el país tornillo por tornillo, hasta dejarlo convertido en utilería.


En ese territorio de cartón húmedo, donde la realidad se administra como escenografía, con un descaro que ya no sorprende ni al más distraído, la señora Delcy borra la palabra “encargada” del título con el que firma documentos. En realidad, esa E siempre fue de “enchufada”: una pieza instalada en un cargo como quien coloca un maniquí en un escaparate, una fabricación más dentro de la gran escenografía nacional. No es un gesto aislado: es la lógica misma del país‑maqueta, donde los títulos se inflan, las funciones se improvisan y la autoridad se confunde con la firma, y la firma con el capricho. En un territorio donde las instituciones son cascarones y las palabras —justicia, república, futuro— suenan a utilería, ese acto no es anomalía: es coherencia. Es la confirmación de que el Estado que ella dice presidir no es estructura: es decorado.


Para quienes crecieron en esta Venezuela hueca, la anormalidad siempre  fue normal: fue un simulacro continuo, una república que se anunciaba como nación pero funcionaba como ruina administrada. Un país que se pretendía Estado democrático, pero que al tocarlo revelaba su verdadera naturaleza: cartón pintado, promesas remojadas, títulos inflados, cargos fabricados, una maquinaria que no gobierna sino que finge gobernar. Una Venezuela donde lo devastador no es la crisis: es la costumbre de vivir dentro de una ficción desmontable, un país que se sostiene no por instituciones sino por la inercia de su propia mentira.


Nos hemos convertido en un territorio del hermoso Caribe asaltado por piratas, un archipiélago político donde cada institución es botín, cada cargo rapiña, cada decisión saqueo disfrazado de trámite. Un país que alguna vez tuvo Estado, leyes, brújula… y que hoy funciona como mar abierto para corsarios que no necesitan barcos: les basta con la impunidad.


Al final, lo más perturbador del país‑maqueta no es su falsedad, sino nuestra capacidad de seguir caminando entre sus paredes de cartón como si fueran de concreto. Hemos aprendido a vivir en la escenografía, a descifrar el truco, a reconocer el olor del papier‑mâché húmedo y aun así avanzar, porque la vida insiste incluso en los decorados. Pero toda maqueta tiene un límite: se pudre, se inclina, se abre por las juntas. Y cuando ese momento llegue —cuando el cartón ya no pueda sostener ni la mentira ni la inercia— no habrá pirata, enchufado, corsario ni director de escena que pueda evitar que la estructura colapse. Ese día, por fin, veremos el país real: no el que fingieron, no el que maquillaron, sino el que tendremos que reconstruir desde cero, con vigas verdaderas y palabras que no se deshagan bajo la lluvia.


Hoy es jueves, 6 de agosto de 2026.  La liturgia de hoy  (san Mateo (17, 1-9), el relato de la Transfiguración de Jesús y el llamado a no temer alzar la mirada hacia Él) nos recuerda que nada construido sobre arena permanece, que toda casa levantada sin fundamento verdadero termina cayendo con estrépito. Y es imposible no ver el espejo: este país‑maqueta, sostenido por cartón, alambres y simulacros, ha querido presentarse como roca cuando apenas es polvo compactado. Hemos vivido bajo techos que no protegen, muros que no sostienen, autoridades que no guían. Pero la liturgia también insiste en que la caída no es el final: es la revelación. Cuando el decorado se desplome —cuando la lluvia se lleve el papier‑mâché, cuando el viento arranque las telas pintadas— quedará a la vista lo único que puede salvarnos: la necesidad de reconstruir sobre piedra, sobre verdad, sobre justicia que no sea utilería. Porque incluso en el país‑maqueta, Dios no bendice el cartón: bendice la reconstrucción.


Soledadmorillobelloso@gmail.com




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