El queso a la tostada
La mesa de diálogo no puede ser otro sainete tropical, donde sobran los discursos engominados, los retruécanos de laboratorio y las frases hechas para el titular de mañana, mientras los problemas reales siguen haciendo cola bajo el sol, esperando que alguien les preste atención. El país ya está curado de espanto. Ha visto tantas veces el mismo libreto, con los mismos actores cambiándose apenas la chaqueta, que reconoce la función desde que levantan el telón.
La gente hasta el remoño de esos encuentros que anuncian como si fueran la llegada de los Reyes Magos, el Juicio Final y el descubrimiento de la cura de todos los males al mismo tiempo. Después de semanas de expectativa, comunicados y fotos que serán cuidadosamente posadas y mejoradas con IA, el balance no puede terminar siendo el mismo: una bolsa llena de aire, cuatro lugares comunes y una colección de promesas recicladas, remendadas con el mismo mecatico viejo y presentadas como si acabaran de salir de fábrica.
Aquí nadie está esperando actos de magia. El venezolano sabe que los milagros están ocupados en otras cosas. Lo que sí espera es que le hablen claro y raspao. Porque cuando el bolsillo anda flaco, cuando los servicios fallan, cuando los problemas se acumulan como cachivaches en un patio abandonado, la gente desarrolla un instinto infalible para distinguir entre la verdad y el embuste bien vestido. Sabe cuándo le están hablando con honestidad y cuándo le están vendiendo humo perfumado con pachulí institucional.
Por eso la mesa no puede dedicarse a jugar camunina ni a echar quiquirigüiqui para entretener a la galería. Mucho menos a meter cabras. No puede pretender que una lavada de cara es una transformación histórica, ni presentar como consenso lo que apenas es una tregua verbal escrita con lápiz. No puede seguir cambiándole el nombre a los mismos problemas para hacer creer que desaparecieron. Porque aunque le pongan moño, colonia francesa y papel de regalo, el país sabe reconocer una cabra cuando la ve entrar por la puerta.
Ya hemos visto demasiadas veces esa película. Primero inflan las expectativas como quien sopla una colchoneta para la playa. Después vienen las sonrisas protocolares, los apretones de mano, las declaraciones solemnes y los comunicados llenos de palabras tan elegantes que parecen alquiladas para la ocasión. Pero cuando llega la hora de pasar de la poesía a la realidad, el globo se pincha, la colchoneta se desinfla y todo termina varado en la misma orilla de siempre.
Lo más cómico, si no fuera tan serio, es que nadie les está pidiendo proezas. No se les exige convertir el agua en vino ni multiplicar los panes. Apenas se les pide honestidad, que para algunos parece una tarea mucho más complicada. Que digan qué pueden hacer y qué no pueden hacer. Que no le pongan faralaos de "acuerdo histórico" a lo que apenas es una intención de conversar. Que no confundan la bulla con el avance, ni el movimiento de las sillas con el progreso de la reunión. Porque una cosa es dialogar y otra muy distinta es convertir el diálogo en una mecedora: mucho vaivén, mucho ruido, mucho movimiento... y al final no se llega a ninguna parte.
Si la mesa de diálogo aspira a rescatar aunque sea una migajita de credibilidad, tendrá que guardar la camunina en el bolsillo, archivar el quiquirigüiqui y jubilar de una vez por todas la costumbre de meter cabras. El país necesita menos tramoya y más verdad; menos escenografía y más obra; menos cuento y más cuenta; menos discursos para la foto y más resultados para la gente. Porque la confianza ciudadana ya no es un cheque en blanco. A estas alturas, es una libreta tan golpeada y tan sobregirada que sólo acepta depósitos en efectivo: hechos concretos, cambios verificables y soluciones que no desaparezcan apenas se apaguen las cámaras.
En este país, señores, “los cujíes lloran, de mi vida mustia de tanto esperar…”. Hoy es miércoles, 5 de agosto de 2026, y hasta el momento no se le ve el queso a la tostada.
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